Terminados los dos días de convención, tengo dos horas libres antes que tener que ir corriendo al aeropuerto de Los Ángeles para volver a casa. Saco mi iPhone y busco en Google una tienda de guitarras cerca del hotel. Tengo suerte: Truetone Music, en el 714 de Santa Monica Boulevard, está a 20 minutos andando. Entro y me encuentro paredes repletas de joyas. Me fijo en una Gibson Firebird del '74...27.000 $. El encargado me dice que puede llegar a hacerme hasta un 30% de descuento si pago en cash y me la llevo. Sonrío. La enchufo en un Marshall de 100 watios y en los 15 minutos siguientes repito todos los grandes riffs rockeros que me sé de memoria y que "dan el pego". Parezco un gran entendido y un guitarrista con cierta experiencia. 15 minutos, no más. Salgo de la tienda, enciendo un Marlboro Light y me quedo mirando al escaparate. El encargado está colgando otra vez la vieja Firebird a la pared, entre jóvenes guitarras de nueva producción. Me gustaría saber por cuántas manos ha pasado, sin defraudar a nadie, nunca. En ese instante veo reflejado en el cristal un tipo, un "homeless" negro de dos metros, que está pasando detrás de mi y simula el gesto de pegarme un tiro en la cabeza. Me doy la vuelta y le sigo con la mirada...lo hace con toda la gente que se cruza por su camino. El tipo es bastante anti-social...deja a sus espaldas cantidad de cadáveres imaginarios. Lleva botas militares y pantalones del ejercito. Está en mal estado. Lleva un abrigo azul que quizás un tiempo fue de su talla...pero que al llevarlo ahora, parece habérselo robado a un luchador de Sumo. Me doy cuenta de que la ciudad está llena de gente que vive en la calle. De los que van con carritos del supermercado hasta arriba de bolsas de plástico llenas de...llenas de su vida, de lo que encuentran. La crisis inmobiliaria de los últimos años en Estados Unidos ha dejado a mucha gente en la calle. Hipotecas que no han podido ser pagadas, han sido ejecutadas por los bancos y ese mismo papel, que antes representaba un sueño, un hogar, ha sido el billete de entrada a la vida más dura, sin techo ni recursos. Sigo mi paseo: estoy en Santa Mónica, lo mejor de la ciudad angelical, pero que no deja de reflejar las grandes contradicciones de la sociedad americana. Estoy a un paso de la 3rd Street, la calle comercial con todos los escaparates de lujo. Sólo en esta calle no se ven los sin-techo. Aquí todo parece perfecto. Aquí nadie recoge del suelo lo que queda de unos cigarrillos fumados deprisa, de los que aún pueden ofrecer dos o tres caladas de vicio.
Me meto en un Yankee Doodles y pido una Monster Burger sentado en la barra. No me fijo mucho en el peso en libras de la hamburguesa y tampoco en la mirada sorprendida de la camarera. A los 10 minutos (y con media pinta de mi Sam Adams helada ya en el cuerpo), me llega una hamburguesa grande como un plato. Se podría comer tranquilamente entre cuatro personas. Me echo a reír como un cretino...esto es lo que pasa cuando, simplemente, no sabes. Miro a la camarera y le digo que no es posible...que ni mi hermano de 150 kilos podría terminar algo así. Ella, muy educadamente, me dice que las Monster Burger son famosas, que todo el mundo las conoce y que pensaba, simplemente, que tenía mucho hambre...me trae un tupper, pero le explico que en tres horas embarco para ir a Madrid y seguramente no sería bien visto por los agentes en la aduana...sonríe y, cuando me despido, me desea un buen viaje. Thank you for the unforgettable gastronomic experience. See you...
Conquistando América
domenica 2 ottobre 2011
lunedì 26 settembre 2011
Los Ángeles...con un maletín y una tabla de surf.
