La llegada a Miami fue una Odisea. 22 horas desde que dejé el hotel de Bogotá hasta entrar en el hotel de Miami. Bonito lo de viajar. El avión que tenía que despegar desde Bogotá a las 8 de la mañana del sábado, finalmente salió a las 22.15... Conozco a José Gonzalez. Nacido en Ecuador y criado en Nueva York. Ahora vive con su mujer y su hijo hacker en Connecticut. Casita de millón y medio de dólares. Porche y Jaguar en el garaje. Antes era el jefe de Producción de McKann y daba vueltas por el mundo grabando spot de multinacionales americanas con grandes estrellas del espectáculo. Ahora está en el "no-profit". Viaja por Latinoamérica y chequea como las organizaciones ONG, que empresas estadounidenses financian, se gastan el dinero que envían. Sólo me habla de corrupción: de políticos corruptos, de curas corruptos, de gente desesperada. Me explica el significado de la palabra "chévere". Fundamental en el vocabulario latino. Persona simpática. Peculiar. No para de hablar y se cambia de asiento para sentarse a mi lado durante las tres horas y media de vuelo. Me muero de sueño, pero no pasa nada. Merece la pena.
Llegar a Miami a las 3 de la madrugada, hablar con un energúmeno cubano del departamento de Migración y explicarle que sí, que estoy aquí por negocios, es una experiencia. Llegas del invierno colombiano y te recibe el verano de Florida con 35 grados y una humedad del 90%. Ni la sombra de un taxi en la acera de las "Llegadas". El primero que se asoma lo conduce un jamaicano de 60 años, físicamente estaba allí, pero su alma estaba perdida y sus ojos vacíos: parecía haberse fumado todas las palmeras de Miami Beach. En el asiento de atrás está sentado su sobrino, dice (el chaval mide 2 metros y no parece tener buenas intenciones). "No problem, man. Te llevamos a tu hotel". Contesto que "gracias, pero vienen a recogerme"... Ya me gustaría, pienso. Me espero al siguiente. Llego al hotel que no sé ni como me llamo. Duermo y arranco al día siguiente con visitas turísticas (es domingo). Paseo por Ocean Drive, pasamos por delante de la Villa de Versace (ahora un hotel, justo a diez metros del famoso asesinato). La zona parece haberse quedado en los años '20: los edificios, la tipografía de los hoteles y de las tiendas... Si pasara un coche con dos gángsters disparando no me sorprendería. Como en la Steakhouse Smith & Wollensky. Pienso en mi primera experiencia en la famosa cadena, pero era en NY con Fabrizio. Aparece una sonrisa.
El día pasa tranquilo, en casa de JdT. Toco la guitarra (lo echaba de menos). Miro la lluvia caer en la piscina rodeada por palmeras. Cena solitaria en el Four Seasons. Cama. Despertador. Reuniones. Pasa el día. Hoy de compras en el Dolphin Mall a mediodía. Dos horas de vacaciones. Dos horas de crazy shopping en un sitio que es un absoluto peligro por la economía familiar. Más trabajo por la tarde y ultima reunión en el Novecento. Sitio de moda al lado del hotel. Él es periodista de investigación, premio Pulitzer 1998. Hablamos de periódicos del futuro y del presente del periodismo mientras lucho contra el calor, saboreando un Negroni. Luego otro. Agradable conversación. Siento profundo respeto por esta categoría de trabajadores. Siento respeto pro quien se la juega. Por los que no le tienen miedo a nada ni nadie. Por los que denuncian lo que está mal, lo que no funciona. Por los que utilizan la pluma como única arma, más potente que cualquier kalashnikov. Gracias GR. Gracias por tu tiempo, por tu sencillez. Sana envidia me llena de alegría. Y satisfacción: después de "Desayuno con Diamantes" hoy se ha rodado "Aperitivo con Pulitzer".
martedì 28 giugno 2011
domenica 26 giugno 2011
El pollo más caro del mundo (Historias de Aeropuertos 1er Episodio)
Algo que comienza mal, es muy probable que acabe peor. Llegué a esta ciudad con una reserva de Hotel en la mano que no sirvió para nada: tuve que buscar otro sitio para dormir. Fallo informático (y de alguien en Madrid que sigue utilizando el fax para confirmar...pero que no se asegura de que el mismo fax llegue a su destino).
Ultimo día. El avión hacia Miami sale a las 8 de la mañana. Bueno, tenía que salir a las 8. Estoy en el aeropuerto a las 6 menos cuarto. Ahora son las 6 menos cuarto...otra vez, pero de la tarde. Llevo exactamente 12 horas. 12 larguísimas, interminables horas. Y tampoco sabemos a ciencia cierta si y cuando vamos a despegar. Pienso en todos los que han envidiado mis nuevas responsabilidades internacionales. Pienso y me acuerdo de todos y cada uno de ellos y me cambiaría con cualquiera. Voy a pasar un sábado entero, MI sábado, en el aeropuerto de Bogotá. "Qué bonito...vas a viajar mucho". Eso es lo que tiene, también.
Parece ser que al avión le falla el radar y están mandando material y equipo técnico desde Estados Unidos... Visto el tiempo de espera, me pregunto si están viniendo en Bus, para no gastar...
