Las dos de la tarde en Bogotá. He terminado con mi maratón de charlas, reuniones, encuentros... Tengo la tarde para mi. Para la ciudad, más bien. Como en el restaurante Harry, referencia en Bogotá. "Señorita, para comer. Yo solo, por favor". La colombiana me indica una mesa justo en el medio de la sala. "No gracias, ¿no sería posible comer en la barra?". Vamos, que ya comer sólo no es lo mejor, si encima me pone en el centro del mundo y de las miradas...
Me siento y me reciben con un cuarto de mozzarella, aceite y pimienta... Señores, soy italiano: la mozzarella en Bogotá no, NO. Hay veces que la globalización te machaca las expectativas y la ilusión. Maldita globalización. Pienso en la llanura de la provincia de Salerno, en el soleado y cálido sur de Italia...allí donde las búfalas viven tranquilas y felices, con la mirada fija y serena a cada pasar de trenes. Pienso en cuando iba con mis abuelos a comprar las pequeñas, recién elaboradas "mozzarelline alla panna": síntesis de perfección láctea. Y comerlas de un bocado, para poder romper esa esférica armonía en la boca sin derrochar ni una sola gota valiosa de esa leche de búfala.
Sentado en la barra, pido langostinos en sartén, salteados con ajo y mantequilla. Sigo con un centro de lomo poco hecho con salsa a la pimienta. Todo muy bien. Y dos cervezas Gran Colombia heladas. Lo bueno de comer solo es la atención extrema por parte del personal. Todos se ocupan de mi. Me miman y llenan esa sensación de soledad (más que sensación, realidad). Pido un café. Simplemente excelente (estamos en Colombia, uno de los mayores productores mundiales...). Me traen almendras con chocolate, regalo de la casa. Gracias señores, un gusto.
Voy al hotel: el cansancio puede conmigo. Entre eso y los 2.600 metros de altitud, el dolor de cabeza no me deja ni un segundo. Ibuprofeno y siesta.
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