Terminados los dos días de convención, tengo dos horas libres antes que tener que ir corriendo al aeropuerto de Los Ángeles para volver a casa. Saco mi iPhone y busco en Google una tienda de guitarras cerca del hotel. Tengo suerte: Truetone Music, en el 714 de Santa Monica Boulevard, está a 20 minutos andando. Entro y me encuentro paredes repletas de joyas. Me fijo en una Gibson Firebird del '74...27.000 $. El encargado me dice que puede llegar a hacerme hasta un 30% de descuento si pago en cash y me la llevo. Sonrío. La enchufo en un Marshall de 100 watios y en los 15 minutos siguientes repito todos los grandes riffs rockeros que me sé de memoria y que "dan el pego". Parezco un gran entendido y un guitarrista con cierta experiencia. 15 minutos, no más. Salgo de la tienda, enciendo un Marlboro Light y me quedo mirando al escaparate. El encargado está colgando otra vez la vieja Firebird a la pared, entre jóvenes guitarras de nueva producción. Me gustaría saber por cuántas manos ha pasado, sin defraudar a nadie, nunca. En ese instante veo reflejado en el cristal un tipo, un "homeless" negro de dos metros, que está pasando detrás de mi y simula el gesto de pegarme un tiro en la cabeza. Me doy la vuelta y le sigo con la mirada...lo hace con toda la gente que se cruza por su camino. El tipo es bastante anti-social...deja a sus espaldas cantidad de cadáveres imaginarios. Lleva botas militares y pantalones del ejercito. Está en mal estado. Lleva un abrigo azul que quizás un tiempo fue de su talla...pero que al llevarlo ahora, parece habérselo robado a un luchador de Sumo. Me doy cuenta de que la ciudad está llena de gente que vive en la calle. De los que van con carritos del supermercado hasta arriba de bolsas de plástico llenas de...llenas de su vida, de lo que encuentran. La crisis inmobiliaria de los últimos años en Estados Unidos ha dejado a mucha gente en la calle. Hipotecas que no han podido ser pagadas, han sido ejecutadas por los bancos y ese mismo papel, que antes representaba un sueño, un hogar, ha sido el billete de entrada a la vida más dura, sin techo ni recursos. Sigo mi paseo: estoy en Santa Mónica, lo mejor de la ciudad angelical, pero que no deja de reflejar las grandes contradicciones de la sociedad americana. Estoy a un paso de la 3rd Street, la calle comercial con todos los escaparates de lujo. Sólo en esta calle no se ven los sin-techo. Aquí todo parece perfecto. Aquí nadie recoge del suelo lo que queda de unos cigarrillos fumados deprisa, de los que aún pueden ofrecer dos o tres caladas de vicio.
Me meto en un Yankee Doodles y pido una Monster Burger sentado en la barra. No me fijo mucho en el peso en libras de la hamburguesa y tampoco en la mirada sorprendida de la camarera. A los 10 minutos (y con media pinta de mi Sam Adams helada ya en el cuerpo), me llega una hamburguesa grande como un plato. Se podría comer tranquilamente entre cuatro personas. Me echo a reír como un cretino...esto es lo que pasa cuando, simplemente, no sabes. Miro a la camarera y le digo que no es posible...que ni mi hermano de 150 kilos podría terminar algo así. Ella, muy educadamente, me dice que las Monster Burger son famosas, que todo el mundo las conoce y que pensaba, simplemente, que tenía mucho hambre...me trae un tupper, pero le explico que en tres horas embarco para ir a Madrid y seguramente no sería bien visto por los agentes en la aduana...sonríe y, cuando me despido, me desea un buen viaje. Thank you for the unforgettable gastronomic experience. See you...
domenica 2 ottobre 2011
lunedì 26 settembre 2011
Los Ángeles...con un maletín y una tabla de surf.
He llegado hace un par de horas al Loews Santa Monica Beach Hotel de Los Ángeles. Presento nuestro producto al magnate de la comunicación mundial. Y a sus 150 directivos. Ya hemos hecho las pruebas y funciona todo: conexiones, audio, video...ahora se queda en las manos de Murphy y sus leyes.
El vuelo (13 interminables horas en clase turista), ha sido de dibujo animado, en el verdadero sentido de la palabra: mi "vecino", padre de tres hijos, ha pasado el tiempo dibujando viñetas. Muy buenas, por cierto. Estaba a mi lado con su cuaderno y su lápiz. Increíble como de algo tan sencillo pueda salir verdadero arte. Me fijaba en su mirada y en su mano: la azafata, el señor del asiento 9J, la familia de la fila 10, se transformaron en superhéroes en su cuaderno. Superhéroes en situaciones cómicas, surrealistas. Hay una delgada línea que separa la fantasía del genio. La fantasía es algo que tenemos todos, pero sólo los que tienen un don especial saben pasar de la fantasía al genio. Y cuando lo hacen, dan vida al arte.
No he podido pegar ojo, durante el viaje. Si ultimamente me cuesta dormirme en mi cama, en un avión es imposible. Para mi ahora deberían ser casi las seis de la mañana. Aquí las nueve de la noche. Estoy picando algo en la terraza del hotel, en frente del Pacífico. La última vez que escuché su oleaje, fue en Perú. Pensé a los surferos que entrenaban en esa tarde de invierno. A la entrada del Loews Hotel hay una estatua: un elegante ejecutivo, con traje y maletín, que lleva una tabla de surf bajo el otro brazo. Bastante "kitsch".
Me gusta encontrar similitudes. Los surferos de Lima (en carne y huesos, y de Los Ángeles (de bronce). Pasé por el famoso barrio de Venice Beach y me hizo pensar en el de Palermo, Buenos Aires. Los dos tan bohemios... La verdad es que cuanto más viajas, más difícil es encontrar cosas que te sorprenden. Por lo menos pasa esto con las ciudades. Otra cosa son las personas. Esas te sorprenden siempre. Empiezo a pensar en que lo mejor de viajar es la posibilidad que se te brinda de entrar en contacto con las personas. Personas que viven situaciones diferentes a las tuyas.
Mañana será un día largo pero interesante, sin duda. Merecerá la pena. Me subo a la habitación, se me cierran los ojos, pero antes de dormir, un último repaso al discurso:
"Good morning ladies and gentlemen. Thank you for giving us the opportunity..."
El vuelo (13 interminables horas en clase turista), ha sido de dibujo animado, en el verdadero sentido de la palabra: mi "vecino", padre de tres hijos, ha pasado el tiempo dibujando viñetas. Muy buenas, por cierto. Estaba a mi lado con su cuaderno y su lápiz. Increíble como de algo tan sencillo pueda salir verdadero arte. Me fijaba en su mirada y en su mano: la azafata, el señor del asiento 9J, la familia de la fila 10, se transformaron en superhéroes en su cuaderno. Superhéroes en situaciones cómicas, surrealistas. Hay una delgada línea que separa la fantasía del genio. La fantasía es algo que tenemos todos, pero sólo los que tienen un don especial saben pasar de la fantasía al genio. Y cuando lo hacen, dan vida al arte.
No he podido pegar ojo, durante el viaje. Si ultimamente me cuesta dormirme en mi cama, en un avión es imposible. Para mi ahora deberían ser casi las seis de la mañana. Aquí las nueve de la noche. Estoy picando algo en la terraza del hotel, en frente del Pacífico. La última vez que escuché su oleaje, fue en Perú. Pensé a los surferos que entrenaban en esa tarde de invierno. A la entrada del Loews Hotel hay una estatua: un elegante ejecutivo, con traje y maletín, que lleva una tabla de surf bajo el otro brazo. Bastante "kitsch".
Me gusta encontrar similitudes. Los surferos de Lima (en carne y huesos, y de Los Ángeles (de bronce). Pasé por el famoso barrio de Venice Beach y me hizo pensar en el de Palermo, Buenos Aires. Los dos tan bohemios... La verdad es que cuanto más viajas, más difícil es encontrar cosas que te sorprenden. Por lo menos pasa esto con las ciudades. Otra cosa son las personas. Esas te sorprenden siempre. Empiezo a pensar en que lo mejor de viajar es la posibilidad que se te brinda de entrar en contacto con las personas. Personas que viven situaciones diferentes a las tuyas.
Mañana será un día largo pero interesante, sin duda. Merecerá la pena. Me subo a la habitación, se me cierran los ojos, pero antes de dormir, un último repaso al discurso:
"Good morning ladies and gentlemen. Thank you for giving us the opportunity..."
martedì 30 agosto 2011
Bogotá mon amour
Dejé a medias la ultima carta de este diario...era julio. Después de dos semanas entre Buenos Aires y Santiago de Chile. Volvía al verano europeo, después del invierno argentino (cálido) y chileno (mucho más rígido). De todo Latinoamérica eran las ciudades que más llamaban mi atención. Quizás por eso las dejé para el final: siempre te dejas lo mejor para el final.
Si tuviera que describir cómo me he sentido en Argentina y Chile, creo que la palabra que mejor define mi estado de animo es "cómodo". Te sientes cómodo paseando por las calles de Buenos Aires. Por la elegante Recoleta, por el bohemio Palermo Soho, por el popular y colorido Boca. La ciudad es europea. Totalmente. Por eso te sientes cómodo. En Santiago pasa lo mismo, aunque sea una ciudad totalmente diferente: es como estar en Boston o Chicago (limpio, seguro, moderno...), pero te hablan en español...bueno, un español con acento "siciliano". Raro y gracioso. Santiago transmite buenas sensaciones: hasta llega un momento en que piensas que te gustaría pasar allí un par de años de tu vida.
Recuerdo la ultima cena en Santiago: solo (para variar), en el Restaurante Bristol (el del hotel). El chef Axel Manrique me prepara un poema. Sí, un poema en el verdadero sentido de la palabra. Se trata del "Caldillo de Congrio": Pablo Neruda le dedicó una oda en la que describe minuciosamente la receta en versos. El chef (galardonado en muchas ocasiones), sigue la poesía a la letra y propone un plato que es un verdadero poema. Así se cerró mi estancia en Chile.
Pasó julio, con sus terremotos en la empresa, y agosto, perdido en la isla perfecta para alejarse y esconderse: Creta.
Llegué ayer a Bogotá. En menos de tres días me fui de Grecia, pasé por Milán, hice la maleta en Madrid y cogí un vuelo para Colombia. Se reanuda el trabajo..."este" trabajo: coger aviones durante horas interminables y llegar a sitios que me alejan de muchas cosas: buenas y malas.
Bogotá me gusta: sus 2.600 metros de altitud (aquí el cielo tiene "otro" azul...más intenso, más límpido), sus montañas verdes, sus calles, su gente, tan diferente, tan heterogénea. Me gusta volver a ciudades que conozco: tienes la extraña sensación de volver a "casa". Puede que sea por la ausencia de ese "respeto" a lo desconocido que te entra en el alma cuando llegas a una nueva ciudad.
Me reúno en estos días con gente que ya conozco, con los que he tenido al otro lado de un Mail durante todo el verano. Lo que más me gusta de este trabajo es el aspecto humano de los negocios: conocer a personas capaces de aportar ideas y puntos de vista diferentes. Perspectiva. Siempre volvemos a lo mismo: si todos tuviéramos más perspectiva, probablemente, viviríamos mejor...
Si tuviera que describir cómo me he sentido en Argentina y Chile, creo que la palabra que mejor define mi estado de animo es "cómodo". Te sientes cómodo paseando por las calles de Buenos Aires. Por la elegante Recoleta, por el bohemio Palermo Soho, por el popular y colorido Boca. La ciudad es europea. Totalmente. Por eso te sientes cómodo. En Santiago pasa lo mismo, aunque sea una ciudad totalmente diferente: es como estar en Boston o Chicago (limpio, seguro, moderno...), pero te hablan en español...bueno, un español con acento "siciliano". Raro y gracioso. Santiago transmite buenas sensaciones: hasta llega un momento en que piensas que te gustaría pasar allí un par de años de tu vida.
Recuerdo la ultima cena en Santiago: solo (para variar), en el Restaurante Bristol (el del hotel). El chef Axel Manrique me prepara un poema. Sí, un poema en el verdadero sentido de la palabra. Se trata del "Caldillo de Congrio": Pablo Neruda le dedicó una oda en la que describe minuciosamente la receta en versos. El chef (galardonado en muchas ocasiones), sigue la poesía a la letra y propone un plato que es un verdadero poema. Así se cerró mi estancia en Chile.
Pasó julio, con sus terremotos en la empresa, y agosto, perdido en la isla perfecta para alejarse y esconderse: Creta.
Llegué ayer a Bogotá. En menos de tres días me fui de Grecia, pasé por Milán, hice la maleta en Madrid y cogí un vuelo para Colombia. Se reanuda el trabajo..."este" trabajo: coger aviones durante horas interminables y llegar a sitios que me alejan de muchas cosas: buenas y malas.
Bogotá me gusta: sus 2.600 metros de altitud (aquí el cielo tiene "otro" azul...más intenso, más límpido), sus montañas verdes, sus calles, su gente, tan diferente, tan heterogénea. Me gusta volver a ciudades que conozco: tienes la extraña sensación de volver a "casa". Puede que sea por la ausencia de ese "respeto" a lo desconocido que te entra en el alma cuando llegas a una nueva ciudad.
Me reúno en estos días con gente que ya conozco, con los que he tenido al otro lado de un Mail durante todo el verano. Lo que más me gusta de este trabajo es el aspecto humano de los negocios: conocer a personas capaces de aportar ideas y puntos de vista diferentes. Perspectiva. Siempre volvemos a lo mismo: si todos tuviéramos más perspectiva, probablemente, viviríamos mejor...
mercoledì 13 luglio 2011
Con los perros de Santiago
Llego a Santiago 24 horas después de lo previsto. Finalmente, un viejo Boeing de Aerolíneas Argentinas ha podido despegar desde el Aeroparque de Buenos Aires (el aeropuerto "chico" de la ciudad, para vuelos internos). Los primeros vuelos de la mañana también fueron cancelados por el problema de las cenizas del volcán chileno. Suerte que cogí un billete para un vuelo a una hora decente (tenía que despegar a las 10.05 hs. aunque lo hizo sobre las 12.30). El aeropuerto estaba totalmente tomado por el caos. El panorama: falta de información, pasajeros que llevan días (sí, días), sin saber cuándo y cómo volver a su casa, cámaras de televisión que graban cada historia, policías antidisturbios que pasean entre maletas y niños dormidos en el suelo abrazados a sus padres.
Cojo el avión de milagro: nadie, de los que estamos allí esperando noticias, se entera de que el AR 1248, que en los monitores sigue estando como "DELAYED", está embarcando. Subo corriendo al Gate 13A. Paso el control de migración como un relámpago (digo, todo preocupado, que "mi avión está embarcando y que lo voy a perder"...todo el mundo me mira como si estuviera loco; es poco creíble, vista la situación: han despegado 2 aviones en tres días...vamos, como para perder tu vuelo). Me escapo de Buenos Aires. De Gardel, del tango, de Maradona omnipresente, de los colores de las casas del barrio Boca (me cuentan que eran tan pobres que pedían botes de pintura a los barcos que pasaban por allí...por eso cada una tiene un color diferente). Dejo el mercadillo que ponen los domingos en la plaza justo en frente del cementerio de Recoleta, dejo la alegría de la gente en la calle, dejo las tiendas de Palermo Soho, dejo las parrillas cargadas de bife, entrañas, chinchulínes, vacíos..pero volveré. Lo prometo.
Santiago de Chile me recibe con mucho más frío: aquí el abrigo sí es necesario y la bufanda también (sabiamente me acompañó en este viaje). Pero tengo suerte, estamos entre 5 y 10 grados: la semana pasada llegaron a -7/8 bajo cero. Voy al Hotel Plaza San Francisco, en la Alameda. Buen hotel (se agradece después de los días pasados en Buenos Aires, en la mini habitación frente al obelisco en memoria del 9 de julio, día de la liberación argentina).
Estoy en el centro de Santiago: aprovecho de las ultimas horas de una tarde de sol para dar un paseo. Me quedo parado frente a la Moneda, Palacio del Gobierno, mirando la inmensa bandera nacional que está plantada al centro de la plaza. Pienso en la de España de plaza Colón...¿Qué les pasa a los hispanos con las banderas? ¿Juegan a quién la tiene más grande?
Paseo por las calles del centro. Llego hasta la hermosa Plaza de Armas. Saco fotos y me siento en un banquillo. Un pequeño grupo de perros callejeros me mira. Se ponen a mi lado tres o cuatro. Se tumban. No me molestan. Pienso que quizás soy yo el que está molestando. Quizás ese banquillo es territorio de alguno de ellos. La verdad es que durante unos minutos nos hacemos compañía. Parezco un homeless...bueno, es que ahora lo soy un poco, en sentido literal: "sin casa". Un homeless afortunado: duermo en hoteles decentes con agua caliente y servicios aceptables.
Esto de los perros callejeros lo voy viendo por toda la ciudad, sobretodo en el centro. Está lleno. Muchos. Muchísimos. Grandes. Tranquilos y perdidos. Son los dueños de la ciudad. Viven libres. Su única preocupación es sobrevivir (al hambre y a los coches). Pienso en Otto, mi cocker. Probablemente no sobreviviría ni dos días aquí. Perro de lujo. Perro de casa. Perro de sofá. Gran compañero. Viejo amigo. Único e insustituible (te veré pronto...).
Paseo tranquilamente. Las calles son seguras. Llenas de gente que entra y sale de las tiendas. Pequeños centros comerciales. Falabella. París. Tiendas de todo tipo. Me gusta. Paro en el Café Caribe. Entro después de haber visto el cartel "aquí el fumador está bien visto". Hay dos barras: la primera está custodiada por 4 ó 5 mujeres sobre los 45/50 años. Intentan tener un look "sexy" pero el resultado es decididamente escuálido y triste. Detrás de ellas otra barra: allí los "barmen" (hay tres), preparan los cafés que ellas sirven a la clientela nacida en los años '40. Saco un cigarrillo y rápidamente una de las señoras me ofrece fuego. Enciendo, sonrío educadamente. Dejo 100 pesos de propina y me marcho: terminaré el cigarro fuera, gracias.