A mediodía las señoritas del Admiral's Club de American Airlines nos dicen que nos van a dar un vale para uno de los restaurantes del aeropuerto. Pues nos ponemos en fila como niños de colegio y nos acompañan fuera de la zona de embarques. Unos pocos decidimos ir al Kokoriko, a comer pollo frito. No hay cubiertos sino una bolsita con guantes de plástico (como los que usamos cuando echamos gasolina), para poder comer con las manos. Terminada la comida, volvemos a vernos con la responsable de la línea aérea para volver a cruzar los controles. Problema: los de Migración no nos dejan: ya tenemos en nuestros pasaportes los sellos de salida del País. Deberíamos, según ellos, ya estar fuera de Colombia y no se explican qué hacemos "dentro". Si queremos volver a entrar habrá que esperar a todos los pasajeros del avión. Más de doscientas personas que nadie sabe a donde han ido, si han salido, si van a volver, para coger ese avión que no se sabe si y cuando va a despegar de Bogotá. Durante dos horas estamos "perdidos". Cada oficial de migración da una interpretación y un motivo diferente para no dejarnos entrar. Hasta hay quien dice que ya hemos salido del país (tenemos todos el sello de salida), y que no entiende que hacemos allí. La señorita de American Airlines está más perdida que todos nosotros. No se lo explica: había llegado a un acuerdo con el jefe de migración...pero que ya se ha ido, parece ser, y ahora no sabe qué hacer (mientras tanto, bastante cabreado, le pido que no se mueva de allí, que haga sus gestiones por teléfono y que si estamos de pié viendo pasar a todos los pasajeros del mundo que desfilan delante de nosotros para abandonar al país, ella también se queda allí, clavada a nuestro lado...como si quiere llamar al Presidente de America Airlines...que nos acompañe también, a mi no me importa). Pasado ya un tiempo, desesperados por la falta de atencion, unos pocos, en representacion institucional, vamos a hablar con el responsable, otro, y, después de haber utilizado todos los motivos posibles, iluminados por el sentido común (que en estos países suele fallar bastante), le convencemos a dejarnos pasar. Mientras tanto nos chequean los equipajes un total de tres veces (las tres veces que hemos ido y vuelto, pasando por el detector de metales), nos mandan de un despacho a otro y algunos ni nos miran a la cara mientras les hablamos...sobretodo una empleada de unos 140 kilos que lo único que sabia decir era "que no".
Ese medio pollo del Kokoriko, comido con las manos envueltas en guantes de plástico, nos ha costado caro, muy caro...dos horas de limbo diplomático, burocrático y administrativo que cada uno de nosotros se hubiese ahorrado con grandísimo placer.
Ultimo día. El avión hacia Miami sale a las 8 de la mañana. Bueno, tenía que salir a las 8. Estoy en el aeropuerto a las 6 menos cuarto. Ahora son las 6 menos cuarto...otra vez, pero de la tarde. Llevo exactamente 12 horas. 12 larguísimas, interminables horas. Y tampoco sabemos a ciencia cierta si y cuando vamos a despegar. Pienso en todos los que han envidiado mis nuevas responsabilidades internacionales. Pienso y me acuerdo de todos y cada uno de ellos y me cambiaría con cualquiera. Voy a pasar un sábado entero, MI sábado, en el aeropuerto de Bogotá. "Qué bonito...vas a viajar mucho". Eso es lo que tiene, también.
Parece ser que al avión le falla el radar y están mandando material y equipo técnico desde Estados Unidos... Visto el tiempo de espera, me pregunto si están viniendo en Bus, para no gastar...
A mediodía las señoritas del Admiral's Club de American Airlines nos dicen que nos van a dar un vale para uno de los restaurantes del aeropuerto. Pues nos ponemos en fila como niños de colegio y nos acompañan fuera de la zona de embarques. Unos pocos decidimos ir al Kokoriko, a comer pollo frito. No hay cubiertos sino una bolsita con guantes de plástico (como los que usamos cuando echamos gasolina), para poder comer con las manos. Terminada la comida, volvemos a vernos con la responsable de la línea aérea para volver a cruzar los controles. Problema: los de Migración no nos dejan: ya tenemos en nuestros pasaportes los sellos de salida del País. Deberíamos, según ellos, ya estar fuera de Colombia y no se explican qué hacemos "dentro". Si queremos volver a entrar habrá que esperar a todos los pasajeros del avión. Más de doscientas personas que nadie sabe a donde han ido, si han salido, si van a volver, para coger ese avión que no se sabe si y cuando va a despegar de Bogotá. Durante dos horas estamos "perdidos". Cada oficial de migración da una interpretación y un motivo diferente para no dejarnos entrar. Hasta hay quien dice que ya hemos salido del país (tenemos todos el sello de salida), y que no entiende que hacemos allí. La señorita de American Airlines está más perdida que todos nosotros. No se lo explica: había llegado a un acuerdo con el jefe de migración...pero que ya se ha ido, parece ser, y ahora no sabe qué hacer (mientras tanto, bastante cabreado, le pido que no se mueva de allí, que haga sus gestiones por teléfono y que si estamos de pié viendo pasar a todos los pasajeros del mundo que desfilan delante de nosotros para abandonar al país, ella también se queda allí, clavada a nuestro lado...como si quiere llamar al Presidente de America Airlines...que nos acompañe también, a mi no me importa). Pasado ya un tiempo, desesperados por la falta de atencion, unos pocos, en representacion institucional, vamos a hablar con el responsable, otro, y, después de haber utilizado todos los motivos posibles, iluminados por el sentido común (que en estos países suele fallar bastante), le convencemos a dejarnos pasar. Mientras tanto nos chequean los equipajes un total de tres veces (las tres veces que hemos ido y vuelto, pasando por el detector de metales), nos mandan de un despacho a otro y algunos ni nos miran a la cara mientras les hablamos...sobretodo una empleada de unos 140 kilos que lo único que sabia decir era "que no".
Ese medio pollo del Kokoriko, comido con las manos envueltas en guantes de plástico, nos ha costado caro, muy caro...dos horas de limbo diplomático, burocrático y administrativo que cada uno de nosotros se hubiese ahorrado con grandísimo placer.
sabato 25 giugno 2011
¡Dios salve las búfalas y las barras en los restaurantes!
Las dos de la tarde en Bogotá. He terminado con mi maratón de charlas, reuniones, encuentros... Tengo la tarde para mi. Para la ciudad, más bien. Como en el restaurante Harry, referencia en Bogotá. "Señorita, para comer. Yo solo, por favor". La colombiana me indica una mesa justo en el medio de la sala. "No gracias, ¿no sería posible comer en la barra?". Vamos, que ya comer sólo no es lo mejor, si encima me pone en el centro del mundo y de las miradas...
Me siento y me reciben con un cuarto de mozzarella, aceite y pimienta... Señores, soy italiano: la mozzarella en Bogotá no, NO. Hay veces que la globalización te machaca las expectativas y la ilusión. Maldita globalización. Pienso en la llanura de la provincia de Salerno, en el soleado y cálido sur de Italia...allí donde las búfalas viven tranquilas y felices, con la mirada fija y serena a cada pasar de trenes. Pienso en cuando iba con mis abuelos a comprar las pequeñas, recién elaboradas "mozzarelline alla panna": síntesis de perfección láctea. Y comerlas de un bocado, para poder romper esa esférica armonía en la boca sin derrochar ni una sola gota valiosa de esa leche de búfala.
