venerdì 17 giugno 2011

Percy B. Shelley y los gallinazos de Humala

Ha pasado casi una semana desde mi vuelta a España. Lima queda atrás. O, mejor, queda dentro. Dentro de esa maleta de recuerdos, archivo de postales imaginarias, que estoy coleccionando poco a poco. Los sitios quedan dentro de cada uno. Como las personas con las que nos cruzamos y que nos dejan algo: una sensación, una imagen, un sentimiento. ¿De todo esto va la "experiencia"? Parece que sí.
Pensaba poder escribir los últimos apuntes de viaje sobre Perú en el avión de vuelta, pero el cansancio pudo conmigo. Así que lo haré ahora, aunque no es lo mismo: escribir durante la permanencia en esos lugares, para mi desconocidos, lleva la "frescura" del momento, de ciertos estados de ánimo que todo lo que veo, vivo y siento suscita en ese instante exacto y que lo hace tan especial. Vuelve a mi memoria lo que escribió Shelley en defensa de la poesía. Decía que el razonamiento se puede ejercitar por determinación de la voluntad. Otra cosa es la poesía, algo que nace por dentro, algo que nace por inspiración, algo profético. Según Shelley, cuando el poeta empieza a escribir, negro sobre blanco, la inspiración está ya desvaneciendo: la poesía más grande jamás comunicada puede que sea sólo la débil sombra de la concepción originaria del poeta. Bueno, estoy de acuerdo con él...siempre lo he estado. Creo que lo mismo pasa con los relatos. También con los más sencillos como los que componen este humilde diario.
Será porque me pasa lo mismo. Porque en esos instantes hay algo que me impacta y despierta. Algo que sorprende. Cuando ya ha pasado tiempo, ese "algo sorprendente" ya es experiencia. Ya está asimilado, digerido. El tiempo enfría las cosas, les quita esa fuerza espontánea.
Lima ha merecido la pena. Siempre merece la pena conocer lo desconocido. Amplío mi perspectiva sobre diferentes realidades, sobre la vida, y eso es bueno.
Esos días en la capital peruana han sido intensos. Todo empezó de la mejor manera: cenando en el restaurante de Huaca Pucllana. No sé por qué, pero empezar a conocer una cultura por su gastronomía, a parte de ser extremadamente placentero, me parece un buen "abordaje". Se entienden muchas cosas. La noche en Pucllana (barrio Miraflores), era estupenda (difícil encontrar un marco más bonito, justo al lado de las pirámides construidas por la cultura Lima entre el 200 y 700 d.C.), con un trocito de cielo despejado (un verdadero regalo en esta época): a lo largo del día se vive debajo de la "panza de burro", un cielo gris que difícilmente abandona a la ciudad en los meses de otoño e invierno., es decir, ahora mismo (lo que tiene el cielo gris es que hace perder totalmente el sentido de orientación: no hay manera de saber por dónde quedan Oriente y Occidente). 
Los diferentes platos que probé reflejan el estado actual de Perú: un origen pobre, sencillo, primordial, casi, pero con elaboraciones de las más modernas y refinadas. Es lo antiguo que se renueva y se hace actual para sorprender. Es el ceviche, por ejemplo, nacido en los barcos pesqueros que sólo podían cargar con limes que servían para cocinar, dejando a remojo en su jugo el pescado recién sacado del agua y así poder comer y sobrevivir tantos días en alta mar, que sorprende ahora por sus perfumes, aromas y especias añadidas y servido en platos de diseño. 
Lima es la plaza de las Armas, donde encuentran cabida la sede del Ayuntamiento, el Palacio del Gobierno y la Catedral. Justo encima de la Catedral volaban grandes pájaros negros. Me comentan que son los "gallinazos" andinos, unos buitres basureros que llegan a tener hasta 1,80 metros de envergadura. Verdaderamente feos. Me comenta una persona a la que pregunté por ese ave, que suelen traer mala suerte allí donde se posan. Bueno, si así es, el Comandante Humala, nuevo Presidente recién elegido, tendría que sentirse bastante afortunado: todos los gallinazos de la plaza estaban encima de la Catedral. Palacio del Gobierno despejado. 
Siempre recordaré Lima por su olor a mar, por la noche en el restaurante Cala, consumiendo cigarrillos al ritmo de las olas del Pacífico. Por la calle Cantuarias, llena de tiendas de instrumentos musicales, justo al lado del Hotel Casa Andina. Por el hukulele que compré y que ya forma parte de mi colección de "cuerdas" y por la zampoña andina que me regaló el dueño de la tienda, Edmundo Cortez Rumay. Por la dulce mirada de una niña de 4 ó 5 años que cayó dormida en los brazos de su padre en esa especie de furgoneta-autobús, repleta de gente. Por el camarero Juan, que después del primer desayuno en el hotel, ya me llamaba por nombre y me traía ese espresso italiano, como a mi me gusta, sin necesidad de pedirlo. Por las sonrisas que regalaban los "botones" del hotel en cada momento. Y, como siempre desde que viajo por Latinoamérica, por la gentileza extrema, de todas y cada una de las personas que conozco por esas tierras. 

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