El centro de Santiago es muy bonito. Edificios "europeos", como el de la Bolsa de Comercio, por ejemplo.
Al día siguiente empiezo con las reuniones. Cojo un taxi y voy hacia el norte de la ciudad. Avenida Bosque Norte. Me voy acercando al barrio financiero y la cosa cambia (hasta paso al lado de un campo de golf en el medio de los edificios). Podría estar en cualquier ciudad de Norteamérica por la cantidad de rascacielos. ¡Qué esplendor! Se nota el dinero. Ahora veo al País que está creciendo a ritmos de un 7-8%/año. Calles limpias. Todo está muy cuidado. Paso al lado del Costanera Center, el edificio más alto de todo Latinoamérica, aun en construcción. Entre hoteles de 400 y 500 dólares por noche. Entre edificios donde sería muy bonito alquilar un apartamento con vista a la Cordillera, cargada de nieve en esta época.
Una vez más me encuentro con grandes contrastes (como en todos estos viajes a América del Sur). Paseo por uno de los barrios más bonitos que haya visto nunca...a unas pocas cuadras de los perros callejeros de la plaza de Armas. La frialdad de altísimos rascacielos de cristal, donde se refleja la cálida mirada de un perro sin nombre: esto es Santiago de Chile. Esto es Latinoamérica y su lucha. La lucha para borrar y olvidarse de esos perros, para "plantar" cada día edificios más altos. ¿Merecerá la pena?
Cojo el avión de milagro: nadie, de los que estamos allí esperando noticias, se entera de que el AR 1248, que en los monitores sigue estando como "DELAYED", está embarcando. Subo corriendo al Gate 13A. Paso el control de migración como un relámpago (digo, todo preocupado, que "mi avión está embarcando y que lo voy a perder"...todo el mundo me mira como si estuviera loco; es poco creíble, vista la situación: han despegado 2 aviones en tres días...vamos, como para perder tu vuelo). Me escapo de Buenos Aires. De Gardel, del tango, de Maradona omnipresente, de los colores de las casas del barrio Boca (me cuentan que eran tan pobres que pedían botes de pintura a los barcos que pasaban por allí...por eso cada una tiene un color diferente). Dejo el mercadillo que ponen los domingos en la plaza justo en frente del cementerio de Recoleta, dejo la alegría de la gente en la calle, dejo las tiendas de Palermo Soho, dejo las parrillas cargadas de bife, entrañas, chinchulínes, vacíos..pero volveré. Lo prometo.
Santiago de Chile me recibe con mucho más frío: aquí el abrigo sí es necesario y la bufanda también (sabiamente me acompañó en este viaje). Pero tengo suerte, estamos entre 5 y 10 grados: la semana pasada llegaron a -7/8 bajo cero. Voy al Hotel Plaza San Francisco, en la Alameda. Buen hotel (se agradece después de los días pasados en Buenos Aires, en la mini habitación frente al obelisco en memoria del 9 de julio, día de la liberación argentina).
Estoy en el centro de Santiago: aprovecho de las ultimas horas de una tarde de sol para dar un paseo. Me quedo parado frente a la Moneda, Palacio del Gobierno, mirando la inmensa bandera nacional que está plantada al centro de la plaza. Pienso en la de España de plaza Colón...¿Qué les pasa a los hispanos con las banderas? ¿Juegan a quién la tiene más grande?
Paseo por las calles del centro. Llego hasta la hermosa Plaza de Armas. Saco fotos y me siento en un banquillo. Un pequeño grupo de perros callejeros me mira. Se ponen a mi lado tres o cuatro. Se tumban. No me molestan. Pienso que quizás soy yo el que está molestando. Quizás ese banquillo es territorio de alguno de ellos. La verdad es que durante unos minutos nos hacemos compañía. Parezco un homeless...bueno, es que ahora lo soy un poco, en sentido literal: "sin casa". Un homeless afortunado: duermo en hoteles decentes con agua caliente y servicios aceptables.
Esto de los perros callejeros lo voy viendo por toda la ciudad, sobretodo en el centro. Está lleno. Muchos. Muchísimos. Grandes. Tranquilos y perdidos. Son los dueños de la ciudad. Viven libres. Su única preocupación es sobrevivir (al hambre y a los coches). Pienso en Otto, mi cocker. Probablemente no sobreviviría ni dos días aquí. Perro de lujo. Perro de casa. Perro de sofá. Gran compañero. Viejo amigo. Único e insustituible (te veré pronto...).
Paseo tranquilamente. Las calles son seguras. Llenas de gente que entra y sale de las tiendas. Pequeños centros comerciales. Falabella. París. Tiendas de todo tipo. Me gusta. Paro en el Café Caribe. Entro después de haber visto el cartel "aquí el fumador está bien visto". Hay dos barras: la primera está custodiada por 4 ó 5 mujeres sobre los 45/50 años. Intentan tener un look "sexy" pero el resultado es decididamente escuálido y triste. Detrás de ellas otra barra: allí los "barmen" (hay tres), preparan los cafés que ellas sirven a la clientela nacida en los años '40. Saco un cigarrillo y rápidamente una de las señoras me ofrece fuego. Enciendo, sonrío educadamente. Dejo 100 pesos de propina y me marcho: terminaré el cigarro fuera, gracias.
El centro de Santiago es muy bonito. Edificios "europeos", como el de la Bolsa de Comercio, por ejemplo.
Al día siguiente empiezo con las reuniones. Cojo un taxi y voy hacia el norte de la ciudad. Avenida Bosque Norte. Me voy acercando al barrio financiero y la cosa cambia (hasta paso al lado de un campo de golf en el medio de los edificios). Podría estar en cualquier ciudad de Norteamérica por la cantidad de rascacielos. ¡Qué esplendor! Se nota el dinero. Ahora veo al País que está creciendo a ritmos de un 7-8%/año. Calles limpias. Todo está muy cuidado. Paso al lado del Costanera Center, el edificio más alto de todo Latinoamérica, aun en construcción. Entre hoteles de 400 y 500 dólares por noche. Entre edificios donde sería muy bonito alquilar un apartamento con vista a la Cordillera, cargada de nieve en esta época.
Una vez más me encuentro con grandes contrastes (como en todos estos viajes a América del Sur). Paseo por uno de los barrios más bonitos que haya visto nunca...a unas pocas cuadras de los perros callejeros de la plaza de Armas. La frialdad de altísimos rascacielos de cristal, donde se refleja la cálida mirada de un perro sin nombre: esto es Santiago de Chile. Esto es Latinoamérica y su lucha. La lucha para borrar y olvidarse de esos perros, para "plantar" cada día edificios más altos. ¿Merecerá la pena?
domenica 10 luglio 2011
Atrapado en Buenos Aires
Jack (Daniel's) y una cerveza "India Pale Ale" del Buller acompañan la noche del olvido argentino. Las cenizas del volcán chileno Puyehue dejan los aviones de Buenos Aires en tierra. Tarde perdida en el aeropuerto Ezeiza (Pellegrini). Horas perdidas (otra vez)...pienso en Bogotá, hace poco. De la eterna espera antes de llegar a Miami. Esta vez es diferente: esto no es eterno, es definitivo. No se vuela. Se cancela el LAN 456 con destino a Santiago. Y, encima, la compañía aérea dice que nos busquemos la vida. Que ellos no nos van a poner en otro avión. Que no hay "otros aviones". Que reservemos para los próximos días y...a ver si despegamos. Cancelo las reuniones. Reservo otro hotel para esta noche argentina (cuando llego, por cierto, me dicen que no tienen sitio, que el sistema on line les está fallando y que no: no tienen una habitación...así que llevo mis maletas de paseo por Recoleta y encuentro otro sitio donde pasar la noche), y un autobús que me lleve a Chile mañana por la tarde. 18 horas de carretera: una broma. Pero es la única manera segura de poder llegar (siempre que no haya demasiada nieve en los Andes, claro...estamos en julio: ¡pleno invierno!). Digamos que no es la mejor noche de mi vida (EP...lo que te necesito ahora y encima...ya sabes): no tengo ganas de pensar. Voy al Clarks: en las paredes hay fotos de los Reyes de España, de Borges, comiendo chorizos, entrañas, chinchulines, mollejas y vacío recién sacados de la parrilla del Maestro.
Pienso en esta ciudad. Es lo que me apetece ahora (si pensara en otra cosa, probablemente, la depresión me cogería entre sus brazos...y no puedo permitirlo puesto que me encuentro a muchos miles de kilómetros de todo lo que verdaderamente me hace feliz). Han sido días de sol en Buenos Aires. El abrigo era -casi- inútil. Espléndidos bosques de Palermo (el "Central Park" de Baires), con sus estatuas y monumentos; el café Las Violetas (con JII, otro gran periodista), en Rivadavia esquina con Medrano, poco conocido por los turistas. La pizza de "El Fortín" con José. La Cabaña Las Lilas y su buen público y ambiente (los nuevos ricos de Puertomadero). Los cafés de Ciro, bar en la periferia (nos invita esta mañana a 3 ó 4: soy de Nápoles, "paisá"). Con Ciro hablamos de las canciones de Massimo Ranieri, de Mario Mérola, del bar Marino, del arte extremadamente complicado de hacer sencillamente un buen café. El señor, de unos 60 años, tiene una sonrisa maravillosa, de las que transmiten serenidad y alegría. Tiene ganas de hablar en italiano. Yo también. En Argentina un italiano se encuentra a gusto. Más si es del sur, como yo. José, taxista amigo, me presenta a todos y presume de mi...soy un italiano doc y amigo suyo. Soy italiano de verdad: esos son muchos puntos, ¡compañero!
Moraleja: Buenos Aires no puede no gustar. Sobretodo a los que venimos desde la bota del viejo mundo.
Vuelvo a mi habitación: mañana hay que cruzar la frontera como sea (o renunciar y comer otro asado).
(Dedicated to Ernesto, Marcelo y Carlos..."mis" argentinos).
Pienso en esta ciudad. Es lo que me apetece ahora (si pensara en otra cosa, probablemente, la depresión me cogería entre sus brazos...y no puedo permitirlo puesto que me encuentro a muchos miles de kilómetros de todo lo que verdaderamente me hace feliz). Han sido días de sol en Buenos Aires. El abrigo era -casi- inútil. Espléndidos bosques de Palermo (el "Central Park" de Baires), con sus estatuas y monumentos; el café Las Violetas (con JII, otro gran periodista), en Rivadavia esquina con Medrano, poco conocido por los turistas. La pizza de "El Fortín" con José. La Cabaña Las Lilas y su buen público y ambiente (los nuevos ricos de Puertomadero). Los cafés de Ciro, bar en la periferia (nos invita esta mañana a 3 ó 4: soy de Nápoles, "paisá"). Con Ciro hablamos de las canciones de Massimo Ranieri, de Mario Mérola, del bar Marino, del arte extremadamente complicado de hacer sencillamente un buen café. El señor, de unos 60 años, tiene una sonrisa maravillosa, de las que transmiten serenidad y alegría. Tiene ganas de hablar en italiano. Yo también. En Argentina un italiano se encuentra a gusto. Más si es del sur, como yo. José, taxista amigo, me presenta a todos y presume de mi...soy un italiano doc y amigo suyo. Soy italiano de verdad: esos son muchos puntos, ¡compañero!
Moraleja: Buenos Aires no puede no gustar. Sobretodo a los que venimos desde la bota del viejo mundo.
Vuelvo a mi habitación: mañana hay que cruzar la frontera como sea (o renunciar y comer otro asado).
(Dedicated to Ernesto, Marcelo y Carlos..."mis" argentinos).
venerdì 8 luglio 2011
Lágrimas a la parrilla
Ceno en El Mirasol. Sugerencia, acertada, de ES. Puede que sea el único cliente del restaurante que pide un Merlot y no un Malbec. Me encanta el Merlot: variedad prácticamente inexistente en España. Una botella de Rutini del 2006 acompaña la clásica empanada de carne y media entraña a la parrilla (por cierto, el chimichurri de aquí es otra cosa...y la parrilla también). Pienso en MF, el "parrillero sin fronteras" de Arganda...otro gran amigo. De postre pido una mousse casera de chocolate.
Empiezo a encontrar graciosa la mirada de la gente cuando entro en el local y pido una mesa para mi solo. No es nada divertido cenar o comer solo. Nada. Pero el secreto está en superar los primeros minutos y aguantar la mirada de la gente ya sentada en sus mesas.
Me ayuda mucho haber estudiado sociología. Más bien, me ayuda el interés por el comportamiento de las personas. Me fascina. Imagino historias. Mi fantasía se desata. La fantasía es el antídoto contra el aburrimiento y la soledad. Estudio cada mesa: están los americanos de al lado que ni se hablan. Cruzan palabras cada 5 minutos sin mirarse a los ojos. Él parece un jugador de fútbol americano. Una especie de armario con piernas y brazos y un cuello que es como una columna dórica: no me gustaría nada pelearme con este tipo. Me pregunto por qué sale a cenar con su esposa. Quizás porque el ruido de fondo de un restaurante llena los tremendos silencios que deshacen una pareja desde dentro, desde el alma. Más allá está una mesa con 11 amigos...¿Compañeros de billar, poker, caza...? Edad entre los 40 y 50: piden al camarero sacar una foto de recuerdo. Noche memorable. Noche de amigos, pienso. No parece que estén celebrando nada...o sí: simplemente celebran la amistad.
Una mesa con dos hombres de negocio franceses...snob. Antipáticos. No sé qué tienen los franceses, pero nunca me han caído muy bien. Muchas mesas con familias, parejas marido/mujer sobre los 40/50 años. Pocos jóvenes. Sigue entrando gente: cada vez que se libera una mesa, la llenan enseguida. Me fijo definitivamente en una mesa con padre, madre e hija de unos 16 años. A unos diez metros de mi Merlot. La señora rompe a llorar, pero de manera muy discreta. Cruzamos las miradas y se seca las lagrimas mientras dirige una sonrisa forzosa hacia mi. Probablemente mi mirada ha sido poco oportuna, pero recambio con una sonrisa de circunstancia. No me gusta ver la gente llorar. Ni la hija ni el marido han movido un músculo...qué extraño: ni un solo gesto. Cada lágrima debería provocar una reacción. Pero no fue así. No aquí, no esta noche en el restaurante El Mirasol. A los pocos minutos se levantan. Ella es la última. Antes de salir se da la vuelta y, otra vez, encuentra mi sonrisa. Lo siento, pienso.
Nadie debería llorar esta noche (mi amor...ya sabes).
Empiezo a encontrar graciosa la mirada de la gente cuando entro en el local y pido una mesa para mi solo. No es nada divertido cenar o comer solo. Nada. Pero el secreto está en superar los primeros minutos y aguantar la mirada de la gente ya sentada en sus mesas.
Me ayuda mucho haber estudiado sociología. Más bien, me ayuda el interés por el comportamiento de las personas. Me fascina. Imagino historias. Mi fantasía se desata. La fantasía es el antídoto contra el aburrimiento y la soledad. Estudio cada mesa: están los americanos de al lado que ni se hablan. Cruzan palabras cada 5 minutos sin mirarse a los ojos. Él parece un jugador de fútbol americano. Una especie de armario con piernas y brazos y un cuello que es como una columna dórica: no me gustaría nada pelearme con este tipo. Me pregunto por qué sale a cenar con su esposa. Quizás porque el ruido de fondo de un restaurante llena los tremendos silencios que deshacen una pareja desde dentro, desde el alma. Más allá está una mesa con 11 amigos...¿Compañeros de billar, poker, caza...? Edad entre los 40 y 50: piden al camarero sacar una foto de recuerdo. Noche memorable. Noche de amigos, pienso. No parece que estén celebrando nada...o sí: simplemente celebran la amistad.
Una mesa con dos hombres de negocio franceses...snob. Antipáticos. No sé qué tienen los franceses, pero nunca me han caído muy bien. Muchas mesas con familias, parejas marido/mujer sobre los 40/50 años. Pocos jóvenes. Sigue entrando gente: cada vez que se libera una mesa, la llenan enseguida. Me fijo definitivamente en una mesa con padre, madre e hija de unos 16 años. A unos diez metros de mi Merlot. La señora rompe a llorar, pero de manera muy discreta. Cruzamos las miradas y se seca las lagrimas mientras dirige una sonrisa forzosa hacia mi. Probablemente mi mirada ha sido poco oportuna, pero recambio con una sonrisa de circunstancia. No me gusta ver la gente llorar. Ni la hija ni el marido han movido un músculo...qué extraño: ni un solo gesto. Cada lágrima debería provocar una reacción. Pero no fue así. No aquí, no esta noche en el restaurante El Mirasol. A los pocos minutos se levantan. Ella es la última. Antes de salir se da la vuelta y, otra vez, encuentra mi sonrisa. Lo siento, pienso.
Nadie debería llorar esta noche (mi amor...ya sabes).
giovedì 7 luglio 2011
Conocí a Maradona.
Estoy en Buller: cervecería del barrio Recoleta, el barrio "bien" de Buenos Aires. Mis amigos argentinos me escriben desde Madrid y me aconsejan, me guían, me cuidan, me miman. Uso el plural, pero va por ti, ES, hermano "pelotudo". Amigo sincero. Lo siento, pero es invierno y he preferido una cerveza de la casa a un helado en "Freddo", otro sitio histórico de Baires. Antes de decidir que cerveza pedir, la chica de la barra me lleva una tira de seis vasitos de cerveza, en cada uno va un tipo diferente. Pruebo y elijo. Sistema ingenioso, inteligente y gracioso.