He llegado hace un par de horas al Loews Santa Monica Beach Hotel de Los Ángeles. Presento nuestro producto al magnate de la comunicación mundial. Y a sus 150 directivos. Ya hemos hecho las pruebas y funciona todo: conexiones, audio, video...ahora se queda en las manos de Murphy y sus leyes.
El vuelo (13 interminables horas en clase turista), ha sido de dibujo animado, en el verdadero sentido de la palabra: mi "vecino", padre de tres hijos, ha pasado el tiempo dibujando viñetas. Muy buenas, por cierto. Estaba a mi lado con su cuaderno y su lápiz. Increíble como de algo tan sencillo pueda salir verdadero arte. Me fijaba en su mirada y en su mano: la azafata, el señor del asiento 9J, la familia de la fila 10, se transformaron en superhéroes en su cuaderno. Superhéroes en situaciones cómicas, surrealistas. Hay una delgada línea que separa la fantasía del genio. La fantasía es algo que tenemos todos, pero sólo los que tienen un don especial saben pasar de la fantasía al genio. Y cuando lo hacen, dan vida al arte.
No he podido pegar ojo, durante el viaje. Si ultimamente me cuesta dormirme en mi cama, en un avión es imposible. Para mi ahora deberían ser casi las seis de la mañana. Aquí las nueve de la noche. Estoy picando algo en la terraza del hotel, en frente del Pacífico. La última vez que escuché su oleaje, fue en Perú. Pensé a los surferos que entrenaban en esa tarde de invierno. A la entrada del Loews Hotel hay una estatua: un elegante ejecutivo, con traje y maletín, que lleva una tabla de surf bajo el otro brazo. Bastante "kitsch".
Me gusta encontrar similitudes. Los surferos de Lima (en carne y huesos, y de Los Ángeles (de bronce). Pasé por el famoso barrio de Venice Beach y me hizo pensar en el de Palermo, Buenos Aires. Los dos tan bohemios... La verdad es que cuanto más viajas, más difícil es encontrar cosas que te sorprenden. Por lo menos pasa esto con las ciudades. Otra cosa son las personas. Esas te sorprenden siempre. Empiezo a pensar en que lo mejor de viajar es la posibilidad que se te brinda de entrar en contacto con las personas. Personas que viven situaciones diferentes a las tuyas.
Mañana será un día largo pero interesante, sin duda. Merecerá la pena. Me subo a la habitación, se me cierran los ojos, pero antes de dormir, un último repaso al discurso:
"Good morning ladies and gentlemen. Thank you for giving us the opportunity..."
El vuelo (13 interminables horas en clase turista), ha sido de dibujo animado, en el verdadero sentido de la palabra: mi "vecino", padre de tres hijos, ha pasado el tiempo dibujando viñetas. Muy buenas, por cierto. Estaba a mi lado con su cuaderno y su lápiz. Increíble como de algo tan sencillo pueda salir verdadero arte. Me fijaba en su mirada y en su mano: la azafata, el señor del asiento 9J, la familia de la fila 10, se transformaron en superhéroes en su cuaderno. Superhéroes en situaciones cómicas, surrealistas. Hay una delgada línea que separa la fantasía del genio. La fantasía es algo que tenemos todos, pero sólo los que tienen un don especial saben pasar de la fantasía al genio. Y cuando lo hacen, dan vida al arte.
No he podido pegar ojo, durante el viaje. Si ultimamente me cuesta dormirme en mi cama, en un avión es imposible. Para mi ahora deberían ser casi las seis de la mañana. Aquí las nueve de la noche. Estoy picando algo en la terraza del hotel, en frente del Pacífico. La última vez que escuché su oleaje, fue en Perú. Pensé a los surferos que entrenaban en esa tarde de invierno. A la entrada del Loews Hotel hay una estatua: un elegante ejecutivo, con traje y maletín, que lleva una tabla de surf bajo el otro brazo. Bastante "kitsch".