Sentado en la barra, pido langostinos en sartén, salteados con ajo y mantequilla. Sigo con un centro de lomo poco hecho con salsa a la pimienta. Todo muy bien. Y dos cervezas Gran Colombia heladas. Lo bueno de comer solo es la atención extrema por parte del personal. Todos se ocupan de mi. Me miman y llenan esa sensación de soledad (más que sensación, realidad). Pido un café. Simplemente excelente (estamos en Colombia, uno de los mayores productores mundiales...). Me traen almendras con chocolate, regalo de la casa. Gracias señores, un gusto.
Voy al hotel: el cansancio puede conmigo. Entre eso y los 2.600 metros de altitud, el dolor de cabeza no me deja ni un segundo. Ibuprofeno y siesta.
Me siento y me reciben con un cuarto de mozzarella, aceite y pimienta... Señores, soy italiano: la mozzarella en Bogotá no, NO. Hay veces que la globalización te machaca las expectativas y la ilusión. Maldita globalización. Pienso en la llanura de la provincia de Salerno, en el soleado y cálido sur de Italia...allí donde las búfalas viven tranquilas y felices, con la mirada fija y serena a cada pasar de trenes. Pienso en cuando iba con mis abuelos a comprar las pequeñas, recién elaboradas "mozzarelline alla panna": síntesis de perfección láctea. Y comerlas de un bocado, para poder romper esa esférica armonía en la boca sin derrochar ni una sola gota valiosa de esa leche de búfala.
Sentado en la barra, pido langostinos en sartén, salteados con ajo y mantequilla. Sigo con un centro de lomo poco hecho con salsa a la pimienta. Todo muy bien. Y dos cervezas Gran Colombia heladas. Lo bueno de comer solo es la atención extrema por parte del personal. Todos se ocupan de mi. Me miman y llenan esa sensación de soledad (más que sensación, realidad). Pido un café. Simplemente excelente (estamos en Colombia, uno de los mayores productores mundiales...). Me traen almendras con chocolate, regalo de la casa. Gracias señores, un gusto.
Voy al hotel: el cansancio puede conmigo. Entre eso y los 2.600 metros de altitud, el dolor de cabeza no me deja ni un segundo. Ibuprofeno y siesta.
giovedì 23 giugno 2011
Entre montañas, a un paso de las nubes, con Oriana Fallaci.
En Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar. Llegué el martes noche después de una rapidísima parada en el calor, la humedad y la calma de Miami (sí, sí: me dió tiempo a comer un par de croissant en el Chocolate Fashon de Andalusia Ave.).
Bogotá es fascinante: una ciudad inmensa, que las montañas andinas cierran en un verde abrazo circular. Las calles son una contínua bajada y subida: una especie de San Francisco latinoamericana. Lo increíble es ver la montaña al final de la calle. De cualquier calle que cruce la ciudad. Lo que sorprende es como toda la gente española que he conocido en estos días se haya sentido a gusto en esta metrópoli...tanto como para quedarse. A mi me ha pasado lo mismo: me he sentido a gusto. Desde el mismísimo aterrizaje: el departamento de migración es el más rápido y lleno de empleados que he visto desde que he empezado a viajar por el mundo. Una fila inmensa se ha deshecho en pocos minutos gracias a la profesional rapidez de los agentes. Nada más salir del aeropuerto te das cuenta que esa sensación de orden se ha quedado en el timbre que me han puesto en el pasaporte: centenares de personas esperaban a la salida a sus parientes, amigos, etc. todos encima los unos de los otros, sin posibilidad de dejar salir a nadie. Policías armados con perros antidroga patrullaban entre los que salíamos y los que esperaban (me pregunto porqué no buscan en la selva...que a lo mejor encuentran más "talco millonario").
Cojo un taxi (un milagro que arranque: parece hecho de mazapán), y voy hacia el hotel que NO tenía mi reserva...bien. En Bogotá. Es de noche. No tengo hotel. Bienvenido a Colombia, joven.
Llega a salvarme SH. Nuestra colaboradora, una periodista, una espléndida persona. Buscamos hotel y lo encontamos (al 4º intento). Vamos a cenar al Armadillo, justo en frente. Hablamos de mi corta experiencia en latinoamérica y de su larga permanencia por estas tierras. Me fascinan sus relatos. Me fascina lo que ha visto, vivido, escrito. Le digo que me recuerda a Oriana Fallaci, hablamos de ella. SH será mi Oriana Fallaci personal. Está decidido.
Los dos días siguientes han sido reuniones, reuniones y reuniones. Estudio Bogotá desde las ventanillas de los taxis que me llevan de un sitio a otro. La temperatura es ideal: entre 15 y 20 grados. Estamos en invierno, pero, como dicen aquí, "si no te gusta el tiempo, espera 5 minutos". Es cierto: pasas de una lluvia invernal a un cálido sol en 5 minutos. Y muchas veces al día. Esta suerte no la tienen mis amigos peruanos, que durante el invierno están escondidos debajo de nubes grises e inmuebles.
La ciudad es una mezcla interesante de zonas ricas y pobres a pocos metros las unas de las otras. En la calle hay de todo: gente encorbatada y mendigos. Todos paseando. Al lado los unos de los otros. Puedes ver a un Mercedes al lado de una "zorra" (una carreta tirada por un viejo caballo andino).
Espero poder tener el tiempo, mañana por la tarde, de escaparme al Museo del Oro y el Museo Botero: dos etapas imprescindibles, me dicen.
Bogotá es una ciudad que es todo contraste. Una ciudad que da buenas "vibraciones". Una ciudad que ha sido "robada" de la selva a su alrededor y que parece estar lista para reconquistarla de un momento a otro...
Lo que sigo sin entender es el porque haya que leer titulares como el que esta misma mañana aparecía en todos los periódicos locales: "Mueren asesinadas dos niñas menores de edad en Bogotá Capital". Esas dos niñas se suman a las más de 1.000 que cada año mueren "sin un motivo". Me pregunto por qué en estos paises la vida de un ser humano no vale absolutamente nada...