Cuando llegué a España, hace diez años, los argentinos que conocí fueron los primeros en abrirme la puerta de su casa. Fueron los primeros en tender esos puentes que unen a las personas sin un fin decidido con antelacion, sin cálculo. Hay un enlace entre italianos y argentinos. Algo mágico e innato, algo que tiene raíces históricas en la migración del siglo XX (el carácter del sur de Italia lo veo reflejado aquí). Lo ves por los apellidos. Lo ves por las calles y en los nombres de las tiendas. Señores, aquí el monumento al que descubrió Ámerica lleva la estatua de Cristoforo Colombo...nada de Cristobal Colón.
La ciudad huele a Europa. Es inmensa. Metida en un invierno que muy poco se parece a los nuestros. Es cálido. ¿Puede ser un invierno cálido? Aquí sí. Como las personas. Todas de una simpatía especial. Muchos tienen una chispa, un rasgo que me recuerda a mi Napoles natal. A empezar por la anciana sentada a mi lado durante el eterno viaje de 12 horas de avión. Mi abuela Nina, igual. (Por cierto, cansado de ver tanto desprecio, malaeducacion y falta de paciencia, tuve que pedir a la joven azafata de Iberia que reservara mejor trato a la anciana...¿Resultado? Nos trató fatal a los dos...gracias, señorita, usted lo ha querido...a pedir un vasito de agua cada 45 minutos...).
Nada más llegar, me veo con José, taxista de confianza de mi hermano que ya ha conocido a toda mi familia. Falto yo, señor. Pues, a enseñarme la capital (sólo un ratito hoy, que ya arranco con las reuniones). Me enseña Boca (por fin veo en persona la entrada del Caminito). Me presenta a su amigo, sosia de Diego Armando Maradona. Cuento mi historia, de cuando conocí al auténtico, en el Inter-Napoli del noviembre de 1985 (tenía 11 años, pero el recuerdo es indeleble): me gano su respeto. Maradona aquí es como un héroe. Diego es el dios del pueblo. De este pueblo. Es el ejemplo. Es la historia. Es el mito. Hablan de él en la radio, en la tele. Está pintado en las paredes de los edificios. Es un espíritu legendario. Aquí como en Nápoles, otra vez.
Comemos en el Restaurante La Brigada: carne de primera. El dueño es ex-jugador de fútbol. El taxista y yo nos contamos la vida, rodeados por camisetas de ilustres jugadores enmarcadas y colgadas a la pared y bufandas de equipos históricos. En la mesa de al lado está Jorge Valdano, ex director general del Madrid. José le vacila y le pregunta si ha venido aquí a buscar talentos o equipos para dirigir...él niega, sonríe y se deja vacilar: estamos lejos de España y de los cotilleos. El mundo del fútbol me rodea: soy como pez fuera del agua pero da igual, yo ya bien hablo de fútbol: todo vale aquí. Conocí a Maradona, chicos, ¡respeto!
Cuando llegué a España, hace diez años, los argentinos que conocí fueron los primeros en abrirme la puerta de su casa. Fueron los primeros en tender esos puentes que unen a las personas sin un fin decidido con antelacion, sin cálculo. Hay un enlace entre italianos y argentinos. Algo mágico e innato, algo que tiene raíces históricas en la migración del siglo XX (el carácter del sur de Italia lo veo reflejado aquí). Lo ves por los apellidos. Lo ves por las calles y en los nombres de las tiendas. Señores, aquí el monumento al que descubrió Ámerica lleva la estatua de Cristoforo Colombo...nada de Cristobal Colón.
La ciudad huele a Europa. Es inmensa. Metida en un invierno que muy poco se parece a los nuestros. Es cálido. ¿Puede ser un invierno cálido? Aquí sí. Como las personas. Todas de una simpatía especial. Muchos tienen una chispa, un rasgo que me recuerda a mi Napoles natal. A empezar por la anciana sentada a mi lado durante el eterno viaje de 12 horas de avión. Mi abuela Nina, igual. (Por cierto, cansado de ver tanto desprecio, malaeducacion y falta de paciencia, tuve que pedir a la joven azafata de Iberia que reservara mejor trato a la anciana...¿Resultado? Nos trató fatal a los dos...gracias, señorita, usted lo ha querido...a pedir un vasito de agua cada 45 minutos...).
Nada más llegar, me veo con José, taxista de confianza de mi hermano que ya ha conocido a toda mi familia. Falto yo, señor. Pues, a enseñarme la capital (sólo un ratito hoy, que ya arranco con las reuniones). Me enseña Boca (por fin veo en persona la entrada del Caminito). Me presenta a su amigo, sosia de Diego Armando Maradona. Cuento mi historia, de cuando conocí al auténtico, en el Inter-Napoli del noviembre de 1985 (tenía 11 años, pero el recuerdo es indeleble): me gano su respeto. Maradona aquí es como un héroe. Diego es el dios del pueblo. De este pueblo. Es el ejemplo. Es la historia. Es el mito. Hablan de él en la radio, en la tele. Está pintado en las paredes de los edificios. Es un espíritu legendario. Aquí como en Nápoles, otra vez.
Comemos en el Restaurante La Brigada: carne de primera. El dueño es ex-jugador de fútbol. El taxista y yo nos contamos la vida, rodeados por camisetas de ilustres jugadores enmarcadas y colgadas a la pared y bufandas de equipos históricos. En la mesa de al lado está Jorge Valdano, ex director general del Madrid. José le vacila y le pregunta si ha venido aquí a buscar talentos o equipos para dirigir...él niega, sonríe y se deja vacilar: estamos lejos de España y de los cotilleos. El mundo del fútbol me rodea: soy como pez fuera del agua pero da igual, yo ya bien hablo de fútbol: todo vale aquí. Conocí a Maradona, chicos, ¡respeto!
martedì 28 giugno 2011
Aperitivo con Pulitzer
La llegada a Miami fue una Odisea. 22 horas desde que dejé el hotel de Bogotá hasta entrar en el hotel de Miami. Bonito lo de viajar. El avión que tenía que despegar desde Bogotá a las 8 de la mañana del sábado, finalmente salió a las 22.15... Conozco a José Gonzalez. Nacido en Ecuador y criado en Nueva York. Ahora vive con su mujer y su hijo hacker en Connecticut. Casita de millón y medio de dólares. Porche y Jaguar en el garaje. Antes era el jefe de Producción de McKann y daba vueltas por el mundo grabando spot de multinacionales americanas con grandes estrellas del espectáculo. Ahora está en el "no-profit". Viaja por Latinoamérica y chequea como las organizaciones ONG, que empresas estadounidenses financian, se gastan el dinero que envían. Sólo me habla de corrupción: de políticos corruptos, de curas corruptos, de gente desesperada. Me explica el significado de la palabra "chévere". Fundamental en el vocabulario latino. Persona simpática. Peculiar. No para de hablar y se cambia de asiento para sentarse a mi lado durante las tres horas y media de vuelo. Me muero de sueño, pero no pasa nada. Merece la pena.
Llegar a Miami a las 3 de la madrugada, hablar con un energúmeno cubano del departamento de Migración y explicarle que sí, que estoy aquí por negocios, es una experiencia. Llegas del invierno colombiano y te recibe el verano de Florida con 35 grados y una humedad del 90%. Ni la sombra de un taxi en la acera de las "Llegadas". El primero que se asoma lo conduce un jamaicano de 60 años, físicamente estaba allí, pero su alma estaba perdida y sus ojos vacíos: parecía haberse fumado todas las palmeras de Miami Beach. En el asiento de atrás está sentado su sobrino, dice (el chaval mide 2 metros y no parece tener buenas intenciones). "No problem, man. Te llevamos a tu hotel". Contesto que "gracias, pero vienen a recogerme"... Ya me gustaría, pienso. Me espero al siguiente. Llego al hotel que no sé ni como me llamo. Duermo y arranco al día siguiente con visitas turísticas (es domingo). Paseo por Ocean Drive, pasamos por delante de la Villa de Versace (ahora un hotel, justo a diez metros del famoso asesinato). La zona parece haberse quedado en los años '20: los edificios, la tipografía de los hoteles y de las tiendas... Si pasara un coche con dos gángsters disparando no me sorprendería. Como en la Steakhouse Smith & Wollensky. Pienso en mi primera experiencia en la famosa cadena, pero era en NY con Fabrizio. Aparece una sonrisa.
El día pasa tranquilo, en casa de JdT. Toco la guitarra (lo echaba de menos). Miro la lluvia caer en la piscina rodeada por palmeras. Cena solitaria en el Four Seasons. Cama. Despertador. Reuniones. Pasa el día. Hoy de compras en el Dolphin Mall a mediodía. Dos horas de vacaciones. Dos horas de crazy shopping en un sitio que es un absoluto peligro por la economía familiar. Más trabajo por la tarde y ultima reunión en el Novecento. Sitio de moda al lado del hotel. Él es periodista de investigación, premio Pulitzer 1998. Hablamos de periódicos del futuro y del presente del periodismo mientras lucho contra el calor, saboreando un Negroni. Luego otro. Agradable conversación. Siento profundo respeto por esta categoría de trabajadores. Siento respeto pro quien se la juega. Por los que no le tienen miedo a nada ni nadie. Por los que denuncian lo que está mal, lo que no funciona. Por los que utilizan la pluma como única arma, más potente que cualquier kalashnikov. Gracias GR. Gracias por tu tiempo, por tu sencillez. Sana envidia me llena de alegría. Y satisfacción: después de "Desayuno con Diamantes" hoy se ha rodado "Aperitivo con Pulitzer".
Llegar a Miami a las 3 de la madrugada, hablar con un energúmeno cubano del departamento de Migración y explicarle que sí, que estoy aquí por negocios, es una experiencia. Llegas del invierno colombiano y te recibe el verano de Florida con 35 grados y una humedad del 90%. Ni la sombra de un taxi en la acera de las "Llegadas". El primero que se asoma lo conduce un jamaicano de 60 años, físicamente estaba allí, pero su alma estaba perdida y sus ojos vacíos: parecía haberse fumado todas las palmeras de Miami Beach. En el asiento de atrás está sentado su sobrino, dice (el chaval mide 2 metros y no parece tener buenas intenciones). "No problem, man. Te llevamos a tu hotel". Contesto que "gracias, pero vienen a recogerme"... Ya me gustaría, pienso. Me espero al siguiente. Llego al hotel que no sé ni como me llamo. Duermo y arranco al día siguiente con visitas turísticas (es domingo). Paseo por Ocean Drive, pasamos por delante de la Villa de Versace (ahora un hotel, justo a diez metros del famoso asesinato). La zona parece haberse quedado en los años '20: los edificios, la tipografía de los hoteles y de las tiendas... Si pasara un coche con dos gángsters disparando no me sorprendería. Como en la Steakhouse Smith & Wollensky. Pienso en mi primera experiencia en la famosa cadena, pero era en NY con Fabrizio. Aparece una sonrisa.
El día pasa tranquilo, en casa de JdT. Toco la guitarra (lo echaba de menos). Miro la lluvia caer en la piscina rodeada por palmeras. Cena solitaria en el Four Seasons. Cama. Despertador. Reuniones. Pasa el día. Hoy de compras en el Dolphin Mall a mediodía. Dos horas de vacaciones. Dos horas de crazy shopping en un sitio que es un absoluto peligro por la economía familiar. Más trabajo por la tarde y ultima reunión en el Novecento. Sitio de moda al lado del hotel. Él es periodista de investigación, premio Pulitzer 1998. Hablamos de periódicos del futuro y del presente del periodismo mientras lucho contra el calor, saboreando un Negroni. Luego otro. Agradable conversación. Siento profundo respeto por esta categoría de trabajadores. Siento respeto pro quien se la juega. Por los que no le tienen miedo a nada ni nadie. Por los que denuncian lo que está mal, lo que no funciona. Por los que utilizan la pluma como única arma, más potente que cualquier kalashnikov. Gracias GR. Gracias por tu tiempo, por tu sencillez. Sana envidia me llena de alegría. Y satisfacción: después de "Desayuno con Diamantes" hoy se ha rodado "Aperitivo con Pulitzer".
domenica 26 giugno 2011
El pollo más caro del mundo (Historias de Aeropuertos 1er Episodio)
Algo que comienza mal, es muy probable que acabe peor. Llegué a esta ciudad con una reserva de Hotel en la mano que no sirvió para nada: tuve que buscar otro sitio para dormir. Fallo informático (y de alguien en Madrid que sigue utilizando el fax para confirmar...pero que no se asegura de que el mismo fax llegue a su destino).
Ultimo día. El avión hacia Miami sale a las 8 de la mañana. Bueno, tenía que salir a las 8. Estoy en el aeropuerto a las 6 menos cuarto. Ahora son las 6 menos cuarto...otra vez, pero de la tarde. Llevo exactamente 12 horas. 12 larguísimas, interminables horas. Y tampoco sabemos a ciencia cierta si y cuando vamos a despegar. Pienso en todos los que han envidiado mis nuevas responsabilidades internacionales. Pienso y me acuerdo de todos y cada uno de ellos y me cambiaría con cualquiera. Voy a pasar un sábado entero, MI sábado, en el aeropuerto de Bogotá. "Qué bonito...vas a viajar mucho". Eso es lo que tiene, también.
Parece ser que al avión le falla el radar y están mandando material y equipo técnico desde Estados Unidos... Visto el tiempo de espera, me pregunto si están viniendo en Bus, para no gastar...
A mediodía las señoritas del Admiral's Club de American Airlines nos dicen que nos van a dar un vale para uno de los restaurantes del aeropuerto. Pues nos ponemos en fila como niños de colegio y nos acompañan fuera de la zona de embarques. Unos pocos decidimos ir al Kokoriko, a comer pollo frito. No hay cubiertos sino una bolsita con guantes de plástico (como los que usamos cuando echamos gasolina), para poder comer con las manos. Terminada la comida, volvemos a vernos con la responsable de la línea aérea para volver a cruzar los controles. Problema: los de Migración no nos dejan: ya tenemos en nuestros pasaportes los sellos de salida del País. Deberíamos, según ellos, ya estar fuera de Colombia y no se explican qué hacemos "dentro". Si queremos volver a entrar habrá que esperar a todos los pasajeros del avión. Más de doscientas personas que nadie sabe a donde han ido, si han salido, si van a volver, para coger ese avión que no se sabe si y cuando va a despegar de Bogotá. Durante dos horas estamos "perdidos". Cada oficial de migración da una interpretación y un motivo diferente para no dejarnos entrar. Hasta hay quien dice que ya hemos salido del país (tenemos todos el sello de salida), y que no entiende que hacemos allí. La señorita de American Airlines está más perdida que todos nosotros. No se lo explica: había llegado a un acuerdo con el jefe de migración...pero que ya se ha ido, parece ser, y ahora no sabe qué hacer (mientras tanto, bastante cabreado, le pido que no se mueva de allí, que haga sus gestiones por teléfono y que si estamos de pié viendo pasar a todos los pasajeros del mundo que desfilan delante de nosotros para abandonar al país, ella también se queda allí, clavada a nuestro lado...como si quiere llamar al Presidente de America Airlines...que nos acompañe también, a mi no me importa). Pasado ya un tiempo, desesperados por la falta de atencion, unos pocos, en representacion institucional, vamos a hablar con el responsable, otro, y, después de haber utilizado todos los motivos posibles, iluminados por el sentido común (que en estos países suele fallar bastante), le convencemos a dejarnos pasar. Mientras tanto nos chequean los equipajes un total de tres veces (las tres veces que hemos ido y vuelto, pasando por el detector de metales), nos mandan de un despacho a otro y algunos ni nos miran a la cara mientras les hablamos...sobretodo una empleada de unos 140 kilos que lo único que sabia decir era "que no".
Ese medio pollo del Kokoriko, comido con las manos envueltas en guantes de plástico, nos ha costado caro, muy caro...dos horas de limbo diplomático, burocrático y administrativo que cada uno de nosotros se hubiese ahorrado con grandísimo placer.
Ultimo día. El avión hacia Miami sale a las 8 de la mañana. Bueno, tenía que salir a las 8. Estoy en el aeropuerto a las 6 menos cuarto. Ahora son las 6 menos cuarto...otra vez, pero de la tarde. Llevo exactamente 12 horas. 12 larguísimas, interminables horas. Y tampoco sabemos a ciencia cierta si y cuando vamos a despegar. Pienso en todos los que han envidiado mis nuevas responsabilidades internacionales. Pienso y me acuerdo de todos y cada uno de ellos y me cambiaría con cualquiera. Voy a pasar un sábado entero, MI sábado, en el aeropuerto de Bogotá. "Qué bonito...vas a viajar mucho". Eso es lo que tiene, también.
Parece ser que al avión le falla el radar y están mandando material y equipo técnico desde Estados Unidos... Visto el tiempo de espera, me pregunto si están viniendo en Bus, para no gastar...