Me gusta encontrar similitudes. Los surferos de Lima (en carne y huesos, y de Los Ángeles (de bronce). Pasé por el famoso barrio de Venice Beach y me hizo pensar en el de Palermo, Buenos Aires. Los dos tan bohemios... La verdad es que cuanto más viajas, más difícil es encontrar cosas que te sorprenden. Por lo menos pasa esto con las ciudades. Otra cosa son las personas. Esas te sorprenden siempre. Empiezo a pensar en que lo mejor de viajar es la posibilidad que se te brinda de entrar en contacto con las personas. Personas que viven situaciones diferentes a las tuyas.
Mañana será un día largo pero interesante, sin duda. Merecerá la pena. Me subo a la habitación, se me cierran los ojos, pero antes de dormir, un último repaso al discurso:
"Good morning ladies and gentlemen. Thank you for giving us the opportunity..."
martedì 30 agosto 2011
Bogotá mon amour
Dejé a medias la ultima carta de este diario...era julio. Después de dos semanas entre Buenos Aires y Santiago de Chile. Volvía al verano europeo, después del invierno argentino (cálido) y chileno (mucho más rígido). De todo Latinoamérica eran las ciudades que más llamaban mi atención. Quizás por eso las dejé para el final: siempre te dejas lo mejor para el final.
Si tuviera que describir cómo me he sentido en Argentina y Chile, creo que la palabra que mejor define mi estado de animo es "cómodo". Te sientes cómodo paseando por las calles de Buenos Aires. Por la elegante Recoleta, por el bohemio Palermo Soho, por el popular y colorido Boca. La ciudad es europea. Totalmente. Por eso te sientes cómodo. En Santiago pasa lo mismo, aunque sea una ciudad totalmente diferente: es como estar en Boston o Chicago (limpio, seguro, moderno...), pero te hablan en español...bueno, un español con acento "siciliano". Raro y gracioso. Santiago transmite buenas sensaciones: hasta llega un momento en que piensas que te gustaría pasar allí un par de años de tu vida.
Recuerdo la ultima cena en Santiago: solo (para variar), en el Restaurante Bristol (el del hotel). El chef Axel Manrique me prepara un poema. Sí, un poema en el verdadero sentido de la palabra. Se trata del "Caldillo de Congrio": Pablo Neruda le dedicó una oda en la que describe minuciosamente la receta en versos. El chef (galardonado en muchas ocasiones), sigue la poesía a la letra y propone un plato que es un verdadero poema. Así se cerró mi estancia en Chile.
Pasó julio, con sus terremotos en la empresa, y agosto, perdido en la isla perfecta para alejarse y esconderse: Creta.
Llegué ayer a Bogotá. En menos de tres días me fui de Grecia, pasé por Milán, hice la maleta en Madrid y cogí un vuelo para Colombia. Se reanuda el trabajo..."este" trabajo: coger aviones durante horas interminables y llegar a sitios que me alejan de muchas cosas: buenas y malas.
Bogotá me gusta: sus 2.600 metros de altitud (aquí el cielo tiene "otro" azul...más intenso, más límpido), sus montañas verdes, sus calles, su gente, tan diferente, tan heterogénea. Me gusta volver a ciudades que conozco: tienes la extraña sensación de volver a "casa". Puede que sea por la ausencia de ese "respeto" a lo desconocido que te entra en el alma cuando llegas a una nueva ciudad.
Me reúno en estos días con gente que ya conozco, con los que he tenido al otro lado de un Mail durante todo el verano. Lo que más me gusta de este trabajo es el aspecto humano de los negocios: conocer a personas capaces de aportar ideas y puntos de vista diferentes. Perspectiva. Siempre volvemos a lo mismo: si todos tuviéramos más perspectiva, probablemente, viviríamos mejor...