Bogotá es fascinante: una ciudad inmensa, que las montañas andinas cierran en un verde abrazo circular. Las calles son una contínua bajada y subida: una especie de San Francisco latinoamericana. Lo increíble es ver la montaña al final de la calle. De cualquier calle que cruce la ciudad. Lo que sorprende es como toda la gente española que he conocido en estos días se haya sentido a gusto en esta metrópoli...tanto como para quedarse. A mi me ha pasado lo mismo: me he sentido a gusto. Desde el mismísimo aterrizaje: el departamento de migración es el más rápido y lleno de empleados que he visto desde que he empezado a viajar por el mundo. Una fila inmensa se ha deshecho en pocos minutos gracias a la profesional rapidez de los agentes. Nada más salir del aeropuerto te das cuenta que esa sensación de orden se ha quedado en el timbre que me han puesto en el pasaporte: centenares de personas esperaban a la salida a sus parientes, amigos, etc. todos encima los unos de los otros, sin posibilidad de dejar salir a nadie. Policías armados con perros antidroga patrullaban entre los que salíamos y los que esperaban (me pregunto porqué no buscan en la selva...que a lo mejor encuentran más "talco millonario").
Cojo un taxi (un milagro que arranque: parece hecho de mazapán), y voy hacia el hotel que NO tenía mi reserva...bien. En Bogotá. Es de noche. No tengo hotel. Bienvenido a Colombia, joven.
Llega a salvarme SH. Nuestra colaboradora, una periodista, una espléndida persona. Buscamos hotel y lo encontamos (al 4º intento). Vamos a cenar al Armadillo, justo en frente. Hablamos de mi corta experiencia en latinoamérica y de su larga permanencia por estas tierras. Me fascinan sus relatos. Me fascina lo que ha visto, vivido, escrito. Le digo que me recuerda a Oriana Fallaci, hablamos de ella. SH será mi Oriana Fallaci personal. Está decidido.
Los dos días siguientes han sido reuniones, reuniones y reuniones. Estudio Bogotá desde las ventanillas de los taxis que me llevan de un sitio a otro. La temperatura es ideal: entre 15 y 20 grados. Estamos en invierno, pero, como dicen aquí, "si no te gusta el tiempo, espera 5 minutos". Es cierto: pasas de una lluvia invernal a un cálido sol en 5 minutos. Y muchas veces al día. Esta suerte no la tienen mis amigos peruanos, que durante el invierno están escondidos debajo de nubes grises e inmuebles.
La ciudad es una mezcla interesante de zonas ricas y pobres a pocos metros las unas de las otras. En la calle hay de todo: gente encorbatada y mendigos. Todos paseando. Al lado los unos de los otros. Puedes ver a un Mercedes al lado de una "zorra" (una carreta tirada por un viejo caballo andino).
Espero poder tener el tiempo, mañana por la tarde, de escaparme al Museo del Oro y el Museo Botero: dos etapas imprescindibles, me dicen.
Bogotá es una ciudad que es todo contraste. Una ciudad que da buenas "vibraciones". Una ciudad que ha sido "robada" de la selva a su alrededor y que parece estar lista para reconquistarla de un momento a otro...
Lo que sigo sin entender es el porque haya que leer titulares como el que esta misma mañana aparecía en todos los periódicos locales: "Mueren asesinadas dos niñas menores de edad en Bogotá Capital". Esas dos niñas se suman a las más de 1.000 que cada año mueren "sin un motivo". Me pregunto por qué en estos paises la vida de un ser humano no vale absolutamente nada...
venerdì 17 giugno 2011
Percy B. Shelley y los gallinazos de Humala
Ha pasado casi una semana desde mi vuelta a España. Lima queda atrás. O, mejor, queda dentro. Dentro de esa maleta de recuerdos, archivo de postales imaginarias, que estoy coleccionando poco a poco. Los sitios quedan dentro de cada uno. Como las personas con las que nos cruzamos y que nos dejan algo: una sensación, una imagen, un sentimiento. ¿De todo esto va la "experiencia"? Parece que sí.
Pensaba poder escribir los últimos apuntes de viaje sobre Perú en el avión de vuelta, pero el cansancio pudo conmigo. Así que lo haré ahora, aunque no es lo mismo: escribir durante la permanencia en esos lugares, para mi desconocidos, lleva la "frescura" del momento, de ciertos estados de ánimo que todo lo que veo, vivo y siento suscita en ese instante exacto y que lo hace tan especial. Vuelve a mi memoria lo que escribió Shelley en defensa de la poesía. Decía que el razonamiento se puede ejercitar por determinación de la voluntad. Otra cosa es la poesía, algo que nace por dentro, algo que nace por inspiración, algo profético. Según Shelley, cuando el poeta empieza a escribir, negro sobre blanco, la inspiración está ya desvaneciendo: la poesía más grande jamás comunicada puede que sea sólo la débil sombra de la concepción originaria del poeta. Bueno, estoy de acuerdo con él...siempre lo he estado. Creo que lo mismo pasa con los relatos. También con los más sencillos como los que componen este humilde diario.
Será porque me pasa lo mismo. Porque en esos instantes hay algo que me impacta y despierta. Algo que sorprende. Cuando ya ha pasado tiempo, ese "algo sorprendente" ya es experiencia. Ya está asimilado, digerido. El tiempo enfría las cosas, les quita esa fuerza espontánea.
Lima ha merecido la pena. Siempre merece la pena conocer lo desconocido. Amplío mi perspectiva sobre diferentes realidades, sobre la vida, y eso es bueno.
Esos días en la capital peruana han sido intensos. Todo empezó de la mejor manera: cenando en el restaurante de Huaca Pucllana. No sé por qué, pero empezar a conocer una cultura por su gastronomía, a parte de ser extremadamente placentero, me parece un buen "abordaje". Se entienden muchas cosas. La noche en Pucllana (barrio Miraflores), era estupenda (difícil encontrar un marco más bonito, justo al lado de las pirámides construidas por la cultura Lima entre el 200 y 700 d.C.), con un trocito de cielo despejado (un verdadero regalo en esta época): a lo largo del día se vive debajo de la "panza de burro", un cielo gris que difícilmente abandona a la ciudad en los meses de otoño e invierno., es decir, ahora mismo (lo que tiene el cielo gris es que hace perder totalmente el sentido de orientación: no hay manera de saber por dónde quedan Oriente y Occidente).
