giovedì 23 giugno 2011

Entre montañas, a un paso de las nubes, con Oriana Fallaci.

En Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar. Llegué el martes noche después de una rapidísima parada en el calor, la humedad y la calma de Miami (sí, sí: me dió tiempo a comer un par de croissant en el Chocolate Fashon de Andalusia Ave.).
Bogotá es fascinante: una ciudad inmensa, que las montañas andinas cierran en un verde abrazo circular. Las calles son una contínua bajada y subida: una especie de San Francisco latinoamericana. Lo increíble es ver la montaña al final de la calle. De cualquier calle que cruce la ciudad. Lo que sorprende es como toda la gente española que he conocido en estos días se haya sentido a gusto en esta metrópoli...tanto como para quedarse. A mi me ha pasado lo mismo: me he sentido a gusto. Desde el mismísimo aterrizaje: el departamento de migración es el más rápido y lleno de empleados que he visto desde que he empezado a viajar por el mundo. Una fila inmensa se ha deshecho en pocos minutos gracias a la profesional rapidez de los agentes. Nada más salir del aeropuerto te das cuenta que esa sensación de orden se ha quedado en el timbre que me han puesto en el pasaporte: centenares de personas esperaban a la salida a sus parientes, amigos, etc. todos encima los unos de los otros, sin posibilidad de dejar salir a nadie. Policías armados con perros antidroga patrullaban entre los que salíamos y los que esperaban (me pregunto porqué no buscan en la selva...que a lo mejor encuentran más "talco millonario").
Cojo un taxi (un milagro que arranque: parece hecho de mazapán), y voy hacia el hotel que NO tenía mi reserva...bien. En Bogotá. Es de noche. No tengo hotel. Bienvenido a Colombia, joven.
Llega a salvarme SH. Nuestra colaboradora, una periodista, una espléndida persona. Buscamos hotel y lo encontamos (al 4º intento). Vamos a cenar al Armadillo, justo en frente. Hablamos de mi corta experiencia en latinoamérica y de su larga permanencia por estas tierras. Me fascinan sus relatos. Me fascina lo que ha visto, vivido, escrito. Le digo que me recuerda a Oriana Fallaci, hablamos de ella. SH será mi Oriana Fallaci personal. Está decidido.

Los dos días siguientes han sido reuniones, reuniones y reuniones. Estudio Bogotá desde las ventanillas de los taxis que me llevan de un sitio a otro. La temperatura es ideal: entre 15 y 20 grados. Estamos en invierno, pero, como dicen aquí, "si no te gusta el tiempo, espera 5 minutos". Es cierto: pasas de una lluvia invernal a un cálido sol en 5 minutos. Y muchas veces al día. Esta suerte no la tienen mis amigos peruanos, que durante el invierno están escondidos debajo de nubes grises e inmuebles.

La ciudad es una mezcla interesante de zonas ricas y pobres a pocos metros las unas de las otras. En la calle hay de todo: gente encorbatada y mendigos. Todos paseando. Al lado los unos de los otros. Puedes ver a un Mercedes al lado de una "zorra" (una carreta tirada por un viejo caballo andino).

Espero poder tener el tiempo, mañana por la tarde, de escaparme al Museo del Oro y el Museo Botero: dos etapas imprescindibles, me dicen.

Bogotá es una ciudad que es todo contraste. Una ciudad que da buenas "vibraciones". Una ciudad que ha sido "robada" de la selva a su alrededor y que parece estar lista para reconquistarla de un momento a otro...

Lo que sigo sin entender es el porque haya que leer titulares como el que esta misma mañana aparecía en todos los periódicos locales: "Mueren asesinadas dos niñas menores de edad en Bogotá Capital". Esas dos niñas se suman a las más de 1.000 que cada año mueren "sin un motivo". Me pregunto por qué en estos paises la vida de un ser humano no vale absolutamente nada...

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