Si tuviera que describir cómo me he sentido en Argentina y Chile, creo que la palabra que mejor define mi estado de animo es "cómodo". Te sientes cómodo paseando por las calles de Buenos Aires. Por la elegante Recoleta, por el bohemio Palermo Soho, por el popular y colorido Boca. La ciudad es europea. Totalmente. Por eso te sientes cómodo. En Santiago pasa lo mismo, aunque sea una ciudad totalmente diferente: es como estar en Boston o Chicago (limpio, seguro, moderno...), pero te hablan en español...bueno, un español con acento "siciliano". Raro y gracioso. Santiago transmite buenas sensaciones: hasta llega un momento en que piensas que te gustaría pasar allí un par de años de tu vida.
Recuerdo la ultima cena en Santiago: solo (para variar), en el Restaurante Bristol (el del hotel). El chef Axel Manrique me prepara un poema. Sí, un poema en el verdadero sentido de la palabra. Se trata del "Caldillo de Congrio": Pablo Neruda le dedicó una oda en la que describe minuciosamente la receta en versos. El chef (galardonado en muchas ocasiones), sigue la poesía a la letra y propone un plato que es un verdadero poema. Así se cerró mi estancia en Chile.
Pasó julio, con sus terremotos en la empresa, y agosto, perdido en la isla perfecta para alejarse y esconderse: Creta.
Llegué ayer a Bogotá. En menos de tres días me fui de Grecia, pasé por Milán, hice la maleta en Madrid y cogí un vuelo para Colombia. Se reanuda el trabajo..."este" trabajo: coger aviones durante horas interminables y llegar a sitios que me alejan de muchas cosas: buenas y malas.
Bogotá me gusta: sus 2.600 metros de altitud (aquí el cielo tiene "otro" azul...más intenso, más límpido), sus montañas verdes, sus calles, su gente, tan diferente, tan heterogénea. Me gusta volver a ciudades que conozco: tienes la extraña sensación de volver a "casa". Puede que sea por la ausencia de ese "respeto" a lo desconocido que te entra en el alma cuando llegas a una nueva ciudad.
Me reúno en estos días con gente que ya conozco, con los que he tenido al otro lado de un Mail durante todo el verano. Lo que más me gusta de este trabajo es el aspecto humano de los negocios: conocer a personas capaces de aportar ideas y puntos de vista diferentes. Perspectiva. Siempre volvemos a lo mismo: si todos tuviéramos más perspectiva, probablemente, viviríamos mejor...
mercoledì 13 luglio 2011
Con los perros de Santiago
Llego a Santiago 24 horas después de lo previsto. Finalmente, un viejo Boeing de Aerolíneas Argentinas ha podido despegar desde el Aeroparque de Buenos Aires (el aeropuerto "chico" de la ciudad, para vuelos internos). Los primeros vuelos de la mañana también fueron cancelados por el problema de las cenizas del volcán chileno. Suerte que cogí un billete para un vuelo a una hora decente (tenía que despegar a las 10.05 hs. aunque lo hizo sobre las 12.30). El aeropuerto estaba totalmente tomado por el caos. El panorama: falta de información, pasajeros que llevan días (sí, días), sin saber cuándo y cómo volver a su casa, cámaras de televisión que graban cada historia, policías antidisturbios que pasean entre maletas y niños dormidos en el suelo abrazados a sus padres.
Cojo el avión de milagro: nadie, de los que estamos allí esperando noticias, se entera de que el AR 1248, que en los monitores sigue estando como "DELAYED", está embarcando. Subo corriendo al Gate 13A. Paso el control de migración como un relámpago (digo, todo preocupado, que "mi avión está embarcando y que lo voy a perder"...todo el mundo me mira como si estuviera loco; es poco creíble, vista la situación: han despegado 2 aviones en tres días...vamos, como para perder tu vuelo). Me escapo de Buenos Aires. De Gardel, del tango, de Maradona omnipresente, de los colores de las casas del barrio Boca (me cuentan que eran tan pobres que pedían botes de pintura a los barcos que pasaban por allí...por eso cada una tiene un color diferente). Dejo el mercadillo que ponen los domingos en la plaza justo en frente del cementerio de Recoleta, dejo la alegría de la gente en la calle, dejo las tiendas de Palermo Soho, dejo las parrillas cargadas de bife, entrañas, chinchulínes, vacíos..pero volveré. Lo prometo.
