Llego a Santiago 24 horas después de lo previsto. Finalmente, un viejo Boeing de Aerolíneas Argentinas ha podido despegar desde el Aeroparque de Buenos Aires (el aeropuerto "chico" de la ciudad, para vuelos internos). Los primeros vuelos de la mañana también fueron cancelados por el problema de las cenizas del volcán chileno. Suerte que cogí un billete para un vuelo a una hora decente (tenía que despegar a las 10.05 hs. aunque lo hizo sobre las 12.30). El aeropuerto estaba totalmente tomado por el caos. El panorama: falta de información, pasajeros que llevan días (sí, días), sin saber cuándo y cómo volver a su casa, cámaras de televisión que graban cada historia, policías antidisturbios que pasean entre maletas y niños dormidos en el suelo abrazados a sus padres.
Cojo el avión de milagro: nadie, de los que estamos allí esperando noticias, se entera de que el AR 1248, que en los monitores sigue estando como "DELAYED", está embarcando. Subo corriendo al Gate 13A. Paso el control de migración como un relámpago (digo, todo preocupado, que "mi avión está embarcando y que lo voy a perder"...todo el mundo me mira como si estuviera loco; es poco creíble, vista la situación: han despegado 2 aviones en tres días...vamos, como para perder tu vuelo). Me escapo de Buenos Aires. De Gardel, del tango, de Maradona omnipresente, de los colores de las casas del barrio Boca (me cuentan que eran tan pobres que pedían botes de pintura a los barcos que pasaban por allí...por eso cada una tiene un color diferente). Dejo el mercadillo que ponen los domingos en la plaza justo en frente del cementerio de Recoleta, dejo la alegría de la gente en la calle, dejo las tiendas de Palermo Soho, dejo las parrillas cargadas de bife, entrañas, chinchulínes, vacíos..pero volveré. Lo prometo.
Santiago de Chile me recibe con mucho más frío: aquí el abrigo sí es necesario y la bufanda también (sabiamente me acompañó en este viaje). Pero tengo suerte, estamos entre 5 y 10 grados: la semana pasada llegaron a -7/8 bajo cero. Voy al Hotel Plaza San Francisco, en la Alameda. Buen hotel (se agradece después de los días pasados en Buenos Aires, en la mini habitación frente al obelisco en memoria del 9 de julio, día de la liberación argentina).
Estoy en el centro de Santiago: aprovecho de las ultimas horas de una tarde de sol para dar un paseo. Me quedo parado frente a la Moneda, Palacio del Gobierno, mirando la inmensa bandera nacional que está plantada al centro de la plaza. Pienso en la de España de plaza Colón...¿Qué les pasa a los hispanos con las banderas? ¿Juegan a quién la tiene más grande?
Paseo por las calles del centro. Llego hasta la hermosa Plaza de Armas. Saco fotos y me siento en un banquillo. Un pequeño grupo de perros callejeros me mira. Se ponen a mi lado tres o cuatro. Se tumban. No me molestan. Pienso que quizás soy yo el que está molestando. Quizás ese banquillo es territorio de alguno de ellos. La verdad es que durante unos minutos nos hacemos compañía. Parezco un homeless...bueno, es que ahora lo soy un poco, en sentido literal: "sin casa". Un homeless afortunado: duermo en hoteles decentes con agua caliente y servicios aceptables.
Esto de los perros callejeros lo voy viendo por toda la ciudad, sobretodo en el centro. Está lleno. Muchos. Muchísimos. Grandes. Tranquilos y perdidos. Son los dueños de la ciudad. Viven libres. Su única preocupación es sobrevivir (al hambre y a los coches). Pienso en Otto, mi cocker. Probablemente no sobreviviría ni dos días aquí. Perro de lujo. Perro de casa. Perro de sofá. Gran compañero. Viejo amigo. Único e insustituible (te veré pronto...).
Paseo tranquilamente. Las calles son seguras. Llenas de gente que entra y sale de las tiendas. Pequeños centros comerciales. Falabella. París. Tiendas de todo tipo. Me gusta. Paro en el Café Caribe. Entro después de haber visto el cartel "aquí el fumador está bien visto". Hay dos barras: la primera está custodiada por 4 ó 5 mujeres sobre los 45/50 años. Intentan tener un look "sexy" pero el resultado es decididamente escuálido y triste. Detrás de ellas otra barra: allí los "barmen" (hay tres), preparan los cafés que ellas sirven a la clientela nacida en los años '40. Saco un cigarrillo y rápidamente una de las señoras me ofrece fuego. Enciendo, sonrío educadamente. Dejo 100 pesos de propina y me marcho: terminaré el cigarro fuera, gracias.
El centro de Santiago es muy bonito. Edificios "europeos", como el de la Bolsa de Comercio, por ejemplo.
Al día siguiente empiezo con las reuniones. Cojo un taxi y voy hacia el norte de la ciudad. Avenida Bosque Norte. Me voy acercando al barrio financiero y la cosa cambia (hasta paso al lado de un campo de golf en el medio de los edificios). Podría estar en cualquier ciudad de Norteamérica por la cantidad de rascacielos. ¡Qué esplendor! Se nota el dinero. Ahora veo al País que está creciendo a ritmos de un 7-8%/año. Calles limpias. Todo está muy cuidado. Paso al lado del Costanera Center, el edificio más alto de todo Latinoamérica, aun en construcción. Entre hoteles de 400 y 500 dólares por noche. Entre edificios donde sería muy bonito alquilar un apartamento con vista a la Cordillera, cargada de nieve en esta época.
Una vez más me encuentro con grandes contrastes (como en todos estos viajes a América del Sur). Paseo por uno de los barrios más bonitos que haya visto nunca...a unas pocas cuadras de los perros callejeros de la plaza de Armas. La frialdad de altísimos rascacielos de cristal, donde se refleja la cálida mirada de un perro sin nombre: esto es Santiago de Chile. Esto es Latinoamérica y su lucha. La lucha para borrar y olvidarse de esos perros, para "plantar" cada día edificios más altos. ¿Merecerá la pena?
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