Ceno en El Mirasol. Sugerencia, acertada, de ES. Puede que sea el único cliente del restaurante que pide un Merlot y no un Malbec. Me encanta el Merlot: variedad prácticamente inexistente en España. Una botella de Rutini del 2006 acompaña la clásica empanada de carne y media entraña a la parrilla (por cierto, el chimichurri de aquí es otra cosa...y la parrilla también). Pienso en MF, el "parrillero sin fronteras" de Arganda...otro gran amigo. De postre pido una mousse casera de chocolate.
Empiezo a encontrar graciosa la mirada de la gente cuando entro en el local y pido una mesa para mi solo. No es nada divertido cenar o comer solo. Nada. Pero el secreto está en superar los primeros minutos y aguantar la mirada de la gente ya sentada en sus mesas.
Me ayuda mucho haber estudiado sociología. Más bien, me ayuda el interés por el comportamiento de las personas. Me fascina. Imagino historias. Mi fantasía se desata. La fantasía es el antídoto contra el aburrimiento y la soledad. Estudio cada mesa: están los americanos de al lado que ni se hablan. Cruzan palabras cada 5 minutos sin mirarse a los ojos. Él parece un jugador de fútbol americano. Una especie de armario con piernas y brazos y un cuello que es como una columna dórica: no me gustaría nada pelearme con este tipo. Me pregunto por qué sale a cenar con su esposa. Quizás porque el ruido de fondo de un restaurante llena los tremendos silencios que deshacen una pareja desde dentro, desde el alma. Más allá está una mesa con 11 amigos...¿Compañeros de billar, poker, caza...? Edad entre los 40 y 50: piden al camarero sacar una foto de recuerdo. Noche memorable. Noche de amigos, pienso. No parece que estén celebrando nada...o sí: simplemente celebran la amistad.
Una mesa con dos hombres de negocio franceses...snob. Antipáticos. No sé qué tienen los franceses, pero nunca me han caído muy bien. Muchas mesas con familias, parejas marido/mujer sobre los 40/50 años. Pocos jóvenes. Sigue entrando gente: cada vez que se libera una mesa, la llenan enseguida. Me fijo definitivamente en una mesa con padre, madre e hija de unos 16 años. A unos diez metros de mi Merlot. La señora rompe a llorar, pero de manera muy discreta. Cruzamos las miradas y se seca las lagrimas mientras dirige una sonrisa forzosa hacia mi. Probablemente mi mirada ha sido poco oportuna, pero recambio con una sonrisa de circunstancia. No me gusta ver la gente llorar. Ni la hija ni el marido han movido un músculo...qué extraño: ni un solo gesto. Cada lágrima debería provocar una reacción. Pero no fue así. No aquí, no esta noche en el restaurante El Mirasol. A los pocos minutos se levantan. Ella es la última. Antes de salir se da la vuelta y, otra vez, encuentra mi sonrisa. Lo siento, pienso.
Nadie debería llorar esta noche (mi amor...ya sabes).
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