Santiago de Chile me recibe con mucho más frío: aquí el abrigo sí es necesario y la bufanda también (sabiamente me acompañó en este viaje). Pero tengo suerte, estamos entre 5 y 10 grados: la semana pasada llegaron a -7/8 bajo cero. Voy al Hotel Plaza San Francisco, en la Alameda. Buen hotel (se agradece después de los días pasados en Buenos Aires, en la mini habitación frente al obelisco en memoria del 9 de julio, día de la liberación argentina).
Estoy en el centro de Santiago: aprovecho de las ultimas horas de una tarde de sol para dar un paseo. Me quedo parado frente a la Moneda, Palacio del Gobierno, mirando la inmensa bandera nacional que está plantada al centro de la plaza. Pienso en la de España de plaza Colón...¿Qué les pasa a los hispanos con las banderas? ¿Juegan a quién la tiene más grande?
Paseo por las calles del centro. Llego hasta la hermosa Plaza de Armas. Saco fotos y me siento en un banquillo. Un pequeño grupo de perros callejeros me mira. Se ponen a mi lado tres o cuatro. Se tumban. No me molestan. Pienso que quizás soy yo el que está molestando. Quizás ese banquillo es territorio de alguno de ellos. La verdad es que durante unos minutos nos hacemos compañía. Parezco un homeless...bueno, es que ahora lo soy un poco, en sentido literal: "sin casa". Un homeless afortunado: duermo en hoteles decentes con agua caliente y servicios aceptables.
Esto de los perros callejeros lo voy viendo por toda la ciudad, sobretodo en el centro. Está lleno. Muchos. Muchísimos. Grandes. Tranquilos y perdidos. Son los dueños de la ciudad. Viven libres. Su única preocupación es sobrevivir (al hambre y a los coches). Pienso en Otto, mi cocker. Probablemente no sobreviviría ni dos días aquí. Perro de lujo. Perro de casa. Perro de sofá. Gran compañero. Viejo amigo. Único e insustituible (te veré pronto...).
Paseo tranquilamente. Las calles son seguras. Llenas de gente que entra y sale de las tiendas. Pequeños centros comerciales. Falabella. París. Tiendas de todo tipo. Me gusta. Paro en el Café Caribe. Entro después de haber visto el cartel "aquí el fumador está bien visto". Hay dos barras: la primera está custodiada por 4 ó 5 mujeres sobre los 45/50 años. Intentan tener un look "sexy" pero el resultado es decididamente escuálido y triste. Detrás de ellas otra barra: allí los "barmen" (hay tres), preparan los cafés que ellas sirven a la clientela nacida en los años '40. Saco un cigarrillo y rápidamente una de las señoras me ofrece fuego. Enciendo, sonrío educadamente. Dejo 100 pesos de propina y me marcho: terminaré el cigarro fuera, gracias.
El centro de Santiago es muy bonito. Edificios "europeos", como el de la Bolsa de Comercio, por ejemplo.
Al día siguiente empiezo con las reuniones. Cojo un taxi y voy hacia el norte de la ciudad. Avenida Bosque Norte. Me voy acercando al barrio financiero y la cosa cambia (hasta paso al lado de un campo de golf en el medio de los edificios). Podría estar en cualquier ciudad de Norteamérica por la cantidad de rascacielos. ¡Qué esplendor! Se nota el dinero. Ahora veo al País que está creciendo a ritmos de un 7-8%/año. Calles limpias. Todo está muy cuidado. Paso al lado del Costanera Center, el edificio más alto de todo Latinoamérica, aun en construcción. Entre hoteles de 400 y 500 dólares por noche. Entre edificios donde sería muy bonito alquilar un apartamento con vista a la Cordillera, cargada de nieve en esta época.