A mediodía las señoritas del Admiral's Club de American Airlines nos dicen que nos van a dar un vale para uno de los restaurantes del aeropuerto. Pues nos ponemos en fila como niños de colegio y nos acompañan fuera de la zona de embarques. Unos pocos decidimos ir al Kokoriko, a comer pollo frito. No hay cubiertos sino una bolsita con guantes de plástico (como los que usamos cuando echamos gasolina), para poder comer con las manos. Terminada la comida, volvemos a vernos con la responsable de la línea aérea para volver a cruzar los controles. Problema: los de Migración no nos dejan: ya tenemos en nuestros pasaportes los sellos de salida del País. Deberíamos, según ellos, ya estar fuera de Colombia y no se explican qué hacemos "dentro". Si queremos volver a entrar habrá que esperar a todos los pasajeros del avión. Más de doscientas personas que nadie sabe a donde han ido, si han salido, si van a volver, para coger ese avión que no se sabe si y cuando va a despegar de Bogotá. Durante dos horas estamos "perdidos". Cada oficial de migración da una interpretación y un motivo diferente para no dejarnos entrar. Hasta hay quien dice que ya hemos salido del país (tenemos todos el sello de salida), y que no entiende que hacemos allí. La señorita de American Airlines está más perdida que todos nosotros. No se lo explica: había llegado a un acuerdo con el jefe de migración...pero que ya se ha ido, parece ser, y ahora no sabe qué hacer (mientras tanto, bastante cabreado, le pido que no se mueva de allí, que haga sus gestiones por teléfono y que si estamos de pié viendo pasar a todos los pasajeros del mundo que desfilan delante de nosotros para abandonar al país, ella también se queda allí, clavada a nuestro lado...como si quiere llamar al Presidente de America Airlines...que nos acompañe también, a mi no me importa). Pasado ya un tiempo, desesperados por la falta de atencion, unos pocos, en representacion institucional, vamos a hablar con el responsable, otro, y, después de haber utilizado todos los motivos posibles, iluminados por el sentido común (que en estos países suele fallar bastante), le convencemos a dejarnos pasar. Mientras tanto nos chequean los equipajes un total de tres veces (las tres veces que hemos ido y vuelto, pasando por el detector de metales), nos mandan de un despacho a otro y algunos ni nos miran a la cara mientras les hablamos...sobretodo una empleada de unos 140 kilos que lo único que sabia decir era "que no".
Ese medio pollo del Kokoriko, comido con las manos envueltas en guantes de plástico, nos ha costado caro, muy caro...dos horas de limbo diplomático, burocrático y administrativo que cada uno de nosotros se hubiese ahorrado con grandísimo placer.
sabato 25 giugno 2011
¡Dios salve las búfalas y las barras en los restaurantes!
Las dos de la tarde en Bogotá. He terminado con mi maratón de charlas, reuniones, encuentros... Tengo la tarde para mi. Para la ciudad, más bien. Como en el restaurante Harry, referencia en Bogotá. "Señorita, para comer. Yo solo, por favor". La colombiana me indica una mesa justo en el medio de la sala. "No gracias, ¿no sería posible comer en la barra?". Vamos, que ya comer sólo no es lo mejor, si encima me pone en el centro del mundo y de las miradas...
Me siento y me reciben con un cuarto de mozzarella, aceite y pimienta... Señores, soy italiano: la mozzarella en Bogotá no, NO. Hay veces que la globalización te machaca las expectativas y la ilusión. Maldita globalización. Pienso en la llanura de la provincia de Salerno, en el soleado y cálido sur de Italia...allí donde las búfalas viven tranquilas y felices, con la mirada fija y serena a cada pasar de trenes. Pienso en cuando iba con mis abuelos a comprar las pequeñas, recién elaboradas "mozzarelline alla panna": síntesis de perfección láctea. Y comerlas de un bocado, para poder romper esa esférica armonía en la boca sin derrochar ni una sola gota valiosa de esa leche de búfala.
Sentado en la barra, pido langostinos en sartén, salteados con ajo y mantequilla. Sigo con un centro de lomo poco hecho con salsa a la pimienta. Todo muy bien. Y dos cervezas Gran Colombia heladas. Lo bueno de comer solo es la atención extrema por parte del personal. Todos se ocupan de mi. Me miman y llenan esa sensación de soledad (más que sensación, realidad). Pido un café. Simplemente excelente (estamos en Colombia, uno de los mayores productores mundiales...). Me traen almendras con chocolate, regalo de la casa. Gracias señores, un gusto.
Voy al hotel: el cansancio puede conmigo. Entre eso y los 2.600 metros de altitud, el dolor de cabeza no me deja ni un segundo. Ibuprofeno y siesta.
Me siento y me reciben con un cuarto de mozzarella, aceite y pimienta... Señores, soy italiano: la mozzarella en Bogotá no, NO. Hay veces que la globalización te machaca las expectativas y la ilusión. Maldita globalización. Pienso en la llanura de la provincia de Salerno, en el soleado y cálido sur de Italia...allí donde las búfalas viven tranquilas y felices, con la mirada fija y serena a cada pasar de trenes. Pienso en cuando iba con mis abuelos a comprar las pequeñas, recién elaboradas "mozzarelline alla panna": síntesis de perfección láctea. Y comerlas de un bocado, para poder romper esa esférica armonía en la boca sin derrochar ni una sola gota valiosa de esa leche de búfala.
Sentado en la barra, pido langostinos en sartén, salteados con ajo y mantequilla. Sigo con un centro de lomo poco hecho con salsa a la pimienta. Todo muy bien. Y dos cervezas Gran Colombia heladas. Lo bueno de comer solo es la atención extrema por parte del personal. Todos se ocupan de mi. Me miman y llenan esa sensación de soledad (más que sensación, realidad). Pido un café. Simplemente excelente (estamos en Colombia, uno de los mayores productores mundiales...). Me traen almendras con chocolate, regalo de la casa. Gracias señores, un gusto.
Voy al hotel: el cansancio puede conmigo. Entre eso y los 2.600 metros de altitud, el dolor de cabeza no me deja ni un segundo. Ibuprofeno y siesta.
giovedì 23 giugno 2011
Entre montañas, a un paso de las nubes, con Oriana Fallaci.
En Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar. Llegué el martes noche después de una rapidísima parada en el calor, la humedad y la calma de Miami (sí, sí: me dió tiempo a comer un par de croissant en el Chocolate Fashon de Andalusia Ave.).
Bogotá es fascinante: una ciudad inmensa, que las montañas andinas cierran en un verde abrazo circular. Las calles son una contínua bajada y subida: una especie de San Francisco latinoamericana. Lo increíble es ver la montaña al final de la calle. De cualquier calle que cruce la ciudad. Lo que sorprende es como toda la gente española que he conocido en estos días se haya sentido a gusto en esta metrópoli...tanto como para quedarse. A mi me ha pasado lo mismo: me he sentido a gusto. Desde el mismísimo aterrizaje: el departamento de migración es el más rápido y lleno de empleados que he visto desde que he empezado a viajar por el mundo. Una fila inmensa se ha deshecho en pocos minutos gracias a la profesional rapidez de los agentes. Nada más salir del aeropuerto te das cuenta que esa sensación de orden se ha quedado en el timbre que me han puesto en el pasaporte: centenares de personas esperaban a la salida a sus parientes, amigos, etc. todos encima los unos de los otros, sin posibilidad de dejar salir a nadie. Policías armados con perros antidroga patrullaban entre los que salíamos y los que esperaban (me pregunto porqué no buscan en la selva...que a lo mejor encuentran más "talco millonario").
Cojo un taxi (un milagro que arranque: parece hecho de mazapán), y voy hacia el hotel que NO tenía mi reserva...bien. En Bogotá. Es de noche. No tengo hotel. Bienvenido a Colombia, joven.
Llega a salvarme SH. Nuestra colaboradora, una periodista, una espléndida persona. Buscamos hotel y lo encontamos (al 4º intento). Vamos a cenar al Armadillo, justo en frente. Hablamos de mi corta experiencia en latinoamérica y de su larga permanencia por estas tierras. Me fascinan sus relatos. Me fascina lo que ha visto, vivido, escrito. Le digo que me recuerda a Oriana Fallaci, hablamos de ella. SH será mi Oriana Fallaci personal. Está decidido.
Los dos días siguientes han sido reuniones, reuniones y reuniones. Estudio Bogotá desde las ventanillas de los taxis que me llevan de un sitio a otro. La temperatura es ideal: entre 15 y 20 grados. Estamos en invierno, pero, como dicen aquí, "si no te gusta el tiempo, espera 5 minutos". Es cierto: pasas de una lluvia invernal a un cálido sol en 5 minutos. Y muchas veces al día. Esta suerte no la tienen mis amigos peruanos, que durante el invierno están escondidos debajo de nubes grises e inmuebles.
La ciudad es una mezcla interesante de zonas ricas y pobres a pocos metros las unas de las otras. En la calle hay de todo: gente encorbatada y mendigos. Todos paseando. Al lado los unos de los otros. Puedes ver a un Mercedes al lado de una "zorra" (una carreta tirada por un viejo caballo andino).
Espero poder tener el tiempo, mañana por la tarde, de escaparme al Museo del Oro y el Museo Botero: dos etapas imprescindibles, me dicen.
Bogotá es una ciudad que es todo contraste. Una ciudad que da buenas "vibraciones". Una ciudad que ha sido "robada" de la selva a su alrededor y que parece estar lista para reconquistarla de un momento a otro...
Lo que sigo sin entender es el porque haya que leer titulares como el que esta misma mañana aparecía en todos los periódicos locales: "Mueren asesinadas dos niñas menores de edad en Bogotá Capital". Esas dos niñas se suman a las más de 1.000 que cada año mueren "sin un motivo". Me pregunto por qué en estos paises la vida de un ser humano no vale absolutamente nada...
Bogotá es fascinante: una ciudad inmensa, que las montañas andinas cierran en un verde abrazo circular. Las calles son una contínua bajada y subida: una especie de San Francisco latinoamericana. Lo increíble es ver la montaña al final de la calle. De cualquier calle que cruce la ciudad. Lo que sorprende es como toda la gente española que he conocido en estos días se haya sentido a gusto en esta metrópoli...tanto como para quedarse. A mi me ha pasado lo mismo: me he sentido a gusto. Desde el mismísimo aterrizaje: el departamento de migración es el más rápido y lleno de empleados que he visto desde que he empezado a viajar por el mundo. Una fila inmensa se ha deshecho en pocos minutos gracias a la profesional rapidez de los agentes. Nada más salir del aeropuerto te das cuenta que esa sensación de orden se ha quedado en el timbre que me han puesto en el pasaporte: centenares de personas esperaban a la salida a sus parientes, amigos, etc. todos encima los unos de los otros, sin posibilidad de dejar salir a nadie. Policías armados con perros antidroga patrullaban entre los que salíamos y los que esperaban (me pregunto porqué no buscan en la selva...que a lo mejor encuentran más "talco millonario").
Cojo un taxi (un milagro que arranque: parece hecho de mazapán), y voy hacia el hotel que NO tenía mi reserva...bien. En Bogotá. Es de noche. No tengo hotel. Bienvenido a Colombia, joven.
Llega a salvarme SH. Nuestra colaboradora, una periodista, una espléndida persona. Buscamos hotel y lo encontamos (al 4º intento). Vamos a cenar al Armadillo, justo en frente. Hablamos de mi corta experiencia en latinoamérica y de su larga permanencia por estas tierras. Me fascinan sus relatos. Me fascina lo que ha visto, vivido, escrito. Le digo que me recuerda a Oriana Fallaci, hablamos de ella. SH será mi Oriana Fallaci personal. Está decidido.
Los dos días siguientes han sido reuniones, reuniones y reuniones. Estudio Bogotá desde las ventanillas de los taxis que me llevan de un sitio a otro. La temperatura es ideal: entre 15 y 20 grados. Estamos en invierno, pero, como dicen aquí, "si no te gusta el tiempo, espera 5 minutos". Es cierto: pasas de una lluvia invernal a un cálido sol en 5 minutos. Y muchas veces al día. Esta suerte no la tienen mis amigos peruanos, que durante el invierno están escondidos debajo de nubes grises e inmuebles.
La ciudad es una mezcla interesante de zonas ricas y pobres a pocos metros las unas de las otras. En la calle hay de todo: gente encorbatada y mendigos. Todos paseando. Al lado los unos de los otros. Puedes ver a un Mercedes al lado de una "zorra" (una carreta tirada por un viejo caballo andino).
Espero poder tener el tiempo, mañana por la tarde, de escaparme al Museo del Oro y el Museo Botero: dos etapas imprescindibles, me dicen.
Bogotá es una ciudad que es todo contraste. Una ciudad que da buenas "vibraciones". Una ciudad que ha sido "robada" de la selva a su alrededor y que parece estar lista para reconquistarla de un momento a otro...
Lo que sigo sin entender es el porque haya que leer titulares como el que esta misma mañana aparecía en todos los periódicos locales: "Mueren asesinadas dos niñas menores de edad en Bogotá Capital". Esas dos niñas se suman a las más de 1.000 que cada año mueren "sin un motivo". Me pregunto por qué en estos paises la vida de un ser humano no vale absolutamente nada...
venerdì 17 giugno 2011
Percy B. Shelley y los gallinazos de Humala
Ha pasado casi una semana desde mi vuelta a España. Lima queda atrás. O, mejor, queda dentro. Dentro de esa maleta de recuerdos, archivo de postales imaginarias, que estoy coleccionando poco a poco. Los sitios quedan dentro de cada uno. Como las personas con las que nos cruzamos y que nos dejan algo: una sensación, una imagen, un sentimiento. ¿De todo esto va la "experiencia"? Parece que sí.
Pensaba poder escribir los últimos apuntes de viaje sobre Perú en el avión de vuelta, pero el cansancio pudo conmigo. Así que lo haré ahora, aunque no es lo mismo: escribir durante la permanencia en esos lugares, para mi desconocidos, lleva la "frescura" del momento, de ciertos estados de ánimo que todo lo que veo, vivo y siento suscita en ese instante exacto y que lo hace tan especial. Vuelve a mi memoria lo que escribió Shelley en defensa de la poesía. Decía que el razonamiento se puede ejercitar por determinación de la voluntad. Otra cosa es la poesía, algo que nace por dentro, algo que nace por inspiración, algo profético. Según Shelley, cuando el poeta empieza a escribir, negro sobre blanco, la inspiración está ya desvaneciendo: la poesía más grande jamás comunicada puede que sea sólo la débil sombra de la concepción originaria del poeta. Bueno, estoy de acuerdo con él...siempre lo he estado. Creo que lo mismo pasa con los relatos. También con los más sencillos como los que componen este humilde diario.
Será porque me pasa lo mismo. Porque en esos instantes hay algo que me impacta y despierta. Algo que sorprende. Cuando ya ha pasado tiempo, ese "algo sorprendente" ya es experiencia. Ya está asimilado, digerido. El tiempo enfría las cosas, les quita esa fuerza espontánea.
Lima ha merecido la pena. Siempre merece la pena conocer lo desconocido. Amplío mi perspectiva sobre diferentes realidades, sobre la vida, y eso es bueno.
Esos días en la capital peruana han sido intensos. Todo empezó de la mejor manera: cenando en el restaurante de Huaca Pucllana. No sé por qué, pero empezar a conocer una cultura por su gastronomía, a parte de ser extremadamente placentero, me parece un buen "abordaje". Se entienden muchas cosas. La noche en Pucllana (barrio Miraflores), era estupenda (difícil encontrar un marco más bonito, justo al lado de las pirámides construidas por la cultura Lima entre el 200 y 700 d.C.), con un trocito de cielo despejado (un verdadero regalo en esta época): a lo largo del día se vive debajo de la "panza de burro", un cielo gris que difícilmente abandona a la ciudad en los meses de otoño e invierno., es decir, ahora mismo (lo que tiene el cielo gris es que hace perder totalmente el sentido de orientación: no hay manera de saber por dónde quedan Oriente y Occidente).
Los diferentes platos que probé reflejan el estado actual de Perú: un origen pobre, sencillo, primordial, casi, pero con elaboraciones de las más modernas y refinadas. Es lo antiguo que se renueva y se hace actual para sorprender. Es el ceviche, por ejemplo, nacido en los barcos pesqueros que sólo podían cargar con limes que servían para cocinar, dejando a remojo en su jugo el pescado recién sacado del agua y así poder comer y sobrevivir tantos días en alta mar, que sorprende ahora por sus perfumes, aromas y especias añadidas y servido en platos de diseño.
Lima es la plaza de las Armas, donde encuentran cabida la sede del Ayuntamiento, el Palacio del Gobierno y la Catedral. Justo encima de la Catedral volaban grandes pájaros negros. Me comentan que son los "gallinazos" andinos, unos buitres basureros que llegan a tener hasta 1,80 metros de envergadura. Verdaderamente feos. Me comenta una persona a la que pregunté por ese ave, que suelen traer mala suerte allí donde se posan. Bueno, si así es, el Comandante Humala, nuevo Presidente recién elegido, tendría que sentirse bastante afortunado: todos los gallinazos de la plaza estaban encima de la Catedral. Palacio del Gobierno despejado.
Siempre recordaré Lima por su olor a mar, por la noche en el restaurante Cala, consumiendo cigarrillos al ritmo de las olas del Pacífico. Por la calle Cantuarias, llena de tiendas de instrumentos musicales, justo al lado del Hotel Casa Andina. Por el hukulele que compré y que ya forma parte de mi colección de "cuerdas" y por la zampoña andina que me regaló el dueño de la tienda, Edmundo Cortez Rumay. Por la dulce mirada de una niña de 4 ó 5 años que cayó dormida en los brazos de su padre en esa especie de furgoneta-autobús, repleta de gente. Por el camarero Juan, que después del primer desayuno en el hotel, ya me llamaba por nombre y me traía ese espresso italiano, como a mi me gusta, sin necesidad de pedirlo. Por las sonrisas que regalaban los "botones" del hotel en cada momento. Y, como siempre desde que viajo por Latinoamérica, por la gentileza extrema, de todas y cada una de las personas que conozco por esas tierras.