Los diferentes platos que probé reflejan el estado actual de Perú: un origen pobre, sencillo, primordial, casi, pero con elaboraciones de las más modernas y refinadas. Es lo antiguo que se renueva y se hace actual para sorprender. Es el ceviche, por ejemplo, nacido en los barcos pesqueros que sólo podían cargar con limes que servían para cocinar, dejando a remojo en su jugo el pescado recién sacado del agua y así poder comer y sobrevivir tantos días en alta mar, que sorprende ahora por sus perfumes, aromas y especias añadidas y servido en platos de diseño.
Lima es la plaza de las Armas, donde encuentran cabida la sede del Ayuntamiento, el Palacio del Gobierno y la Catedral. Justo encima de la Catedral volaban grandes pájaros negros. Me comentan que son los "gallinazos" andinos, unos buitres basureros que llegan a tener hasta 1,80 metros de envergadura. Verdaderamente feos. Me comenta una persona a la que pregunté por ese ave, que suelen traer mala suerte allí donde se posan. Bueno, si así es, el Comandante Humala, nuevo Presidente recién elegido, tendría que sentirse bastante afortunado: todos los gallinazos de la plaza estaban encima de la Catedral. Palacio del Gobierno despejado.
Siempre recordaré Lima por su olor a mar, por la noche en el restaurante Cala, consumiendo cigarrillos al ritmo de las olas del Pacífico. Por la calle Cantuarias, llena de tiendas de instrumentos musicales, justo al lado del Hotel Casa Andina. Por el hukulele que compré y que ya forma parte de mi colección de "cuerdas" y por la zampoña andina que me regaló el dueño de la tienda, Edmundo Cortez Rumay. Por la dulce mirada de una niña de 4 ó 5 años que cayó dormida en los brazos de su padre en esa especie de furgoneta-autobús, repleta de gente. Por el camarero Juan, que después del primer desayuno en el hotel, ya me llamaba por nombre y me traía ese espresso italiano, como a mi me gusta, sin necesidad de pedirlo. Por las sonrisas que regalaban los "botones" del hotel en cada momento. Y, como siempre desde que viajo por Latinoamérica, por la gentileza extrema, de todas y cada una de las personas que conozco por esas tierras.
Pensaba poder escribir los últimos apuntes de viaje sobre Perú en el avión de vuelta, pero el cansancio pudo conmigo. Así que lo haré ahora, aunque no es lo mismo: escribir durante la permanencia en esos lugares, para mi desconocidos, lleva la "frescura" del momento, de ciertos estados de ánimo que todo lo que veo, vivo y siento suscita en ese instante exacto y que lo hace tan especial. Vuelve a mi memoria lo que escribió Shelley en defensa de la poesía. Decía que el razonamiento se puede ejercitar por determinación de la voluntad. Otra cosa es la poesía, algo que nace por dentro, algo que nace por inspiración, algo profético. Según Shelley, cuando el poeta empieza a escribir, negro sobre blanco, la inspiración está ya desvaneciendo: la poesía más grande jamás comunicada puede que sea sólo la débil sombra de la concepción originaria del poeta. Bueno, estoy de acuerdo con él...siempre lo he estado. Creo que lo mismo pasa con los relatos. También con los más sencillos como los que componen este humilde diario.
Será porque me pasa lo mismo. Porque en esos instantes hay algo que me impacta y despierta. Algo que sorprende. Cuando ya ha pasado tiempo, ese "algo sorprendente" ya es experiencia. Ya está asimilado, digerido. El tiempo enfría las cosas, les quita esa fuerza espontánea.
Lima ha merecido la pena. Siempre merece la pena conocer lo desconocido. Amplío mi perspectiva sobre diferentes realidades, sobre la vida, y eso es bueno.
Esos días en la capital peruana han sido intensos. Todo empezó de la mejor manera: cenando en el restaurante de Huaca Pucllana. No sé por qué, pero empezar a conocer una cultura por su gastronomía, a parte de ser extremadamente placentero, me parece un buen "abordaje". Se entienden muchas cosas. La noche en Pucllana (barrio Miraflores), era estupenda (difícil encontrar un marco más bonito, justo al lado de las pirámides construidas por la cultura Lima entre el 200 y 700 d.C.), con un trocito de cielo despejado (un verdadero regalo en esta época): a lo largo del día se vive debajo de la "panza de burro", un cielo gris que difícilmente abandona a la ciudad en los meses de otoño e invierno., es decir, ahora mismo (lo que tiene el cielo gris es que hace perder totalmente el sentido de orientación: no hay manera de saber por dónde quedan Oriente y Occidente).
Los diferentes platos que probé reflejan el estado actual de Perú: un origen pobre, sencillo, primordial, casi, pero con elaboraciones de las más modernas y refinadas. Es lo antiguo que se renueva y se hace actual para sorprender. Es el ceviche, por ejemplo, nacido en los barcos pesqueros que sólo podían cargar con limes que servían para cocinar, dejando a remojo en su jugo el pescado recién sacado del agua y así poder comer y sobrevivir tantos días en alta mar, que sorprende ahora por sus perfumes, aromas y especias añadidas y servido en platos de diseño.
Lima es la plaza de las Armas, donde encuentran cabida la sede del Ayuntamiento, el Palacio del Gobierno y la Catedral. Justo encima de la Catedral volaban grandes pájaros negros. Me comentan que son los "gallinazos" andinos, unos buitres basureros que llegan a tener hasta 1,80 metros de envergadura. Verdaderamente feos. Me comenta una persona a la que pregunté por ese ave, que suelen traer mala suerte allí donde se posan. Bueno, si así es, el Comandante Humala, nuevo Presidente recién elegido, tendría que sentirse bastante afortunado: todos los gallinazos de la plaza estaban encima de la Catedral. Palacio del Gobierno despejado.
Siempre recordaré Lima por su olor a mar, por la noche en el restaurante Cala, consumiendo cigarrillos al ritmo de las olas del Pacífico. Por la calle Cantuarias, llena de tiendas de instrumentos musicales, justo al lado del Hotel Casa Andina. Por el hukulele que compré y que ya forma parte de mi colección de "cuerdas" y por la zampoña andina que me regaló el dueño de la tienda, Edmundo Cortez Rumay. Por la dulce mirada de una niña de 4 ó 5 años que cayó dormida en los brazos de su padre en esa especie de furgoneta-autobús, repleta de gente. Por el camarero Juan, que después del primer desayuno en el hotel, ya me llamaba por nombre y me traía ese espresso italiano, como a mi me gusta, sin necesidad de pedirlo. Por las sonrisas que regalaban los "botones" del hotel en cada momento. Y, como siempre desde que viajo por Latinoamérica, por la gentileza extrema, de todas y cada una de las personas que conozco por esas tierras.
venerdì 10 giugno 2011
Bajo la atenta mirada del atún del Pacífico
Paso las últimas horas en Lima en el restaurante del hotel. Desde la montaña de hielo del buffet libre de Casa Andina, un atún me mira fijamente, acompañado por dos pulpos y exóticas conchas. Anoche estuve cenando en el restaurante "Cala, mAr de Amor", con vista al pacífico oleaje nocturno que acaricia a esta ciudad en un sin fin amoroso. ¡Qué bien se come en Perú!
