Terminados los dos días de convención, tengo dos horas libres antes que tener que ir corriendo al aeropuerto de Los Ángeles para volver a casa. Saco mi iPhone y busco en Google una tienda de guitarras cerca del hotel. Tengo suerte: Truetone Music, en el 714 de Santa Monica Boulevard, está a 20 minutos andando. Entro y me encuentro paredes repletas de joyas. Me fijo en una Gibson Firebird del '74...27.000 $. El encargado me dice que puede llegar a hacerme hasta un 30% de descuento si pago en cash y me la llevo. Sonrío. La enchufo en un Marshall de 100 watios y en los 15 minutos siguientes repito todos los grandes riffs rockeros que me sé de memoria y que "dan el pego". Parezco un gran entendido y un guitarrista con cierta experiencia. 15 minutos, no más. Salgo de la tienda, enciendo un Marlboro Light y me quedo mirando al escaparate. El encargado está colgando otra vez la vieja Firebird a la pared, entre jóvenes guitarras de nueva producción. Me gustaría saber por cuántas manos ha pasado, sin defraudar a nadie, nunca. En ese instante veo reflejado en el cristal un tipo, un "homeless" negro de dos metros, que está pasando detrás de mi y simula el gesto de pegarme un tiro en la cabeza. Me doy la vuelta y le sigo con la mirada...lo hace con toda la gente que se cruza por su camino. El tipo es bastante anti-social...deja a sus espaldas cantidad de cadáveres imaginarios. Lleva botas militares y pantalones del ejercito. Está en mal estado. Lleva un abrigo azul que quizás un tiempo fue de su talla...pero que al llevarlo ahora, parece habérselo robado a un luchador de Sumo. Me doy cuenta de que la ciudad está llena de gente que vive en la calle. De los que van con carritos del supermercado hasta arriba de bolsas de plástico llenas de...llenas de su vida, de lo que encuentran. La crisis inmobiliaria de los últimos años en Estados Unidos ha dejado a mucha gente en la calle. Hipotecas que no han podido ser pagadas, han sido ejecutadas por los bancos y ese mismo papel, que antes representaba un sueño, un hogar, ha sido el billete de entrada a la vida más dura, sin techo ni recursos. Sigo mi paseo: estoy en Santa Mónica, lo mejor de la ciudad angelical, pero que no deja de reflejar las grandes contradicciones de la sociedad americana. Estoy a un paso de la 3rd Street, la calle comercial con todos los escaparates de lujo. Sólo en esta calle no se ven los sin-techo. Aquí todo parece perfecto. Aquí nadie recoge del suelo lo que queda de unos cigarrillos fumados deprisa, de los que aún pueden ofrecer dos o tres caladas de vicio.
Me meto en un Yankee Doodles y pido una Monster Burger sentado en la barra. No me fijo mucho en el peso en libras de la hamburguesa y tampoco en la mirada sorprendida de la camarera. A los 10 minutos (y con media pinta de mi Sam Adams helada ya en el cuerpo), me llega una hamburguesa grande como un plato. Se podría comer tranquilamente entre cuatro personas. Me echo a reír como un cretino...esto es lo que pasa cuando, simplemente, no sabes. Miro a la camarera y le digo que no es posible...que ni mi hermano de 150 kilos podría terminar algo así. Ella, muy educadamente, me dice que las Monster Burger son famosas, que todo el mundo las conoce y que pensaba, simplemente, que tenía mucho hambre...me trae un tupper, pero le explico que en tres horas embarco para ir a Madrid y seguramente no sería bien visto por los agentes en la aduana...sonríe y, cuando me despido, me desea un buen viaje. Thank you for the unforgettable gastronomic experience. See you...
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