Pensaba poder escribir los últimos apuntes de viaje sobre Perú en el avión de vuelta, pero el cansancio pudo conmigo. Así que lo haré ahora, aunque no es lo mismo: escribir durante la permanencia en esos lugares, para mi desconocidos, lleva la "frescura" del momento, de ciertos estados de ánimo que todo lo que veo, vivo y siento suscita en ese instante exacto y que lo hace tan especial. Vuelve a mi memoria lo que escribió Shelley en defensa de la poesía. Decía que el razonamiento se puede ejercitar por determinación de la voluntad. Otra cosa es la poesía, algo que nace por dentro, algo que nace por inspiración, algo profético. Según Shelley, cuando el poeta empieza a escribir, negro sobre blanco, la inspiración está ya desvaneciendo: la poesía más grande jamás comunicada puede que sea sólo la débil sombra de la concepción originaria del poeta. Bueno, estoy de acuerdo con él...siempre lo he estado. Creo que lo mismo pasa con los relatos. También con los más sencillos como los que componen este humilde diario.
Será porque me pasa lo mismo. Porque en esos instantes hay algo que me impacta y despierta. Algo que sorprende. Cuando ya ha pasado tiempo, ese "algo sorprendente" ya es experiencia. Ya está asimilado, digerido. El tiempo enfría las cosas, les quita esa fuerza espontánea.
Lima ha merecido la pena. Siempre merece la pena conocer lo desconocido. Amplío mi perspectiva sobre diferentes realidades, sobre la vida, y eso es bueno.
Esos días en la capital peruana han sido intensos. Todo empezó de la mejor manera: cenando en el restaurante de Huaca Pucllana. No sé por qué, pero empezar a conocer una cultura por su gastronomía, a parte de ser extremadamente placentero, me parece un buen "abordaje". Se entienden muchas cosas. La noche en Pucllana (barrio Miraflores), era estupenda (difícil encontrar un marco más bonito, justo al lado de las pirámides construidas por la cultura Lima entre el 200 y 700 d.C.), con un trocito de cielo despejado (un verdadero regalo en esta época): a lo largo del día se vive debajo de la "panza de burro", un cielo gris que difícilmente abandona a la ciudad en los meses de otoño e invierno., es decir, ahora mismo (lo que tiene el cielo gris es que hace perder totalmente el sentido de orientación: no hay manera de saber por dónde quedan Oriente y Occidente).
Los diferentes platos que probé reflejan el estado actual de Perú: un origen pobre, sencillo, primordial, casi, pero con elaboraciones de las más modernas y refinadas. Es lo antiguo que se renueva y se hace actual para sorprender. Es el ceviche, por ejemplo, nacido en los barcos pesqueros que sólo podían cargar con limes que servían para cocinar, dejando a remojo en su jugo el pescado recién sacado del agua y así poder comer y sobrevivir tantos días en alta mar, que sorprende ahora por sus perfumes, aromas y especias añadidas y servido en platos de diseño.
Lima es la plaza de las Armas, donde encuentran cabida la sede del Ayuntamiento, el Palacio del Gobierno y la Catedral. Justo encima de la Catedral volaban grandes pájaros negros. Me comentan que son los "gallinazos" andinos, unos buitres basureros que llegan a tener hasta 1,80 metros de envergadura. Verdaderamente feos. Me comenta una persona a la que pregunté por ese ave, que suelen traer mala suerte allí donde se posan. Bueno, si así es, el Comandante Humala, nuevo Presidente recién elegido, tendría que sentirse bastante afortunado: todos los gallinazos de la plaza estaban encima de la Catedral. Palacio del Gobierno despejado.
Siempre recordaré Lima por su olor a mar, por la noche en el restaurante Cala, consumiendo cigarrillos al ritmo de las olas del Pacífico. Por la calle Cantuarias, llena de tiendas de instrumentos musicales, justo al lado del Hotel Casa Andina. Por el hukulele que compré y que ya forma parte de mi colección de "cuerdas" y por la zampoña andina que me regaló el dueño de la tienda, Edmundo Cortez Rumay. Por la dulce mirada de una niña de 4 ó 5 años que cayó dormida en los brazos de su padre en esa especie de furgoneta-autobús, repleta de gente. Por el camarero Juan, que después del primer desayuno en el hotel, ya me llamaba por nombre y me traía ese espresso italiano, como a mi me gusta, sin necesidad de pedirlo. Por las sonrisas que regalaban los "botones" del hotel en cada momento. Y, como siempre desde que viajo por Latinoamérica, por la gentileza extrema, de todas y cada una de las personas que conozco por esas tierras.
venerdì 10 giugno 2011
Bajo la atenta mirada del atún del Pacífico
Paso las últimas horas en Lima en el restaurante del hotel. Desde la montaña de hielo del buffet libre de Casa Andina, un atún me mira fijamente, acompañado por dos pulpos y exóticas conchas. Anoche estuve cenando en el restaurante "Cala, mAr de Amor", con vista al pacífico oleaje nocturno que acaricia a esta ciudad en un sin fin amoroso. ¡Qué bien se come en Perú!
El menù del Cala, arranca con la siguiente poesía (la buena gastronomía, al fin y al cabo, es un poema):
Estupendo Amor AmAr el mAr
y vivir sólo de Amor
y mAr
y mirAr siempre al mAr
con Amor
mAgnífico morir
Al pie del mAr de Amor
Al pie del mAr de Amor morir
pero mirAndo siempre el mAr
con Amor
como si morir
fuerA sólo no mirAr
el mAr
o dejAr de AmAr.
No tengo, ahora mismo, mucho tiempo para escribir. Lo haré desde el avión...voy a estar un buen rato entre nubes. Y tengo muchas cosas que poner por escrito, sobre estas 48 horas peruanas.
El menù del Cala, arranca con la siguiente poesía (la buena gastronomía, al fin y al cabo, es un poema):
Estupendo Amor AmAr el mAr
y vivir sólo de Amor
y mAr
y mirAr siempre al mAr
con Amor
mAgnífico morir
Al pie del mAr de Amor
Al pie del mAr de Amor morir
pero mirAndo siempre el mAr
con Amor
como si morir
fuerA sólo no mirAr
el mAr
o dejAr de AmAr.
No tengo, ahora mismo, mucho tiempo para escribir. Lo haré desde el avión...voy a estar un buen rato entre nubes. Y tengo muchas cosas que poner por escrito, sobre estas 48 horas peruanas.
mercoledì 8 giugno 2011
Del surf peruano en otoño
Desde la habitación en el piso 14 del Hotel Casa Andina, en Miraflores, Lima, se ve muchísima ciudad. Son casi las siete de la tarde y ya es de noche: todas las ciudades tienen cierto encanto por la noche, con todas las luces encendidas y en movimiento, como si fuera un belén navideño. La ciudad suma casi 10 millones de habitantes. Está pegada al Oceano Pacífico. Luis Grillo me ha llevado al hotel. Un conductor contratado en el aeropuerto, de abuelo italiano, que me ha estado contando su vida, su paso por Alemania, de cuando estudiaba piano en el Conservatorio de Saarbruchen; de su madre que se murió hace poco, con 98 años; de las recientes elecciones (él votó por Keiko Fujimori, amigos); de esta inmensa ciudad que está a dos semanas del invierno.
Me gustó aterrizar, bajar del avión y oler el mar. La ciudad entera huele a mar...hasta la habitación del hotel. La carretera que costea la playa está en obras: están haciendo playas, robando metros al océano, y poniendo palmeras y césped. Obras que duraran años, comenta Luis. Era el atardecer, cielo cubierto de nubes, y había gente en el mar con sus tablas de surf. Perú es campeón mundial de surf en equipo...impresionante.
En la zona de Miraflores hay edificios altos, pero lo que he podido ver desde el taxi era bastante desolador, sobretodo la zona cercana al aeropuerto...algo parecido a una zona pesquera. Casas bajas y en pésimas condiciones. En la carretera hay coches y pequeños autobuses que se caen a pedazos. Mucha gente en la calle y mucha más esperando a un transporte publico que tarda una vida en aparecer. La ciudad es caótica, pero no parece peligrosa. El mismo Luis me dice que "esto no es Caracas"...je, je.
Hace cinco días estaba paseando por Miami: verano, orden, limpieza, riqueza, lo mejor de Atlántico con pinta a Caribe. Ahora en Lima, después de volar por encima de los Andes (vaya espectáculo, por cierto), espectador de un escenario totalmente diferente. Mi cabeza empieza a parecerse a un shaker, donde se mezclan tantas experiencias, en tan poco tiempo, que es imposible asimilar. ¿Sabrá rico el cocktail?
Me gustó aterrizar, bajar del avión y oler el mar. La ciudad entera huele a mar...hasta la habitación del hotel. La carretera que costea la playa está en obras: están haciendo playas, robando metros al océano, y poniendo palmeras y césped. Obras que duraran años, comenta Luis. Era el atardecer, cielo cubierto de nubes, y había gente en el mar con sus tablas de surf. Perú es campeón mundial de surf en equipo...impresionante.
En la zona de Miraflores hay edificios altos, pero lo que he podido ver desde el taxi era bastante desolador, sobretodo la zona cercana al aeropuerto...algo parecido a una zona pesquera. Casas bajas y en pésimas condiciones. En la carretera hay coches y pequeños autobuses que se caen a pedazos. Mucha gente en la calle y mucha más esperando a un transporte publico que tarda una vida en aparecer. La ciudad es caótica, pero no parece peligrosa. El mismo Luis me dice que "esto no es Caracas"...je, je.
Hace cinco días estaba paseando por Miami: verano, orden, limpieza, riqueza, lo mejor de Atlántico con pinta a Caribe. Ahora en Lima, después de volar por encima de los Andes (vaya espectáculo, por cierto), espectador de un escenario totalmente diferente. Mi cabeza empieza a parecerse a un shaker, donde se mezclan tantas experiencias, en tan poco tiempo, que es imposible asimilar. ¿Sabrá rico el cocktail?
Sobrevolando Latinoamerica
Falta algo menos de dos horas y media para aterrizar en Lima, Perú. Hace más de hora y media que llegamos al continente latinoamericano y empezamos a volar por encima de Venezuela, ahora entre Colombia y Brasil. Más de hora y media con turbulencias...de las que el avión cruje como un trozo de pan seco. En estas situaciones la gente reacciona de diferentes maneras. Está el que mira por fuera de la ventanilla, como si pudiera ver qué es lo que mueve tanto al avión (chico, vamos a 900 km por hora y fuera está todo absolutamente azul...¿Qué buscas?). Luego está el que vuelve a sentirse niño y se esconde debajo de la mantita barata de la Compañía aérea, que en estas circunstancias protege más que un caparazón a una tortuga. En general se nota tensión. El hombre nació sin plumas ni alas: si volamos es porque somos tan listos como para construir cacharros como este...capaces de hacerte viajar hasta en el tiempo. En mi caso voy a retroceder de unas 7 horas, con este viaje. Seguro que en situaciones así la gente piensa que esto de volar, a veces, no compensa, que no es natural (pienso en el gran A.F.: tan duro como para romper ladrillos con sus manos en movimientos orientales, pero si se habla de volar...je, je).
Yo escribo mi diario y escucho a los hits del gran Brad Paisley con su mágica Telecaster. El country lo cura absolutamente todo. Pienso en el plan "Second Honeymoon en Nashville, Tennessee" y se me escapa una sonrisa...
Bueno, este viaje a Perú va a ser una locura, en tiempo, entiendo: 12 horas para llegar y otras tantas para irme dentro de 48. Reuniones con todos los que merecen la pena, empezando esta misma tarde... Llegaré sobre las 17.30 hora local. Para mi serán como las doce de la noche pasadas, creo. Veré poco de Lima, pero creo que el Hotel está en la zona más bonita de la ciudad. Espero poder espiar un poquito desde la ventana de la habitación y hacerme una idea... Lo que sí me han dicho en todas partes es que hay unos restaurantes impresionantes y una gastronomía a los máximos niveles mundiales, actualmente. Será un placer...
Yo escribo mi diario y escucho a los hits del gran Brad Paisley con su mágica Telecaster. El country lo cura absolutamente todo. Pienso en el plan "Second Honeymoon en Nashville, Tennessee" y se me escapa una sonrisa...
Bueno, este viaje a Perú va a ser una locura, en tiempo, entiendo: 12 horas para llegar y otras tantas para irme dentro de 48. Reuniones con todos los que merecen la pena, empezando esta misma tarde... Llegaré sobre las 17.30 hora local. Para mi serán como las doce de la noche pasadas, creo. Veré poco de Lima, pero creo que el Hotel está en la zona más bonita de la ciudad. Espero poder espiar un poquito desde la ventana de la habitación y hacerme una idea... Lo que sí me han dicho en todas partes es que hay unos restaurantes impresionantes y una gastronomía a los máximos niveles mundiales, actualmente. Será un placer...
domenica 5 giugno 2011
Latso descansa cuatro días mojándose en el Mediterráneo.
He vuelto a España. Dejé al nuevo continente detrás de mi, pero sólo unos días. El miércoles vuelo a Lima. Veré hoy quien gana las elecciones. Llegaré a Perú bajo el nuevo sol del mal menor (vaya candidatos a las presidenciales, señores).
Miami ha sido un paréntesis de civilización después de tanto baño de difíciles realidades sociales. También es cierto que de Miami sólo he visto las apariencias, las que huelen a millones de dólares: un panameño me comentaba que, como todas las ciudades americanas, hay zonas donde es mejor no pasar. Zonas de pobreza que el pueblo "stars and stripes" tiene escondidas, lejos de la vista. Seria como una mancha demasiado vistosa para la sociedad "perfecta". Lo mismo me comentó el taxista cubano que me llevó la otra noche al restaurante "The Fishing Company": "Miami está bien si tienes mucho dinero, brother. Sólo si tienes mucho dinero". Allí todo es excesivo: los coches, los edificios, las piezas de carnaza de alguna vaca de Montana que acaba en tu plato, los precios, las villas de diseño con un deportivo fuera de serie en la puerta de casa y un barco de ensueño en la parte de atrás, al lado del muelle personal que da al canal que te lleva al Atlántico.
De paso, en Miami, me he ganado otro mote: Latso. Sí: el oso rosa, que huele a fresas, de Toy Story 3...el que va abrazando a todos (Dani, ese se te escapó...).
En Miami lo italiano va mucho. Desde los sitios más de moda (el Novecento y el Segafredo), al agua con gas (sólo y exclusivamente San Pellegrino...que allí se queda en Pellegrino).
Lo que me ha sorprendido de estos primeros viajes es la constante gastronómica que he encontrado en todo los sitios y a sus máximos niveles: el sushi y la comida japonesa/oriental en general. Es increíble: los mejores restaurantes sirven variaciones con toques locales del pescado crudo que tanto ha hecho famoso al pueblo del sol levante. Da igual que estés en Caracas, México DF o Miami.
De esta ultima ciudad se quedan en mi memoria los desayunos en "Chocolate", el bareto francés al lado de la gasolinera, cerca de la oficina en Sevilla street. El tremendo calor en las calles (superamos los 35 grados el viernes pasado). Las terrazas con ventiladores gigantes, como los que se ven en los set de rodaje de las peliculas, los restaurantes estilo años '20, como la steakhouse Morton's...sitios que son así desde hace cien años, sin ningún tipo de variación en la decoración; el imponente Hotel Biltmore (allí la mejor habitación se llama Al Capone, por evidentes motivos históricos). Las villas de Coral Gables, con sus jardines perfectos, sus entradas triunfales, sus coches impresionantes (mínimo dos), aparcados en la puerta. Las cenas con vista a los dos skyline de la ciudad, el de verdad y el que se refleja en ese brazo de mar donde encima está construido Miami. Las palmeras. Las banderas (un poco exagerado tanto patriotismo). El viejo empleado de Costa Rica del Guitar Center (donde si hizo realidad el sueño "thinline" de Little Jaime)...
Me tocará volver a esta ciudad. Lo haré con placer. La sensación de que todo está ordenado y bajo control, de vez en cuando, se agradece. ¿Será por eso que la mayoría de los americanos elige un sitio así para vivir sus últimos días?
Miami ha sido un paréntesis de civilización después de tanto baño de difíciles realidades sociales. También es cierto que de Miami sólo he visto las apariencias, las que huelen a millones de dólares: un panameño me comentaba que, como todas las ciudades americanas, hay zonas donde es mejor no pasar. Zonas de pobreza que el pueblo "stars and stripes" tiene escondidas, lejos de la vista. Seria como una mancha demasiado vistosa para la sociedad "perfecta". Lo mismo me comentó el taxista cubano que me llevó la otra noche al restaurante "The Fishing Company": "Miami está bien si tienes mucho dinero, brother. Sólo si tienes mucho dinero". Allí todo es excesivo: los coches, los edificios, las piezas de carnaza de alguna vaca de Montana que acaba en tu plato, los precios, las villas de diseño con un deportivo fuera de serie en la puerta de casa y un barco de ensueño en la parte de atrás, al lado del muelle personal que da al canal que te lleva al Atlántico.
De paso, en Miami, me he ganado otro mote: Latso. Sí: el oso rosa, que huele a fresas, de Toy Story 3...el que va abrazando a todos (Dani, ese se te escapó...).
En Miami lo italiano va mucho. Desde los sitios más de moda (el Novecento y el Segafredo), al agua con gas (sólo y exclusivamente San Pellegrino...que allí se queda en Pellegrino).
Lo que me ha sorprendido de estos primeros viajes es la constante gastronómica que he encontrado en todo los sitios y a sus máximos niveles: el sushi y la comida japonesa/oriental en general. Es increíble: los mejores restaurantes sirven variaciones con toques locales del pescado crudo que tanto ha hecho famoso al pueblo del sol levante. Da igual que estés en Caracas, México DF o Miami.