El menù del Cala, arranca con la siguiente poesía (la buena gastronomía, al fin y al cabo, es un poema):
Estupendo Amor AmAr el mAr
y vivir sólo de Amor
y mAr
y mirAr siempre al mAr
con Amor
mAgnífico morir
Al pie del mAr de Amor
Al pie del mAr de Amor morir
pero mirAndo siempre el mAr
con Amor
como si morir
fuerA sólo no mirAr
el mAr
o dejAr de AmAr.
No tengo, ahora mismo, mucho tiempo para escribir. Lo haré desde el avión...voy a estar un buen rato entre nubes. Y tengo muchas cosas que poner por escrito, sobre estas 48 horas peruanas.
El menù del Cala, arranca con la siguiente poesía (la buena gastronomía, al fin y al cabo, es un poema):
Estupendo Amor AmAr el mAr
y vivir sólo de Amor
y mAr
y mirAr siempre al mAr
con Amor
mAgnífico morir
Al pie del mAr de Amor
Al pie del mAr de Amor morir
pero mirAndo siempre el mAr
con Amor
como si morir
fuerA sólo no mirAr
el mAr
o dejAr de AmAr.
No tengo, ahora mismo, mucho tiempo para escribir. Lo haré desde el avión...voy a estar un buen rato entre nubes. Y tengo muchas cosas que poner por escrito, sobre estas 48 horas peruanas.
mercoledì 8 giugno 2011
Del surf peruano en otoño
Desde la habitación en el piso 14 del Hotel Casa Andina, en Miraflores, Lima, se ve muchísima ciudad. Son casi las siete de la tarde y ya es de noche: todas las ciudades tienen cierto encanto por la noche, con todas las luces encendidas y en movimiento, como si fuera un belén navideño. La ciudad suma casi 10 millones de habitantes. Está pegada al Oceano Pacífico. Luis Grillo me ha llevado al hotel. Un conductor contratado en el aeropuerto, de abuelo italiano, que me ha estado contando su vida, su paso por Alemania, de cuando estudiaba piano en el Conservatorio de Saarbruchen; de su madre que se murió hace poco, con 98 años; de las recientes elecciones (él votó por Keiko Fujimori, amigos); de esta inmensa ciudad que está a dos semanas del invierno.
Me gustó aterrizar, bajar del avión y oler el mar. La ciudad entera huele a mar...hasta la habitación del hotel. La carretera que costea la playa está en obras: están haciendo playas, robando metros al océano, y poniendo palmeras y césped. Obras que duraran años, comenta Luis. Era el atardecer, cielo cubierto de nubes, y había gente en el mar con sus tablas de surf. Perú es campeón mundial de surf en equipo...impresionante.
En la zona de Miraflores hay edificios altos, pero lo que he podido ver desde el taxi era bastante desolador, sobretodo la zona cercana al aeropuerto...algo parecido a una zona pesquera. Casas bajas y en pésimas condiciones. En la carretera hay coches y pequeños autobuses que se caen a pedazos. Mucha gente en la calle y mucha más esperando a un transporte publico que tarda una vida en aparecer. La ciudad es caótica, pero no parece peligrosa. El mismo Luis me dice que "esto no es Caracas"...je, je.
Hace cinco días estaba paseando por Miami: verano, orden, limpieza, riqueza, lo mejor de Atlántico con pinta a Caribe. Ahora en Lima, después de volar por encima de los Andes (vaya espectáculo, por cierto), espectador de un escenario totalmente diferente. Mi cabeza empieza a parecerse a un shaker, donde se mezclan tantas experiencias, en tan poco tiempo, que es imposible asimilar. ¿Sabrá rico el cocktail?
Me gustó aterrizar, bajar del avión y oler el mar. La ciudad entera huele a mar...hasta la habitación del hotel. La carretera que costea la playa está en obras: están haciendo playas, robando metros al océano, y poniendo palmeras y césped. Obras que duraran años, comenta Luis. Era el atardecer, cielo cubierto de nubes, y había gente en el mar con sus tablas de surf. Perú es campeón mundial de surf en equipo...impresionante.
En la zona de Miraflores hay edificios altos, pero lo que he podido ver desde el taxi era bastante desolador, sobretodo la zona cercana al aeropuerto...algo parecido a una zona pesquera. Casas bajas y en pésimas condiciones. En la carretera hay coches y pequeños autobuses que se caen a pedazos. Mucha gente en la calle y mucha más esperando a un transporte publico que tarda una vida en aparecer. La ciudad es caótica, pero no parece peligrosa. El mismo Luis me dice que "esto no es Caracas"...je, je.
Hace cinco días estaba paseando por Miami: verano, orden, limpieza, riqueza, lo mejor de Atlántico con pinta a Caribe. Ahora en Lima, después de volar por encima de los Andes (vaya espectáculo, por cierto), espectador de un escenario totalmente diferente. Mi cabeza empieza a parecerse a un shaker, donde se mezclan tantas experiencias, en tan poco tiempo, que es imposible asimilar. ¿Sabrá rico el cocktail?
Sobrevolando Latinoamerica
Falta algo menos de dos horas y media para aterrizar en Lima, Perú. Hace más de hora y media que llegamos al continente latinoamericano y empezamos a volar por encima de Venezuela, ahora entre Colombia y Brasil. Más de hora y media con turbulencias...de las que el avión cruje como un trozo de pan seco. En estas situaciones la gente reacciona de diferentes maneras. Está el que mira por fuera de la ventanilla, como si pudiera ver qué es lo que mueve tanto al avión (chico, vamos a 900 km por hora y fuera está todo absolutamente azul...¿Qué buscas?). Luego está el que vuelve a sentirse niño y se esconde debajo de la mantita barata de la Compañía aérea, que en estas circunstancias protege más que un caparazón a una tortuga. En general se nota tensión. El hombre nació sin plumas ni alas: si volamos es porque somos tan listos como para construir cacharros como este...capaces de hacerte viajar hasta en el tiempo. En mi caso voy a retroceder de unas 7 horas, con este viaje. Seguro que en situaciones así la gente piensa que esto de volar, a veces, no compensa, que no es natural (pienso en el gran A.F.: tan duro como para romper ladrillos con sus manos en movimientos orientales, pero si se habla de volar...je, je).
