domenica 10 luglio 2011

Atrapado en Buenos Aires

Jack (Daniel's) y una cerveza "India Pale Ale" del Buller acompañan la noche del olvido argentino. Las cenizas del volcán chileno Puyehue dejan los aviones de Buenos Aires en tierra. Tarde perdida en el aeropuerto Ezeiza (Pellegrini). Horas perdidas (otra vez)...pienso en Bogotá, hace poco. De la eterna espera antes de llegar a Miami. Esta vez es diferente: esto no es eterno, es definitivo. No se vuela. Se cancela el LAN 456 con destino a Santiago. Y, encima, la compañía aérea dice que nos busquemos la vida. Que ellos no nos van a poner en otro avión. Que no hay "otros aviones". Que reservemos para los próximos días y...a ver si despegamos. Cancelo las reuniones. Reservo otro hotel para esta noche argentina (cuando llego, por cierto, me dicen que no tienen sitio, que el sistema on line les está fallando y que no: no tienen una habitación...así que llevo mis maletas de paseo por Recoleta y encuentro otro sitio donde pasar la noche), y un autobús que me lleve a Chile mañana por la tarde. 18 horas de carretera: una broma. Pero es la única manera segura de poder llegar (siempre que no haya demasiada nieve en los Andes, claro...estamos en julio: ¡pleno invierno!). Digamos que no es la mejor noche de mi vida (EP...lo que te necesito ahora y encima...ya sabes): no tengo ganas de pensar. Voy al Clarks: en las paredes hay fotos de los Reyes de España, de Borges, comiendo chorizos, entrañas, chinchulines, mollejas y vacío recién sacados de la parrilla del Maestro.
Pienso en esta ciudad. Es lo que me apetece ahora (si pensara en otra cosa, probablemente, la depresión me cogería entre sus brazos...y no puedo permitirlo puesto que me encuentro a muchos miles de kilómetros de todo lo que verdaderamente me hace feliz). Han sido días de sol en Buenos Aires. El abrigo era -casi- inútil. Espléndidos bosques de Palermo (el "Central Park" de Baires), con sus estatuas y monumentos; el café Las Violetas (con JII, otro gran periodista), en Rivadavia esquina con Medrano, poco conocido por los turistas. La pizza de "El Fortín" con José. La Cabaña Las Lilas y su buen público y ambiente (los nuevos ricos de Puertomadero). Los cafés de Ciro, bar en la periferia (nos invita esta mañana a 3 ó 4: soy de Nápoles, "paisá"). Con Ciro hablamos de las canciones de Massimo Ranieri, de Mario Mérola, del bar Marino, del arte extremadamente complicado de hacer sencillamente un buen café. El señor, de unos 60 años, tiene una sonrisa maravillosa, de las que transmiten serenidad y alegría. Tiene ganas de hablar en italiano. Yo también. En Argentina un italiano se encuentra a gusto. Más si es del sur, como yo. José, taxista amigo, me presenta a todos y presume de mi...soy un italiano doc y amigo suyo. Soy italiano de verdad: esos son muchos puntos, ¡compañero!
Moraleja: Buenos Aires no puede no gustar. Sobretodo a los que venimos desde la bota del viejo mundo.
Vuelvo a mi habitación: mañana hay que cruzar la frontera como sea (o renunciar y comer otro asado).

(Dedicated to Ernesto, Marcelo y Carlos..."mis" argentinos). 

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