De esta ultima ciudad se quedan en mi memoria los desayunos en "Chocolate", el bareto francés al lado de la gasolinera, cerca de la oficina en Sevilla street. El tremendo calor en las calles (superamos los 35 grados el viernes pasado). Las terrazas con ventiladores gigantes, como los que se ven en los set de rodaje de las peliculas, los restaurantes estilo años '20, como la steakhouse Morton's...sitios que son así desde hace cien años, sin ningún tipo de variación en la decoración; el imponente Hotel Biltmore (allí la mejor habitación se llama Al Capone, por evidentes motivos históricos). Las villas de Coral Gables, con sus jardines perfectos, sus entradas triunfales, sus coches impresionantes (mínimo dos), aparcados en la puerta. Las cenas con vista a los dos skyline de la ciudad, el de verdad y el que se refleja en ese brazo de mar donde encima está construido Miami. Las palmeras. Las banderas (un poco exagerado tanto patriotismo). El viejo empleado de Costa Rica del Guitar Center (donde si hizo realidad el sueño "thinline" de Little Jaime)...
Me tocará volver a esta ciudad. Lo haré con placer. La sensación de que todo está ordenado y bajo control, de vez en cuando, se agradece. ¿Será por eso que la mayoría de los americanos elige un sitio así para vivir sus últimos días?
mercoledì 1 giugno 2011
Del infierno al paraíso en dos semanas. Pasando por el purgatorio mexicano...
Caracas, México DF y Miami. En dos semanas he pasado por una de las ciudades más peligrosas del mundo (en el ranking sale en el tercer lugar), por México DF, ciudad de grande contrastes y ahora en Miami...riqueza, coches de lujo (mucho lujo), calles limpias, gente guapa, bien vestida y muy cuidada. El paraíso de los millonarios. El escaparate de las apariencias. La imagen más tangible de lo superfluo y artificial. Icono del poder del dinero.
Eso sí, la escena más desagradable de estas ultimas dos semanas, la he visto anoche, a la salida del Delano (hotel, bar, discoteca con jardín y piscina iluminada, frecuentado por lo mejorcito de la ciudad). Una chica negra (muy alta, bien vestida), es llevada a la fuerza fuera del local. En la calle. Los que la empujan son los "seguratas" del sitio, los "puertas". Ella empieza a insultarles con los típicos "mother-fucker", etc., pero ellos ni se inmutan, hasta que la chica decide escupir al de seguridad con bastante desprecio. Él pierde los papeles, la empuja, con violencia, contra el coche aparcado en la puerta (uno de esos cochazos que son como muros de dos metros de acero). Luego se lanza sobre ella y la "reduce" al suelo sin pensárselo dos veces. Con una rodilla en su espalda le pone esposas mientras sus compañeros llaman a la policía. La actitud de la chica, cara al suelo, cambia de repente: pide disculpas. Que la perdonen. Que lo siente mucho. Que, por favor, no llamen a la poli. Que puede pagarles (les ofreces 20 dólares...a mi me parece poco, señorita). De hecho, cuando nos vamos del lugar, la chica ya no está en el suelo. Me imagino que la habrán soltado. No volverá al Delano, estoy seguro.
Desde la ventanilla del avión, justo antes de aterrizar, leí "Bienvenidos a Estados Unidos", escrito en el césped cerca de la pista. En el aeropuerto internacional de Miami, también leí "All we need is love, love" ("necesitamos amor", en homenaje a la celebre canción de las cucarachas de Liverpool), escrito con letras que median metro y medio de alto, hechas con flores...
¿En qué quedamos?
Eso sí, la escena más desagradable de estas ultimas dos semanas, la he visto anoche, a la salida del Delano (hotel, bar, discoteca con jardín y piscina iluminada, frecuentado por lo mejorcito de la ciudad). Una chica negra (muy alta, bien vestida), es llevada a la fuerza fuera del local. En la calle. Los que la empujan son los "seguratas" del sitio, los "puertas". Ella empieza a insultarles con los típicos "mother-fucker", etc., pero ellos ni se inmutan, hasta que la chica decide escupir al de seguridad con bastante desprecio. Él pierde los papeles, la empuja, con violencia, contra el coche aparcado en la puerta (uno de esos cochazos que son como muros de dos metros de acero). Luego se lanza sobre ella y la "reduce" al suelo sin pensárselo dos veces. Con una rodilla en su espalda le pone esposas mientras sus compañeros llaman a la policía. La actitud de la chica, cara al suelo, cambia de repente: pide disculpas. Que la perdonen. Que lo siente mucho. Que, por favor, no llamen a la poli. Que puede pagarles (les ofreces 20 dólares...a mi me parece poco, señorita). De hecho, cuando nos vamos del lugar, la chica ya no está en el suelo. Me imagino que la habrán soltado. No volverá al Delano, estoy seguro.
Desde la ventanilla del avión, justo antes de aterrizar, leí "Bienvenidos a Estados Unidos", escrito en el césped cerca de la pista. En el aeropuerto internacional de Miami, también leí "All we need is love, love" ("necesitamos amor", en homenaje a la celebre canción de las cucarachas de Liverpool), escrito con letras que median metro y medio de alto, hechas con flores...
¿En qué quedamos?
martedì 31 maggio 2011
Con el corazón entre Jalapa y Tonalá...
Últimos días en la ciudad y un fin de semana pasado en México DF. Echo de menos mi cámara de fotos: aquí dispararía sin parar. Espero no perder nunca todo lo que tengo grabado en la memoria. Todas esas escenas e imágenes que en estos días me han asaltado. Una chica tocando la espléndida "Take five" de Dave Brubeck con su saxofón a la salida del restaurante argentino donde comí. El señor de 70 años de paseo con su viejo coche americano años '50, color crema y techo blanco, de aquellos que miden 8 metros de largo... La villa color rojo Pompeya, en venta en la calle Sosa, justo en frente al Instituto Italiano de Cultura en Coyoacan. El señor que se comía una mazorca de medio metro en la calle, bajo la mirada atenta de su hija y su mujer. La camioneta (en marcha y andando), que vendía mangos y que paramos para comprar una bolsa con 6 ó 7 frutos por 10 pesos. Los 35 kilometros de calles cortadas para que la gente pueda sacar sus bicicletas y recorrer esta ciudad infinita. La casa azul del museo Frida Kahlo. Los Dodge Avanger blu y plata de la policía local (y los chalecos anti balas de sus ocupantes). La gente haciéndose fotos delante de la escultura de dos inmensas alas doradas en la Avenida de la Reforma (quizás si de verdad se sienten ángeles, aunque sea por un instante). La sonrisa de la gente. Su gentileza extrema. Las pirámides de Teotihuacán (los escalones de la del Sol). El silencio de la Calzada de los Muertos a las 9 de la mañana. La cerveza Victoria (bien fría, por favor). La tierna risa del "piccolo Maya" (cus-cus). El pueblo de Valle de Bravo (señores, por favor, visitad el norte de Italia). La temporada de insectos (ricos, ricos). Los viejos taxis Volkswagen escarabajo. La Colonia Roma. La Colonia Condesa. Los patios interiores. Los guantes "racing" que usa Luciano, conductor de confianza, para "manejar el carro". Los que limpian los zapatos en la calle. Los que limpian los coches en la calle. Los que, simplemente, se buscan la vida para sobrevivir (en la calle, claro). Los restaurantes de diseño, dignos de la mejor capital europea (Paxia y Pujol). Los tacos de escamoles (huevas de hormiga). La carne de cocodrilo que no conseguí comer, puesto que esta semana no había llegado (nos cuenta el metre que la carne llega sólo una vez que el cazador ha vendido la piel). La lluvia de México DF y el perfume que suele despertar de una ciudad que, muy a menudo, huele a alcantarilla. La elegancia de la Colonia Polanco. Las calles desiertas de la noche. El tráfico del día. Los manifestantes semidesnudos bailando en el medio de la carretera de entrada a la ciudad, con la foto del alcalde tapando las partes íntimas. La sede de uno de los editores al que visité, que parecía un hotelito cinco estrellas, estilo "hasienda"...
Me voy. Vuelo a Miami. Volveré.
PD Gracias Isa, gracias Giampiero, gracias Luca. Por el cariño. Por hacerme sentir parte de la familia. Por los Nespresso robados...por todo. Os quiero.
Me voy. Vuelo a Miami. Volveré.
PD Gracias Isa, gracias Giampiero, gracias Luca. Por el cariño. Por hacerme sentir parte de la familia. Por los Nespresso robados...por todo. Os quiero.
| Pirámide de la Luna |
| Pirámide del Sol |
venerdì 27 maggio 2011
Friday night in México City
Casi las ocho de la tarde. Es viernes. Se me abre un fin de semana por delante. El primer fin de semana fuera de casa. Lejos de todo y todos. Lejos de mi mundo, del viejo mundo.
Han sido días intensos. Hoy las ultimas reuniones (el lunes habrá más), pero el fin de semana será intenso, también con trabajo. Ceno mañana sábado con los corresponsales y el mundo de medios de la capital: se va la responsable de EFE y todo el media-world local se despide de ella. Allí estaré, acompañado por nuestra maravillosa Isabel. El domingo comida con "el conseguidor", gran persona, muy metido en todo lo que se mueve en el mundo mexicano, desde el transporte marítimo del petróleo a las compañías telefónicas, pasando por los medios de comunicación.
De paso, aprovecharé para hacer turismo (merecido, ¿no?). Pirámides de Teotihuacán y Valle de Bravo. Acabo de ponerme de acuerdo con Big Luciano, conductor de confianza y con un buen Jeep Cherokee... Hemos quedado mañana a las 8.00 de la mañana. Primero las pirámides en soledad, que quedan a media hora del DF, luego de vuelta a la ciudad para recoger a la bella familia italo-española-mexicana y rumbo a Valle de Bravo a visitar el "pueblo mágico". 4.000 pesos para no tener momentos libres y ponerme a pensar en lo que haría y con quién estaría pasando las horas si estuviera en Madrid. ¿Este es el precio de mi vida? ¿4.000 "míseros" pesos? No creo, pero es lo que hay.
La ciudad me gusta. Es inmensa. De verdad. Hay ciudad por todas partes. No ves otra cosa que ciudad, vayas donde vayas. No sales de la ciudad. Puedes cruzarla durante hora y media de coche y sigues estando dentro...increíble. Ser taxista aquí es cosa de magos, adivinos. Esta tarde me tocó un joven en su primer día de servicio. Aquí el navegador es un tío que está al otro lado del micro instalado en el coche que te indica por radio por dónde tienes que dar la vuelta, qué calles coger, qué cruces, etc. Gracioso.
Me gusta ver los barrios o Colonias financieras y en 15 minutos pasar por calles con casas antiguas. Entran ganas de pasear por la ciudad hasta perderte. Cosa fácil pero muy poco aconsejable, por lo que me cuentan, por el tema de seguridad. Siempre hacen referencia a la seguridad. Todo Latinoamérica es así. Una gran pena. Un desperdicio. Sitios estupendos, ciudades maravillosas, tesoros de la naturaleza, que no se pueden vivir con esa paz y tranquilidad interior de que no va a pasarte nada si te pierdes o te descuidas. Vivir en alerta no es vivir. Hoy pasé por Lomas Altas. La mejor zona residencial de la capital. Villas estupendas, de diseño. Y cada una con vigilancia privada en la calle, cámaras apuntando a cada esquina y entrada, muros altos con alambre, como si fueran cárceles de máxima seguridad. ¿Merece la pena ser rico y darlo a ver?
He estado en sitios muy "high level society", dignos de la mejor capital europea. Es interesante la mezcla idiomática que tienen, con mucho uso de palabras americanas, expresiones de gringos. Odian profundamente a los estadounidenses pero les imitan en todo. Los que pueden hacerlo, claro. Son su modelo de estilo de vida. Y cuanto más tiempo paso lejos de casa, más orgulloso estoy de ser de "allí". Sí, soy de Italia, del país con más patrimonio histórico y cultural del mundo. Ese país lejano con forma de bota que parió a Cristoforo Colombo...¿Os acordáis de él?
Han sido días intensos. Hoy las ultimas reuniones (el lunes habrá más), pero el fin de semana será intenso, también con trabajo. Ceno mañana sábado con los corresponsales y el mundo de medios de la capital: se va la responsable de EFE y todo el media-world local se despide de ella. Allí estaré, acompañado por nuestra maravillosa Isabel. El domingo comida con "el conseguidor", gran persona, muy metido en todo lo que se mueve en el mundo mexicano, desde el transporte marítimo del petróleo a las compañías telefónicas, pasando por los medios de comunicación.
De paso, aprovecharé para hacer turismo (merecido, ¿no?). Pirámides de Teotihuacán y Valle de Bravo. Acabo de ponerme de acuerdo con Big Luciano, conductor de confianza y con un buen Jeep Cherokee... Hemos quedado mañana a las 8.00 de la mañana. Primero las pirámides en soledad, que quedan a media hora del DF, luego de vuelta a la ciudad para recoger a la bella familia italo-española-mexicana y rumbo a Valle de Bravo a visitar el "pueblo mágico". 4.000 pesos para no tener momentos libres y ponerme a pensar en lo que haría y con quién estaría pasando las horas si estuviera en Madrid. ¿Este es el precio de mi vida? ¿4.000 "míseros" pesos? No creo, pero es lo que hay.
La ciudad me gusta. Es inmensa. De verdad. Hay ciudad por todas partes. No ves otra cosa que ciudad, vayas donde vayas. No sales de la ciudad. Puedes cruzarla durante hora y media de coche y sigues estando dentro...increíble. Ser taxista aquí es cosa de magos, adivinos. Esta tarde me tocó un joven en su primer día de servicio. Aquí el navegador es un tío que está al otro lado del micro instalado en el coche que te indica por radio por dónde tienes que dar la vuelta, qué calles coger, qué cruces, etc. Gracioso.
Me gusta ver los barrios o Colonias financieras y en 15 minutos pasar por calles con casas antiguas. Entran ganas de pasear por la ciudad hasta perderte. Cosa fácil pero muy poco aconsejable, por lo que me cuentan, por el tema de seguridad. Siempre hacen referencia a la seguridad. Todo Latinoamérica es así. Una gran pena. Un desperdicio. Sitios estupendos, ciudades maravillosas, tesoros de la naturaleza, que no se pueden vivir con esa paz y tranquilidad interior de que no va a pasarte nada si te pierdes o te descuidas. Vivir en alerta no es vivir. Hoy pasé por Lomas Altas. La mejor zona residencial de la capital. Villas estupendas, de diseño. Y cada una con vigilancia privada en la calle, cámaras apuntando a cada esquina y entrada, muros altos con alambre, como si fueran cárceles de máxima seguridad. ¿Merece la pena ser rico y darlo a ver?
He estado en sitios muy "high level society", dignos de la mejor capital europea. Es interesante la mezcla idiomática que tienen, con mucho uso de palabras americanas, expresiones de gringos. Odian profundamente a los estadounidenses pero les imitan en todo. Los que pueden hacerlo, claro. Son su modelo de estilo de vida. Y cuanto más tiempo paso lejos de casa, más orgulloso estoy de ser de "allí". Sí, soy de Italia, del país con más patrimonio histórico y cultural del mundo. Ese país lejano con forma de bota que parió a Cristoforo Colombo...¿Os acordáis de él?
| Típico autobús "puertas y ventanas abiertas" que por 2 pesos (unos 0,12€) te lleva a dónde sea... |
| Avenida de la Reforma y al fondo la plaza del Ángel |
| Las sugerencias del Restaurante Los Sobrinos |
mercoledì 25 maggio 2011
Desde el aterrizaje fallido al colibrí de México DF
Las 21.40. Estoy en la azotea del Hotel Condesa DF, Colonia Condesa de México DF, zona cool. Tomo in mojito que es puro arte alcohólico del maestro barman del lugar. Hay música chill out. Muy buen ambiente, aunque la poca luz del sitio no permite poder observar mucho. La temperatura es ideal. Hace calor, hoy hemos superado los 30 grados en esta gran ciudad a 2.000 metros sobre el mar. Pero ahora tira una brisa fresca muy agradable. En mangas de camisa pienso en mi primer día en este cumulo de edificios y gentes que componen la ciudad más grande del mundo. Me di cuenta anoche cuando con el avión pasamos por encima de la ciudad dos veces. Sí, dos veces: estábamos a punto de aterrizar y a treinta metros del suelo el piloto tuvo que coger cuota a toda prisa otra vez. Un avión estaba cruzando la pista y tuvimos que abortar el aterrizaje. Desagradable. Es la tercera vez que me pasa. Pero me permitió ver desde la ventanilla un sin fin de luces, un sin fin de ciudad. Hasta el límite del horizonte. Por 360 grados. Esto, señores, es muy grande.
La ciudad es peligrosa, como no, pero después de Caracas cualquier ciudad parece mejor. Lo ves por la gente, por como va vestida. Lo ves por lo coches. Hay de todo: desde el coche desastrado que es un milagro que siga arrancando, hasta el "carro ranchero" estilo "gringo" con motor de 8.000 cc., pasando por el BMW Z4 blanco, a la última moda.
Veo la ciudad desde la ventanilla de un taxi, yendo de una reunión a otra. Paso por la Avenida Reforma (bonitas esculturas de ángeles en el medio, entre los dos carriles). La más grande de la ciudad. Pasamos por barrios más bohemios y populares y llegamos a barrios financieros, hasta la Colonia Polanco, la "milla de oro" que reluce los escaparates de Gucci, Ferragamo, Cartier, entre otros.
Como siempre mis ojos se hacen cofres de tesoros de imágenes. Vi a un colibrí al lado de una ventana de una casita en la Colonia Roma...nunca vi a un colibrí, bueno, sólo en los documentales de la 2. Y casitas de colores. Los azules, amarillos, naranjas. Colores fuertes, alegres. Vi al hombre de la basura...me cuenta Isabel (nuestra persona en México DF y un ser humano estupendo), que aquí te multan o hasta te llevan a comisaría si dejas la basura en la calle (casi es menos probable tener problemas con la ley si pegas un tiro a tu vecino). El hombre de la basura pasa con un coche por las calles, pita, y tienes que bajar a toda leche para entregarles las bolsas. Sistema curioso.