Yo escribo mi diario y escucho a los hits del gran Brad Paisley con su mágica Telecaster. El country lo cura absolutamente todo. Pienso en el plan "Second Honeymoon en Nashville, Tennessee" y se me escapa una sonrisa...
Bueno, este viaje a Perú va a ser una locura, en tiempo, entiendo: 12 horas para llegar y otras tantas para irme dentro de 48. Reuniones con todos los que merecen la pena, empezando esta misma tarde... Llegaré sobre las 17.30 hora local. Para mi serán como las doce de la noche pasadas, creo. Veré poco de Lima, pero creo que el Hotel está en la zona más bonita de la ciudad. Espero poder espiar un poquito desde la ventana de la habitación y hacerme una idea... Lo que sí me han dicho en todas partes es que hay unos restaurantes impresionantes y una gastronomía a los máximos niveles mundiales, actualmente. Será un placer...
Yo escribo mi diario y escucho a los hits del gran Brad Paisley con su mágica Telecaster. El country lo cura absolutamente todo. Pienso en el plan "Second Honeymoon en Nashville, Tennessee" y se me escapa una sonrisa...
Bueno, este viaje a Perú va a ser una locura, en tiempo, entiendo: 12 horas para llegar y otras tantas para irme dentro de 48. Reuniones con todos los que merecen la pena, empezando esta misma tarde... Llegaré sobre las 17.30 hora local. Para mi serán como las doce de la noche pasadas, creo. Veré poco de Lima, pero creo que el Hotel está en la zona más bonita de la ciudad. Espero poder espiar un poquito desde la ventana de la habitación y hacerme una idea... Lo que sí me han dicho en todas partes es que hay unos restaurantes impresionantes y una gastronomía a los máximos niveles mundiales, actualmente. Será un placer...
domenica 5 giugno 2011
Latso descansa cuatro días mojándose en el Mediterráneo.
He vuelto a España. Dejé al nuevo continente detrás de mi, pero sólo unos días. El miércoles vuelo a Lima. Veré hoy quien gana las elecciones. Llegaré a Perú bajo el nuevo sol del mal menor (vaya candidatos a las presidenciales, señores).
Miami ha sido un paréntesis de civilización después de tanto baño de difíciles realidades sociales. También es cierto que de Miami sólo he visto las apariencias, las que huelen a millones de dólares: un panameño me comentaba que, como todas las ciudades americanas, hay zonas donde es mejor no pasar. Zonas de pobreza que el pueblo "stars and stripes" tiene escondidas, lejos de la vista. Seria como una mancha demasiado vistosa para la sociedad "perfecta". Lo mismo me comentó el taxista cubano que me llevó la otra noche al restaurante "The Fishing Company": "Miami está bien si tienes mucho dinero, brother. Sólo si tienes mucho dinero". Allí todo es excesivo: los coches, los edificios, las piezas de carnaza de alguna vaca de Montana que acaba en tu plato, los precios, las villas de diseño con un deportivo fuera de serie en la puerta de casa y un barco de ensueño en la parte de atrás, al lado del muelle personal que da al canal que te lleva al Atlántico.
De paso, en Miami, me he ganado otro mote: Latso. Sí: el oso rosa, que huele a fresas, de Toy Story 3...el que va abrazando a todos (Dani, ese se te escapó...).
En Miami lo italiano va mucho. Desde los sitios más de moda (el Novecento y el Segafredo), al agua con gas (sólo y exclusivamente San Pellegrino...que allí se queda en Pellegrino).
Lo que me ha sorprendido de estos primeros viajes es la constante gastronómica que he encontrado en todo los sitios y a sus máximos niveles: el sushi y la comida japonesa/oriental en general. Es increíble: los mejores restaurantes sirven variaciones con toques locales del pescado crudo que tanto ha hecho famoso al pueblo del sol levante. Da igual que estés en Caracas, México DF o Miami.
De esta ultima ciudad se quedan en mi memoria los desayunos en "Chocolate", el bareto francés al lado de la gasolinera, cerca de la oficina en Sevilla street. El tremendo calor en las calles (superamos los 35 grados el viernes pasado). Las terrazas con ventiladores gigantes, como los que se ven en los set de rodaje de las peliculas, los restaurantes estilo años '20, como la steakhouse Morton's...sitios que son así desde hace cien años, sin ningún tipo de variación en la decoración; el imponente Hotel Biltmore (allí la mejor habitación se llama Al Capone, por evidentes motivos históricos). Las villas de Coral Gables, con sus jardines perfectos, sus entradas triunfales, sus coches impresionantes (mínimo dos), aparcados en la puerta. Las cenas con vista a los dos skyline de la ciudad, el de verdad y el que se refleja en ese brazo de mar donde encima está construido Miami. Las palmeras. Las banderas (un poco exagerado tanto patriotismo). El viejo empleado de Costa Rica del Guitar Center (donde si hizo realidad el sueño "thinline" de Little Jaime)...
Me tocará volver a esta ciudad. Lo haré con placer. La sensación de que todo está ordenado y bajo control, de vez en cuando, se agradece. ¿Será por eso que la mayoría de los americanos elige un sitio así para vivir sus últimos días?
Miami ha sido un paréntesis de civilización después de tanto baño de difíciles realidades sociales. También es cierto que de Miami sólo he visto las apariencias, las que huelen a millones de dólares: un panameño me comentaba que, como todas las ciudades americanas, hay zonas donde es mejor no pasar. Zonas de pobreza que el pueblo "stars and stripes" tiene escondidas, lejos de la vista. Seria como una mancha demasiado vistosa para la sociedad "perfecta". Lo mismo me comentó el taxista cubano que me llevó la otra noche al restaurante "The Fishing Company": "Miami está bien si tienes mucho dinero, brother. Sólo si tienes mucho dinero". Allí todo es excesivo: los coches, los edificios, las piezas de carnaza de alguna vaca de Montana que acaba en tu plato, los precios, las villas de diseño con un deportivo fuera de serie en la puerta de casa y un barco de ensueño en la parte de atrás, al lado del muelle personal que da al canal que te lleva al Atlántico.
