Frase histórica. Lo tiene todo: pasado, presente y futuro. Como la vida misma. No sé, la escuché ayer y se me quedó.
Otro día intenso. Otro día vivido en una ciudad perdida en el olvido. Pasé por las zonas más peligrosas. Sábana Grande. El centro. Una gran pena. Entran ganas de mandar aquí al ejercito suizo a hacer limpieza y poner orden. Muy triste el no poder pasear por Gran Caracas. La ciudad podria ser una belleza. El clima, las palmeras en cada esquina, los viejos edificios de colores...a un paso de rascacielos "okupados".
El taxi me dejó a doscientos metros del sitio a donde tenía que ir. Te sientes incomodo. Te gustaría ser tortuga y tener un caparazón para esconderte y protegerte. Piensas que nada puede ocurrir en tan pocos metros y luego te preguntan si estás loco... Bueno, sigo aquí. Hago experiencia. Hago vida. Hago cuentos para contar.
Hoy viví la realidad de Venezuela, con un editor local. Comí en el comedor de la empresa. Comida sencilla, pero sabrosa y digna. Luego llegó el dueño y me llevó al privè de la dirección: lujo extremo al lado de la pobreza de un comedor para empleados. Una puerta. Un límite sutil que parece nada pero que lo es todo.
Tengo una imagen en la cabeza: estaba esperando en la calle, con un cigarro en la mano, para que los de seguridad de otro editor me dejasen entrar en el edificio. Miraba los coches atrapados en un tráfico mortal. Delante mío un autobús. Ventanas bajadas. Sin puerta, simplemente. Subió un señor, 40/45 años. Mal vestido, desastrado. Se puso frente a la gente sentada. Contó una historia graciosa: le aplaudieron. El autobús se transformó en teatro improvisado. El señor bajó. Le miré y sonreí. Los aplausos y la risa de gente que no tiene otra cosa huele a grandeza humana. Ví esa grandeza, hoy. Soy un privilegiado.
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