La gente, en general, es extremadamente cordial. Me reciben, en la primera de mis visitas, por orden de la dirección general. La idea que traigo les interesa a tal punto que quieren verme otra vez antes de que me vaya. Aunque sea en el aeropuerto, el próximo martes, mientras espero al American Airlines que me llevará a Miami, dicen. Luego comida con otra persona. Con un caballero que está en mil negocios y puede abrir muchas puertas. Reflexionamos sobre el negocio. Es estimulante. Propone otra manera de hacer business. Otra vía. Me gusta. Me gusta ver las cosas desde otras perspectivas. Lo bueno de viajar y conocer a mucha gente es que cada uno aporta una pieza al puzzle que se va componiendo y toma formas cada día más interesantes. Espero, algún día, poder recoger los frutos de tanto hablar, conocer, pensar, vender.
Voy por el segundo mojito. Estoy cansado. No sé si es por tanto cambio de hora, porque duermo poco, porque me despiertan a las 4 de la madrugada con llamadas desde España y preguntas superfluas. No voy a cenar: la comida de hoy llenó bastante. Tomaré un omeprazol para hacer frente al picante que aquí, si pudieran, echarían hasta en el agua.
Mañana es otro día. Otras reuniones, otras planificaciones. Dejo descansar a la ciudad en la que premian con dinero, en estos días, a la gente que entrega a las autoridades sus armas ilegales. Cuántas diferencias con el Viejo Mundo...
La ciudad es peligrosa, como no, pero después de Caracas cualquier ciudad parece mejor. Lo ves por la gente, por como va vestida. Lo ves por lo coches. Hay de todo: desde el coche desastrado que es un milagro que siga arrancando, hasta el "carro ranchero" estilo "gringo" con motor de 8.000 cc., pasando por el BMW Z4 blanco, a la última moda.
Veo la ciudad desde la ventanilla de un taxi, yendo de una reunión a otra. Paso por la Avenida Reforma (bonitas esculturas de ángeles en el medio, entre los dos carriles). La más grande de la ciudad. Pasamos por barrios más bohemios y populares y llegamos a barrios financieros, hasta la Colonia Polanco, la "milla de oro" que reluce los escaparates de Gucci, Ferragamo, Cartier, entre otros.
Como siempre mis ojos se hacen cofres de tesoros de imágenes. Vi a un colibrí al lado de una ventana de una casita en la Colonia Roma...nunca vi a un colibrí, bueno, sólo en los documentales de la 2. Y casitas de colores. Los azules, amarillos, naranjas. Colores fuertes, alegres. Vi al hombre de la basura...me cuenta Isabel (nuestra persona en México DF y un ser humano estupendo), que aquí te multan o hasta te llevan a comisaría si dejas la basura en la calle (casi es menos probable tener problemas con la ley si pegas un tiro a tu vecino). El hombre de la basura pasa con un coche por las calles, pita, y tienes que bajar a toda leche para entregarles las bolsas. Sistema curioso.
La gente, en general, es extremadamente cordial. Me reciben, en la primera de mis visitas, por orden de la dirección general. La idea que traigo les interesa a tal punto que quieren verme otra vez antes de que me vaya. Aunque sea en el aeropuerto, el próximo martes, mientras espero al American Airlines que me llevará a Miami, dicen. Luego comida con otra persona. Con un caballero que está en mil negocios y puede abrir muchas puertas. Reflexionamos sobre el negocio. Es estimulante. Propone otra manera de hacer business. Otra vía. Me gusta. Me gusta ver las cosas desde otras perspectivas. Lo bueno de viajar y conocer a mucha gente es que cada uno aporta una pieza al puzzle que se va componiendo y toma formas cada día más interesantes. Espero, algún día, poder recoger los frutos de tanto hablar, conocer, pensar, vender.
Voy por el segundo mojito. Estoy cansado. No sé si es por tanto cambio de hora, porque duermo poco, porque me despiertan a las 4 de la madrugada con llamadas desde España y preguntas superfluas. No voy a cenar: la comida de hoy llenó bastante. Tomaré un omeprazol para hacer frente al picante que aquí, si pudieran, echarían hasta en el agua.
Mañana es otro día. Otras reuniones, otras planificaciones. Dejo descansar a la ciudad en la que premian con dinero, en estos días, a la gente que entrega a las autoridades sus armas ilegales. Cuántas diferencias con el Viejo Mundo...
martedì 24 maggio 2011
Parada en Cancún
Tengo una hora y cuarto para bajar de un avión y meterme en otro. Ya no sé ni que hora es para mi cuerpo y para mi cabeza...
Paso los controles de migración. Soy el primero. El oficial de policía es amable. Me pregunta durante cuánto tiempo voy a quedarme en México de vacaciones. "Ya me gustaría, señor...pero estoy aquí por trabajo y ahora mismo cojo otro avión para la capital". "Qué pena", dice, "hay mucho por ver en esta zona"... No pierdo tiempo en explicarle que ya lo conozco.
Salgo. Cojo un taxi que me lleve a la otra terminal. Pactamos 10 dólares americanos. A la hora de saldar mi deuda, estaba claro: el tipo no tiene cambio, ni en pesos. Así que le suelto un billete de 20. No me enfado: le digo que invite a su mujer a un par de cervezas...¡Salud!
Hago el check in: de las cinco ventanillas que hay, me toca la del jovencito. En 10 minutos ha hecho facturar a medio avión, mientras que sus compañeros aún estaban con los primeros viajeros.
Ha habido un fallo técnico en el sistema de facturación y el vuelo saldrá con media hora de retraso. Por una vez agradezco tener algo de tiempo: salgo fuera a fumar un par de cigarrillos. 30 grados. Las siete de la tarde. El sol se ha ido, pero queda algo de luz. Hay nubes, unas pocas. Los pájaros del lugar parece que se despiden del día haciendo una gran fiesta...y un gran ruido. Todos entre los arboles justo en frente. Me hace gracia. Es alegre. Huele a vacaciones. Este sitio huele a vacaciones, definitivamente.
Hay muchísima humedad. Pienso en lo que me gustaría darme una ducha ahora mismo...paciencia.
Paso los controles, otra vez. Me abren las maletas, pero son gentiles...no como el soldado que lo hizo en Caracas hace unos días, antes de embarcar para Madrid.
Veo un bar e intento esquivar rápidamente a las empleadas/cazadoras de clientes, escondidas entre los pasillos de las tiendas duty free...
Llego a la barra. Estoy en Cancún, México: "Una Coronita, por favor". Disfruto de mis 15 minutos de vacaciones. Me siento bien. Cansado, sí, pero bien.
Embarcamos. Dos horas y pico más en otro avión...cierro los ojos. Adiós Riviera Maya...
Paso los controles de migración. Soy el primero. El oficial de policía es amable. Me pregunta durante cuánto tiempo voy a quedarme en México de vacaciones. "Ya me gustaría, señor...pero estoy aquí por trabajo y ahora mismo cojo otro avión para la capital". "Qué pena", dice, "hay mucho por ver en esta zona"... No pierdo tiempo en explicarle que ya lo conozco.
Salgo. Cojo un taxi que me lleve a la otra terminal. Pactamos 10 dólares americanos. A la hora de saldar mi deuda, estaba claro: el tipo no tiene cambio, ni en pesos. Así que le suelto un billete de 20. No me enfado: le digo que invite a su mujer a un par de cervezas...¡Salud!
Hago el check in: de las cinco ventanillas que hay, me toca la del jovencito. En 10 minutos ha hecho facturar a medio avión, mientras que sus compañeros aún estaban con los primeros viajeros.
Ha habido un fallo técnico en el sistema de facturación y el vuelo saldrá con media hora de retraso. Por una vez agradezco tener algo de tiempo: salgo fuera a fumar un par de cigarrillos. 30 grados. Las siete de la tarde. El sol se ha ido, pero queda algo de luz. Hay nubes, unas pocas. Los pájaros del lugar parece que se despiden del día haciendo una gran fiesta...y un gran ruido. Todos entre los arboles justo en frente. Me hace gracia. Es alegre. Huele a vacaciones. Este sitio huele a vacaciones, definitivamente.
Hay muchísima humedad. Pienso en lo que me gustaría darme una ducha ahora mismo...paciencia.
Paso los controles, otra vez. Me abren las maletas, pero son gentiles...no como el soldado que lo hizo en Caracas hace unos días, antes de embarcar para Madrid.
Veo un bar e intento esquivar rápidamente a las empleadas/cazadoras de clientes, escondidas entre los pasillos de las tiendas duty free...
Llego a la barra. Estoy en Cancún, México: "Una Coronita, por favor". Disfruto de mis 15 minutos de vacaciones. Me siento bien. Cansado, sí, pero bien.
Embarcamos. Dos horas y pico más en otro avión...cierro los ojos. Adiós Riviera Maya...
A 40.000 pies
Faltan 2.30 minutos exactos para aterrizar en Cancún. Volamos a 727 km/h y a una temperatura externa de menos 60 grados. La verdad es que este viaje será eterno. Espero no perder la conexión y poder llegar a Ciudad de México sin problemas. Después de otras 2.40 horas de vuelo, claro.
En Business Class somos 5: tres ejecutivos y una pareja (un poquito macarrilla, la verdad)...de los de viaje de novios...de los que se llaman "Cari" y sacan fotos de los asientos de primera, sacan fotos a la pantalla que cada uno tiene delante con toda la programación multimedia disponible para pasar las más de diez horas de este viaje. Sacan foto a la azafata mientras les deja la copita de cava. Bueno, se merecen toda la diversión del mundo...se lo merecen después del "bodorrio" que seguramente han tenido hace unos días. No quiero ni pensarlo: neo-suegros, amigos (de los de toda la vida, de los que se alegran, de los que gritan "vivan los novios" 50 veces durante el banquete...de los que pierden el control frente a la barra-libre), amigas (alguna envidiosa...otra que, seguramente, ha puesto a parir al traje de la novia), tíos, tías, abuelos, abuelas, el primo antipático que hay que invitar para no quedar mal. El vals (y en seguida Lady GaGa, claro). Los 5 platos del menú. El solomillo (duro), que siempre llega frío...
Bueno, mientras escribo, estamos a punto de pasar por encima de Nassau. En un ratito volaremos entre Florida y Cuba. Cuba. Pienso en los millones de dólares en petróleo que les llegan a Fidel de parte de su amigo venezolano. Ciertas amistades (y apoyos incondicionales), se compran, está claro.
Para ponerme en sintonía, escucho a Maná, lo más representativo del repertorio mexicano que tengo disponible en mi iPod. Pienso en Akumal...hace unos cuantos años. Navidad de 2002, si no me equivoco. Muchas risas entre ruinas Maya, playas de ensueño, Xel-ha, los delfines, "una sera carne, una sera pesce"...la mejor familia para una de las vacaciones más divertidas que recuerde. Gracias Solange, Gianni, Lula. Gracias, siempre.
Ahora cierro los ojos un ratito más antes del aterrizaje. La azafata me confirma que deberíamos llegar cinco minutos antes de lo previsto. Si así fuera debería llegar a tiempo al otro avión... Cruzo dedos.
En Business Class somos 5: tres ejecutivos y una pareja (un poquito macarrilla, la verdad)...de los de viaje de novios...de los que se llaman "Cari" y sacan fotos de los asientos de primera, sacan fotos a la pantalla que cada uno tiene delante con toda la programación multimedia disponible para pasar las más de diez horas de este viaje. Sacan foto a la azafata mientras les deja la copita de cava. Bueno, se merecen toda la diversión del mundo...se lo merecen después del "bodorrio" que seguramente han tenido hace unos días. No quiero ni pensarlo: neo-suegros, amigos (de los de toda la vida, de los que se alegran, de los que gritan "vivan los novios" 50 veces durante el banquete...de los que pierden el control frente a la barra-libre), amigas (alguna envidiosa...otra que, seguramente, ha puesto a parir al traje de la novia), tíos, tías, abuelos, abuelas, el primo antipático que hay que invitar para no quedar mal. El vals (y en seguida Lady GaGa, claro). Los 5 platos del menú. El solomillo (duro), que siempre llega frío...
Bueno, mientras escribo, estamos a punto de pasar por encima de Nassau. En un ratito volaremos entre Florida y Cuba. Cuba. Pienso en los millones de dólares en petróleo que les llegan a Fidel de parte de su amigo venezolano. Ciertas amistades (y apoyos incondicionales), se compran, está claro.
Para ponerme en sintonía, escucho a Maná, lo más representativo del repertorio mexicano que tengo disponible en mi iPod. Pienso en Akumal...hace unos cuantos años. Navidad de 2002, si no me equivoco. Muchas risas entre ruinas Maya, playas de ensueño, Xel-ha, los delfines, "una sera carne, una sera pesce"...la mejor familia para una de las vacaciones más divertidas que recuerde. Gracias Solange, Gianni, Lula. Gracias, siempre.
Ahora cierro los ojos un ratito más antes del aterrizaje. La azafata me confirma que deberíamos llegar cinco minutos antes de lo previsto. Si así fuera debería llegar a tiempo al otro avión... Cruzo dedos.
On the road again.
El UX063 está a punto de despegar. Volaremos alto hasta llegar a la tierra de los nachos, del tequila... México es un puente entre el norte y el sur. Pues allá vamos: entre el norte y el sur. Justo en el medio, para no fallar. Como pensaba Aristóteles.
No sé que esperarme de México DF. Después de Caracas sobretodo. Será interesante ver una ciudad tan grande. Una ciudad que es media España en población. Tanta gente que es normal que hasta yo conozca alguien allí.
En 10 horas se llega a Cancún: el tiempo de cambiar de avión y seguimos hacia México DF. Otras 2.30 horas. ¿Me darán un premio por tanto volar?
No sé que esperarme de México DF. Después de Caracas sobretodo. Será interesante ver una ciudad tan grande. Una ciudad que es media España en población. Tanta gente que es normal que hasta yo conozca alguien allí.
En 10 horas se llega a Cancún: el tiempo de cambiar de avión y seguimos hacia México DF. Otras 2.30 horas. ¿Me darán un premio por tanto volar?
domenica 22 maggio 2011
Recuerdos de la tierra de Tamanaco
| El uso del color hace lo precario menos triste. Eso parece. ¿Es esto vivir en una obra de arte cubista? |
| Este cartel estaba en cada esquina de una de las empresas que visité. Curioso. Frente a nuestros códigos éticos de centenares de páginas, este resulta, sin duda alguna, más gráfico y directo. |
venerdì 20 maggio 2011
...y Guaicaipuro vuela a casa como un turpial...
Aeropuerto de Maiquetia. Zona franca. Estoy en la sala fumadores del rincón VIP de la Compañía Aérea. Ya he hecho cola en la autopista para llegar. Cola para el check-in. Cola para pagar la tasa de migración (sí, hay que pagar para salir de Venezuela...bendito socialismo). Cola para pasar el detector de metales. Cola para el visado de salida...
Me merezco un cigarro. O cien. El mejor Ron Venezolano, botella numerada de edición especial, ya está en el equipaje de mano. Va por ti, mi amor, que sé que te gusta.
He dejado el hotel esta mañana para acudir a la ultima reunión. El conductor que tenía que llevarme se quedó "atrancado" en el trafico monumental que paró la autopista Cota Mil por una manifestación no prevista que el Dictador local solucionó enviando al ejercito.
Fui en taxi a la visita. Buenas instalaciones. Gente encantadora. Me escuchan. Conversamos. Hablamos del futuro del negocio y le gusta la idea que traigo. Veremos.
Abajo me espera Luis Martínez, el chofer, y está muy dolido por haber fallado. Por no haber llegado a tiempo al hotel para llevarme a la reunión. Recupera rápido y me invita a comer: "no te preocupes, Luis, vamos directos al aeropuerto, por si hay más manifestaciones". Recupera su fallo de puntualidad y me da una clase de nivel sobre la historia de Caracas, fundada en 1567...año más año menos. Hablamos de Simon Bolivar, de su idea (y gran fracaso), de la Gran Colombia. Hablamos de guerrilla. Hablamos de droga. De los problemas. Del olvido.
Entramos en lo personal y me habla de sus hijas. Su mujer. Sus amantes. Dice que aquí están las mujeres más bellas del mundo a las que no se puede resistir. Mujeres en búsqueda de la perfección, a través de retoques con silicona, ajustes odontológicos. Y de la nueva moda: quitarse un par de costillas para ser má esbeltas. "Perfectas", sentencia. Y mientras habla, pasamos por la zona de las favelas de Caracas. Saco fotos desde el coche (sí: las pondré en cuanto pueda). "Perdona, Luis, me estabas hablando de perfección"... Vaya momento, pienso. Vaya panorama. Vaya choque mental.
Dejo Caracas y no sé que sentir. Extraño. Sólo pienso en pasar los mil controles y sentarme en el avión. Tengo que digerir este pesado equipaje de emociones que tengo por dentro. Las muchas imagenes que se han grabado en mis ojos. Los perros muertos al borde de las carreteras. La pobreza extrema. Las caras. Los motoristas delincuentes. La ansiedad. Los carteles "Socialismo o Muerte". Pero tambien los colores del monte Avila y de las casitas en su falda. La vegetacion que parece quiera comerse a la ciudad. El perfume de la lluvia. La gentileza de muchos. La disponibilidad. Los tequeños...
Toda la gente a la que he conocido espera verme otra vez por aquí. Pero me dicen que, para la próxima, que sea para más tiempo. ¿Volveré?
Me merezco un cigarro. O cien. El mejor Ron Venezolano, botella numerada de edición especial, ya está en el equipaje de mano. Va por ti, mi amor, que sé que te gusta.
He dejado el hotel esta mañana para acudir a la ultima reunión. El conductor que tenía que llevarme se quedó "atrancado" en el trafico monumental que paró la autopista Cota Mil por una manifestación no prevista que el Dictador local solucionó enviando al ejercito.
