mercoledì 25 maggio 2011

Desde el aterrizaje fallido al colibrí de México DF

Las 21.40. Estoy en la azotea del Hotel Condesa DF, Colonia Condesa de México DF, zona cool. Tomo in mojito que es puro arte alcohólico del maestro barman del lugar. Hay música chill out. Muy buen ambiente, aunque la poca luz del sitio no permite poder observar mucho. La temperatura es ideal. Hace calor, hoy hemos superado los 30 grados en esta gran ciudad a 2.000 metros sobre el mar. Pero ahora tira una brisa fresca muy agradable. En mangas de camisa pienso en mi primer día en este cumulo de edificios y gentes que componen la ciudad más grande del mundo. Me di cuenta anoche cuando con el avión pasamos por encima de la ciudad dos veces. Sí, dos veces: estábamos a punto de aterrizar y a treinta metros del suelo el piloto tuvo que coger cuota a toda prisa otra vez. Un avión estaba cruzando la pista y tuvimos que abortar el aterrizaje. Desagradable. Es la tercera vez que me pasa. Pero me permitió ver desde la ventanilla un sin fin de luces, un sin fin de ciudad. Hasta el límite del horizonte. Por 360 grados. Esto, señores, es muy grande. 
La ciudad es peligrosa, como no, pero después de Caracas cualquier ciudad parece mejor. Lo ves por la gente, por como va vestida. Lo ves por lo coches. Hay de todo: desde el coche desastrado que es un milagro que siga arrancando, hasta el "carro ranchero" estilo "gringo" con motor de 8.000 cc., pasando por el BMW Z4 blanco, a la última moda.
Veo la ciudad desde la ventanilla de un taxi, yendo de una reunión a otra. Paso por la Avenida Reforma (bonitas esculturas de ángeles en el medio, entre los dos carriles). La más grande de la ciudad. Pasamos por barrios más bohemios y populares y llegamos a barrios financieros, hasta la Colonia Polanco, la "milla de oro" que reluce los escaparates de Gucci, Ferragamo, Cartier, entre otros.

Como siempre mis ojos se hacen cofres de tesoros de imágenes. Vi a un colibrí al lado de una ventana de una casita en la Colonia Roma...nunca vi a un colibrí, bueno, sólo en los documentales de la 2. Y casitas de colores. Los azules, amarillos, naranjas. Colores fuertes, alegres. Vi al hombre de la basura...me cuenta Isabel (nuestra persona en México DF y un ser humano estupendo), que aquí te multan o hasta te llevan a comisaría si dejas la basura en la calle (casi es menos probable tener problemas con la ley si pegas un tiro a tu vecino). El hombre de la basura pasa con un coche por las calles, pita, y tienes que bajar a toda leche para entregarles las bolsas. Sistema curioso.

La gente, en general, es extremadamente cordial. Me reciben, en la primera de mis visitas, por orden de la dirección general. La idea que traigo les interesa a tal punto que quieren verme otra vez antes de que me vaya. Aunque sea en el aeropuerto, el próximo martes, mientras espero al American Airlines que me llevará a Miami, dicen. Luego comida con otra persona. Con un caballero que está en mil negocios y puede abrir muchas puertas. Reflexionamos sobre el negocio. Es estimulante. Propone otra manera de hacer business. Otra vía. Me gusta. Me gusta ver las cosas desde otras perspectivas. Lo bueno de viajar y conocer a mucha gente es que cada uno aporta una pieza al puzzle que se va componiendo y toma formas cada día más interesantes. Espero, algún día, poder recoger los frutos de tanto hablar, conocer, pensar, vender.

Voy por el segundo mojito. Estoy cansado. No sé si es por tanto cambio de hora, porque duermo poco, porque me despiertan a las 4 de la madrugada con llamadas desde España y preguntas superfluas. No voy a cenar: la comida de hoy llenó bastante. Tomaré un omeprazol para hacer frente al picante que aquí, si pudieran, echarían hasta en el agua. 

Mañana es otro día. Otras reuniones, otras planificaciones. Dejo descansar a la ciudad en la que premian con dinero, en estos días, a la gente que entrega a las autoridades sus armas ilegales. Cuántas diferencias con el Viejo Mundo...

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