De paso, en Miami, me he ganado otro mote: Latso. Sí: el oso rosa, que huele a fresas, de Toy Story 3...el que va abrazando a todos (Dani, ese se te escapó...).
En Miami lo italiano va mucho. Desde los sitios más de moda (el Novecento y el Segafredo), al agua con gas (sólo y exclusivamente San Pellegrino...que allí se queda en Pellegrino).
Lo que me ha sorprendido de estos primeros viajes es la constante gastronómica que he encontrado en todo los sitios y a sus máximos niveles: el sushi y la comida japonesa/oriental en general. Es increíble: los mejores restaurantes sirven variaciones con toques locales del pescado crudo que tanto ha hecho famoso al pueblo del sol levante. Da igual que estés en Caracas, México DF o Miami.
De esta ultima ciudad se quedan en mi memoria los desayunos en "Chocolate", el bareto francés al lado de la gasolinera, cerca de la oficina en Sevilla street. El tremendo calor en las calles (superamos los 35 grados el viernes pasado). Las terrazas con ventiladores gigantes, como los que se ven en los set de rodaje de las peliculas, los restaurantes estilo años '20, como la steakhouse Morton's...sitios que son así desde hace cien años, sin ningún tipo de variación en la decoración; el imponente Hotel Biltmore (allí la mejor habitación se llama Al Capone, por evidentes motivos históricos). Las villas de Coral Gables, con sus jardines perfectos, sus entradas triunfales, sus coches impresionantes (mínimo dos), aparcados en la puerta. Las cenas con vista a los dos skyline de la ciudad, el de verdad y el que se refleja en ese brazo de mar donde encima está construido Miami. Las palmeras. Las banderas (un poco exagerado tanto patriotismo). El viejo empleado de Costa Rica del Guitar Center (donde si hizo realidad el sueño "thinline" de Little Jaime)...
Me tocará volver a esta ciudad. Lo haré con placer. La sensación de que todo está ordenado y bajo control, de vez en cuando, se agradece. ¿Será por eso que la mayoría de los americanos elige un sitio así para vivir sus últimos días?
mercoledì 1 giugno 2011
Del infierno al paraíso en dos semanas. Pasando por el purgatorio mexicano...
Caracas, México DF y Miami. En dos semanas he pasado por una de las ciudades más peligrosas del mundo (en el ranking sale en el tercer lugar), por México DF, ciudad de grande contrastes y ahora en Miami...riqueza, coches de lujo (mucho lujo), calles limpias, gente guapa, bien vestida y muy cuidada. El paraíso de los millonarios. El escaparate de las apariencias. La imagen más tangible de lo superfluo y artificial. Icono del poder del dinero.
Eso sí, la escena más desagradable de estas ultimas dos semanas, la he visto anoche, a la salida del Delano (hotel, bar, discoteca con jardín y piscina iluminada, frecuentado por lo mejorcito de la ciudad). Una chica negra (muy alta, bien vestida), es llevada a la fuerza fuera del local. En la calle. Los que la empujan son los "seguratas" del sitio, los "puertas". Ella empieza a insultarles con los típicos "mother-fucker", etc., pero ellos ni se inmutan, hasta que la chica decide escupir al de seguridad con bastante desprecio. Él pierde los papeles, la empuja, con violencia, contra el coche aparcado en la puerta (uno de esos cochazos que son como muros de dos metros de acero). Luego se lanza sobre ella y la "reduce" al suelo sin pensárselo dos veces. Con una rodilla en su espalda le pone esposas mientras sus compañeros llaman a la policía. La actitud de la chica, cara al suelo, cambia de repente: pide disculpas. Que la perdonen. Que lo siente mucho. Que, por favor, no llamen a la poli. Que puede pagarles (les ofreces 20 dólares...a mi me parece poco, señorita). De hecho, cuando nos vamos del lugar, la chica ya no está en el suelo. Me imagino que la habrán soltado. No volverá al Delano, estoy seguro.
Desde la ventanilla del avión, justo antes de aterrizar, leí "Bienvenidos a Estados Unidos", escrito en el césped cerca de la pista. En el aeropuerto internacional de Miami, también leí "All we need is love, love" ("necesitamos amor", en homenaje a la celebre canción de las cucarachas de Liverpool), escrito con letras que median metro y medio de alto, hechas con flores...
¿En qué quedamos?
Eso sí, la escena más desagradable de estas ultimas dos semanas, la he visto anoche, a la salida del Delano (hotel, bar, discoteca con jardín y piscina iluminada, frecuentado por lo mejorcito de la ciudad). Una chica negra (muy alta, bien vestida), es llevada a la fuerza fuera del local. En la calle. Los que la empujan son los "seguratas" del sitio, los "puertas". Ella empieza a insultarles con los típicos "mother-fucker", etc., pero ellos ni se inmutan, hasta que la chica decide escupir al de seguridad con bastante desprecio. Él pierde los papeles, la empuja, con violencia, contra el coche aparcado en la puerta (uno de esos cochazos que son como muros de dos metros de acero). Luego se lanza sobre ella y la "reduce" al suelo sin pensárselo dos veces. Con una rodilla en su espalda le pone esposas mientras sus compañeros llaman a la policía. La actitud de la chica, cara al suelo, cambia de repente: pide disculpas. Que la perdonen. Que lo siente mucho. Que, por favor, no llamen a la poli. Que puede pagarles (les ofreces 20 dólares...a mi me parece poco, señorita). De hecho, cuando nos vamos del lugar, la chica ya no está en el suelo. Me imagino que la habrán soltado. No volverá al Delano, estoy seguro.
Desde la ventanilla del avión, justo antes de aterrizar, leí "Bienvenidos a Estados Unidos", escrito en el césped cerca de la pista. En el aeropuerto internacional de Miami, también leí "All we need is love, love" ("necesitamos amor", en homenaje a la celebre canción de las cucarachas de Liverpool), escrito con letras que median metro y medio de alto, hechas con flores...
¿En qué quedamos?
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