Fui en taxi a la visita. Buenas instalaciones. Gente encantadora. Me escuchan. Conversamos. Hablamos del futuro del negocio y le gusta la idea que traigo. Veremos.
Abajo me espera Luis Martínez, el chofer, y está muy dolido por haber fallado. Por no haber llegado a tiempo al hotel para llevarme a la reunión. Recupera rápido y me invita a comer: "no te preocupes, Luis, vamos directos al aeropuerto, por si hay más manifestaciones". Recupera su fallo de puntualidad y me da una clase de nivel sobre la historia de Caracas, fundada en 1567...año más año menos. Hablamos de Simon Bolivar, de su idea (y gran fracaso), de la Gran Colombia. Hablamos de guerrilla. Hablamos de droga. De los problemas. Del olvido.
Entramos en lo personal y me habla de sus hijas. Su mujer. Sus amantes. Dice que aquí están las mujeres más bellas del mundo a las que no se puede resistir. Mujeres en búsqueda de la perfección, a través de retoques con silicona, ajustes odontológicos. Y de la nueva moda: quitarse un par de costillas para ser má esbeltas. "Perfectas", sentencia. Y mientras habla, pasamos por la zona de las favelas de Caracas. Saco fotos desde el coche (sí: las pondré en cuanto pueda). "Perdona, Luis, me estabas hablando de perfección"... Vaya momento, pienso. Vaya panorama. Vaya choque mental.
Dejo Caracas y no sé que sentir. Extraño. Sólo pienso en pasar los mil controles y sentarme en el avión. Tengo que digerir este pesado equipaje de emociones que tengo por dentro. Las muchas imagenes que se han grabado en mis ojos. Los perros muertos al borde de las carreteras. La pobreza extrema. Las caras. Los motoristas delincuentes. La ansiedad. Los carteles "Socialismo o Muerte". Pero tambien los colores del monte Avila y de las casitas en su falda. La vegetacion que parece quiera comerse a la ciudad. El perfume de la lluvia. La gentileza de muchos. La disponibilidad. Los tequeños...
Toda la gente a la que he conocido espera verme otra vez por aquí. Pero me dicen que, para la próxima, que sea para más tiempo. ¿Volveré?
Buongiorno Caracas
Último día en la capital venezolana. Última reunión y al aeropuerto. Tendré tiempo allí para pensar en este breve pero intenso viaje. Tendré tiempo para pensar en todo lo que he echado de menos en estos días y que pronto volveré a ver, sentir, abrazar...
giovedì 19 maggio 2011
El futuro ya no es lo que era
Frase histórica. Lo tiene todo: pasado, presente y futuro. Como la vida misma. No sé, la escuché ayer y se me quedó.
Otro día intenso. Otro día vivido en una ciudad perdida en el olvido. Pasé por las zonas más peligrosas. Sábana Grande. El centro. Una gran pena. Entran ganas de mandar aquí al ejercito suizo a hacer limpieza y poner orden. Muy triste el no poder pasear por Gran Caracas. La ciudad podria ser una belleza. El clima, las palmeras en cada esquina, los viejos edificios de colores...a un paso de rascacielos "okupados".
El taxi me dejó a doscientos metros del sitio a donde tenía que ir. Te sientes incomodo. Te gustaría ser tortuga y tener un caparazón para esconderte y protegerte. Piensas que nada puede ocurrir en tan pocos metros y luego te preguntan si estás loco... Bueno, sigo aquí. Hago experiencia. Hago vida. Hago cuentos para contar.
Hoy viví la realidad de Venezuela, con un editor local. Comí en el comedor de la empresa. Comida sencilla, pero sabrosa y digna. Luego llegó el dueño y me llevó al privè de la dirección: lujo extremo al lado de la pobreza de un comedor para empleados. Una puerta. Un límite sutil que parece nada pero que lo es todo.
Tengo una imagen en la cabeza: estaba esperando en la calle, con un cigarro en la mano, para que los de seguridad de otro editor me dejasen entrar en el edificio. Miraba los coches atrapados en un tráfico mortal. Delante mío un autobús. Ventanas bajadas. Sin puerta, simplemente. Subió un señor, 40/45 años. Mal vestido, desastrado. Se puso frente a la gente sentada. Contó una historia graciosa: le aplaudieron. El autobús se transformó en teatro improvisado. El señor bajó. Le miré y sonreí. Los aplausos y la risa de gente que no tiene otra cosa huele a grandeza humana. Ví esa grandeza, hoy. Soy un privilegiado.
Otro día intenso. Otro día vivido en una ciudad perdida en el olvido. Pasé por las zonas más peligrosas. Sábana Grande. El centro. Una gran pena. Entran ganas de mandar aquí al ejercito suizo a hacer limpieza y poner orden. Muy triste el no poder pasear por Gran Caracas. La ciudad podria ser una belleza. El clima, las palmeras en cada esquina, los viejos edificios de colores...a un paso de rascacielos "okupados".
El taxi me dejó a doscientos metros del sitio a donde tenía que ir. Te sientes incomodo. Te gustaría ser tortuga y tener un caparazón para esconderte y protegerte. Piensas que nada puede ocurrir en tan pocos metros y luego te preguntan si estás loco... Bueno, sigo aquí. Hago experiencia. Hago vida. Hago cuentos para contar.
Hoy viví la realidad de Venezuela, con un editor local. Comí en el comedor de la empresa. Comida sencilla, pero sabrosa y digna. Luego llegó el dueño y me llevó al privè de la dirección: lujo extremo al lado de la pobreza de un comedor para empleados. Una puerta. Un límite sutil que parece nada pero que lo es todo.
Tengo una imagen en la cabeza: estaba esperando en la calle, con un cigarro en la mano, para que los de seguridad de otro editor me dejasen entrar en el edificio. Miraba los coches atrapados en un tráfico mortal. Delante mío un autobús. Ventanas bajadas. Sin puerta, simplemente. Subió un señor, 40/45 años. Mal vestido, desastrado. Se puso frente a la gente sentada. Contó una historia graciosa: le aplaudieron. El autobús se transformó en teatro improvisado. El señor bajó. Le miré y sonreí. Los aplausos y la risa de gente que no tiene otra cosa huele a grandeza humana. Ví esa grandeza, hoy. Soy un privilegiado.
mercoledì 18 maggio 2011
Huyo de los gerundios...(dedicated to OC)
Primer día de trabajo en la capital venezolana. Bien. Buena gente. Día intenso. Se me seca la garganta de tanto hablar, pero, sinceramente, no me cuesta...todo lo contrario.
La ciudad es un verdadero caos. Me siento como un pez fuera del agua. De su agua tranquila. Agua estancada, últimamente. Por eso creo que todo esto es bueno. Esto no quita que soy un blanco europeo entre 8 millones de caraqueños que se buscan la vida. Una vida a 50 céntimos de euro por 50 litros de gasolina. Sí: 50 céntimos = 50 litros. Es lo que tienen, petróleo. Lo único. Han dejado a un lado el resto de la economía, del desarrollo, de todo. Bueno, les han dejado, les han obligado a vivir al margen. Un pueblo que vive al margen es un pueblo echado a perder. Al margen de una vida que podría ser "normal", tranquila. Cuando vives realidades así, tan diferentes de la tuya, te das cuenta de lo que hace un buen gobierno, un buen político, una buena organización y administración. Administración del capital, de los recursos (naturales y humanos). Venezuela es un País rico pero al borde del desastre. Una nación que podría vivir de sus fortunas. Vivir dignamente.
Bueno, hablemos de otra cosa...hablemos de...COMIDA. Hoy en Casa Churrasco. Digno de nota los Tequeños. Unos rollitos de hojaldre rellenos de queso muy parecido a mi querida mozzarella. Los tequeños son típicos de Caracas: suelen freirlos, pero resultan algo pesados. En Casa Churrasco los hacen a la brasa (único sitio en toda la capital). En cuanto tenga un ordenador de verdad pondré foto (el iPad tiene sus limitaciones, dear Mr. Steve Jobs). Luego carne, mucha carne. Unos chorricitos que eran verdadera poesía para el paladar. Y un buen chuletón. Pedí la carne casi cruda, como le gusta al mastín leonés. "Así se come", dice. Y tiene razón, una vez más. Salsitas: dos. La primera era una especie de chimichurri argentino, más picante, quizás. La otra se parecía a un guacamole ligeramente más suelto que el tradicional y seguramente más alegre. Y, por fin, las "papas" locales acompañaron a la sinfonía de proteínas. Todo fibra. Parecidas a las nuestras por el color pero más dulces y con textura parecida a las...castañas. Sí, raro. Pero más sabroso que una simple patata cocida. Simple y, a pensarlo, un poco triste. "Triste como una patata hervida"...pega.
Más reuniones por la tarde. Más tráfico para volver al hotel. El cansancio me hace olvidar por un rato la inseguridad que sientes en la piel, cruzando estas calles. Esta ciudad. Llueve. Mucho. Y más agua llega a los barrios de las "gradas" de Caracas. Una ciudad aplastada entre la jungla tropical y el monte Avila: una barrera natural entre la ciudad y el Atlántico. No debería haber barreras entre el hombre y el mar... Siempre y cuando no haya una central nuclear y riesgo sísmico en la zona, claro.
Mientras tanto el barman del hotel me sirve la cerveza de la tarde. Nada de Light hoy. Empezamos a conectar. Me trae unos pinchos variados. Buen tío, empiezo a tenerte cariño...
La ciudad es un verdadero caos. Me siento como un pez fuera del agua. De su agua tranquila. Agua estancada, últimamente. Por eso creo que todo esto es bueno. Esto no quita que soy un blanco europeo entre 8 millones de caraqueños que se buscan la vida. Una vida a 50 céntimos de euro por 50 litros de gasolina. Sí: 50 céntimos = 50 litros. Es lo que tienen, petróleo. Lo único. Han dejado a un lado el resto de la economía, del desarrollo, de todo. Bueno, les han dejado, les han obligado a vivir al margen. Un pueblo que vive al margen es un pueblo echado a perder. Al margen de una vida que podría ser "normal", tranquila. Cuando vives realidades así, tan diferentes de la tuya, te das cuenta de lo que hace un buen gobierno, un buen político, una buena organización y administración. Administración del capital, de los recursos (naturales y humanos). Venezuela es un País rico pero al borde del desastre. Una nación que podría vivir de sus fortunas. Vivir dignamente.
Bueno, hablemos de otra cosa...hablemos de...COMIDA. Hoy en Casa Churrasco. Digno de nota los Tequeños. Unos rollitos de hojaldre rellenos de queso muy parecido a mi querida mozzarella. Los tequeños son típicos de Caracas: suelen freirlos, pero resultan algo pesados. En Casa Churrasco los hacen a la brasa (único sitio en toda la capital). En cuanto tenga un ordenador de verdad pondré foto (el iPad tiene sus limitaciones, dear Mr. Steve Jobs). Luego carne, mucha carne. Unos chorricitos que eran verdadera poesía para el paladar. Y un buen chuletón. Pedí la carne casi cruda, como le gusta al mastín leonés. "Así se come", dice. Y tiene razón, una vez más. Salsitas: dos. La primera era una especie de chimichurri argentino, más picante, quizás. La otra se parecía a un guacamole ligeramente más suelto que el tradicional y seguramente más alegre. Y, por fin, las "papas" locales acompañaron a la sinfonía de proteínas. Todo fibra. Parecidas a las nuestras por el color pero más dulces y con textura parecida a las...castañas. Sí, raro. Pero más sabroso que una simple patata cocida. Simple y, a pensarlo, un poco triste. "Triste como una patata hervida"...pega.
Más reuniones por la tarde. Más tráfico para volver al hotel. El cansancio me hace olvidar por un rato la inseguridad que sientes en la piel, cruzando estas calles. Esta ciudad. Llueve. Mucho. Y más agua llega a los barrios de las "gradas" de Caracas. Una ciudad aplastada entre la jungla tropical y el monte Avila: una barrera natural entre la ciudad y el Atlántico. No debería haber barreras entre el hombre y el mar... Siempre y cuando no haya una central nuclear y riesgo sísmico en la zona, claro.
Mientras tanto el barman del hotel me sirve la cerveza de la tarde. Nada de Light hoy. Empezamos a conectar. Me trae unos pinchos variados. Buen tío, empiezo a tenerte cariño...
martedì 17 maggio 2011
Rose rosse per te
En el bar del Hotel Lido de Caracas. El "piano man" de la sala toca las notas de la vieja canción de Massimo Ranieri. Notas napolitanas en mi primera noche venezolana. Divertido. Poca gente tomando aperitivos antes de la cena. Yo he pedido una cerveza. El barman me ha traído una "Solera Light"...¿Acaso me ves gordo, chico? ¿Qué es esto de "light"? Bueno, tampoco es el caso de ponernos especialitos. Me la tomo de un trago, casi. Pido otra.
Viniendo desde el aeropuerto he podido ver bien poco de la ciudad. Hay pueblos "satellite" en los alrededores de la ciudad. Casas construidas en la selva. Ya se hacia de noche y sólo se veían luces. Luces en la oscuridad de un país con problemas. El conductor que me lleva al hotel me da una clase magistral sobre los problemas de su tierra. El petróleo. El gobierno. La criminalidad. La violencia...me dice que las cosas van a peor. Antes se leía de muertos en la calle con dos balas en la cabeza. Ahora mueren por 15, 20 disparos. "Algo está cambiando" dice. Evidentemente miden el cambio social por el numero de balas que se meten los unos a los otros.
Llegando al hotel pasamos por zonas bastante pobres. Sucias. Con mala pinta. El tráfico me recuerda Nápoles, así que el impacto en mi mente es nulo. Recuerdo a papá cuando decía que si aprendes a conducir en Nápoles puedes conducir en todo el mundo. Era cierto. la zona del Hotel no está mal. Se nota por los restaurantes y los bares que he podido ver desde la ventanilla oscura del coche. Y los hoteles, claro. Gente por la calle no hay. Esa no. Y es una pena porque la temperatura es ideal. Quizás demasiado húmedo. Pero me gusta, el calor.
Ahora a cenar en la planta 15. Algo "light", por si acaso...
Viniendo desde el aeropuerto he podido ver bien poco de la ciudad. Hay pueblos "satellite" en los alrededores de la ciudad. Casas construidas en la selva. Ya se hacia de noche y sólo se veían luces. Luces en la oscuridad de un país con problemas. El conductor que me lleva al hotel me da una clase magistral sobre los problemas de su tierra. El petróleo. El gobierno. La criminalidad. La violencia...me dice que las cosas van a peor. Antes se leía de muertos en la calle con dos balas en la cabeza. Ahora mueren por 15, 20 disparos. "Algo está cambiando" dice. Evidentemente miden el cambio social por el numero de balas que se meten los unos a los otros.
Llegando al hotel pasamos por zonas bastante pobres. Sucias. Con mala pinta. El tráfico me recuerda Nápoles, así que el impacto en mi mente es nulo. Recuerdo a papá cuando decía que si aprendes a conducir en Nápoles puedes conducir en todo el mundo. Era cierto. la zona del Hotel no está mal. Se nota por los restaurantes y los bares que he podido ver desde la ventanilla oscura del coche. Y los hoteles, claro. Gente por la calle no hay. Esa no. Y es una pena porque la temperatura es ideal. Quizás demasiado húmedo. Pero me gusta, el calor.
Ahora a cenar en la planta 15. Algo "light", por si acaso...
Listo para el despegue
Sala Cibeles de la T1. Un Campari Orange se enfría con dos cubitos de hielo en un vaso barato de Ikea. La sala es grande y la gente que pasa por aquí va y viene de todo el mundo. Estoy en pleno cruce social, humano, religioso. Interesante estudio sociológico podría llevarse a cabo en un sitio como este. Hay pocas parejas y las pocas que hay no se hablan. Mucha gente viajando sola. Está claro que el mejor compañero de viaje es el móvil: no te pide que le traigas un refresco y no hay que esperarle porque NO va a al cuarto de baño. Y si va, va contigo. Tampoco tienes que llevarle maletas, maletines, necessaires, etc.
Vuelvo a echar un vistazo a las almas perdidas en este aeropuerto. Me encantan los que se duermen, hay unos pocos aquí. Cabezas hacia atrás. Bocas abiertas (será el estupor por quedarse dormidos). Posturas impensables...para lo que da de si una silla.
Dentro de poco embarcamos. Y en unas diez horas...¡al otro lado!
Vuelvo a echar un vistazo a las almas perdidas en este aeropuerto. Me encantan los que se duermen, hay unos pocos aquí. Cabezas hacia atrás. Bocas abiertas (será el estupor por quedarse dormidos). Posturas impensables...para lo que da de si una silla.
Dentro de poco embarcamos. Y en unas diez horas...¡al otro lado!
Maletas en la mano.
Casi listo. Maleta, maletín, tarjetas de visita, ordenador, iPad, iPhone, iPod...parezco un representante de Apple. Me esperan 10 horas de vuelo: destino Caracas. Previsiones del tiempo: pésimo toda la semana, relámpagos, tormentas, etc. Es que cuando uno tiene suerte...
Me han contado tantas cosas de la ciudad que no sé qué esperarme: ¿guerrillas urbanas? ¿secuestros y robos en pleno día y a la vista de todos? Mi abuela de 84 años, que estuvo allí, me dice que la ciudad es un pelín peligrosa y que tenga cuidado... ¿Soy más blando que mi abuela????? Dios...¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué raza!
Me han contado tantas cosas de la ciudad que no sé qué esperarme: ¿guerrillas urbanas? ¿secuestros y robos en pleno día y a la vista de todos? Mi abuela de 84 años, que estuvo allí, me dice que la ciudad es un pelín peligrosa y que tenga cuidado... ¿Soy más blando que mi abuela????? Dios...¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué raza!
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