Una vez más me encuentro con grandes contrastes (como en todos estos viajes a América del Sur). Paseo por uno de los barrios más bonitos que haya visto nunca...a unas pocas cuadras de los perros callejeros de la plaza de Armas. La frialdad de altísimos rascacielos de cristal, donde se refleja la cálida mirada de un perro sin nombre: esto es Santiago de Chile. Esto es Latinoamérica y su lucha. La lucha para borrar y olvidarse de esos perros, para "plantar" cada día edificios más altos. ¿Merecerá la pena?
Cojo el avión de milagro: nadie, de los que estamos allí esperando noticias, se entera de que el AR 1248, que en los monitores sigue estando como "DELAYED", está embarcando. Subo corriendo al Gate 13A. Paso el control de migración como un relámpago (digo, todo preocupado, que "mi avión está embarcando y que lo voy a perder"...todo el mundo me mira como si estuviera loco; es poco creíble, vista la situación: han despegado 2 aviones en tres días...vamos, como para perder tu vuelo). Me escapo de Buenos Aires. De Gardel, del tango, de Maradona omnipresente, de los colores de las casas del barrio Boca (me cuentan que eran tan pobres que pedían botes de pintura a los barcos que pasaban por allí...por eso cada una tiene un color diferente). Dejo el mercadillo que ponen los domingos en la plaza justo en frente del cementerio de Recoleta, dejo la alegría de la gente en la calle, dejo las tiendas de Palermo Soho, dejo las parrillas cargadas de bife, entrañas, chinchulínes, vacíos..pero volveré. Lo prometo.
Santiago de Chile me recibe con mucho más frío: aquí el abrigo sí es necesario y la bufanda también (sabiamente me acompañó en este viaje). Pero tengo suerte, estamos entre 5 y 10 grados: la semana pasada llegaron a -7/8 bajo cero. Voy al Hotel Plaza San Francisco, en la Alameda. Buen hotel (se agradece después de los días pasados en Buenos Aires, en la mini habitación frente al obelisco en memoria del 9 de julio, día de la liberación argentina).
Estoy en el centro de Santiago: aprovecho de las ultimas horas de una tarde de sol para dar un paseo. Me quedo parado frente a la Moneda, Palacio del Gobierno, mirando la inmensa bandera nacional que está plantada al centro de la plaza. Pienso en la de España de plaza Colón...¿Qué les pasa a los hispanos con las banderas? ¿Juegan a quién la tiene más grande?
Paseo por las calles del centro. Llego hasta la hermosa Plaza de Armas. Saco fotos y me siento en un banquillo. Un pequeño grupo de perros callejeros me mira. Se ponen a mi lado tres o cuatro. Se tumban. No me molestan. Pienso que quizás soy yo el que está molestando. Quizás ese banquillo es territorio de alguno de ellos. La verdad es que durante unos minutos nos hacemos compañía. Parezco un homeless...bueno, es que ahora lo soy un poco, en sentido literal: "sin casa". Un homeless afortunado: duermo en hoteles decentes con agua caliente y servicios aceptables.
Esto de los perros callejeros lo voy viendo por toda la ciudad, sobretodo en el centro. Está lleno. Muchos. Muchísimos. Grandes. Tranquilos y perdidos. Son los dueños de la ciudad. Viven libres. Su única preocupación es sobrevivir (al hambre y a los coches). Pienso en Otto, mi cocker. Probablemente no sobreviviría ni dos días aquí. Perro de lujo. Perro de casa. Perro de sofá. Gran compañero. Viejo amigo. Único e insustituible (te veré pronto...).
Paseo tranquilamente. Las calles son seguras. Llenas de gente que entra y sale de las tiendas. Pequeños centros comerciales. Falabella. París. Tiendas de todo tipo. Me gusta. Paro en el Café Caribe. Entro después de haber visto el cartel "aquí el fumador está bien visto". Hay dos barras: la primera está custodiada por 4 ó 5 mujeres sobre los 45/50 años. Intentan tener un look "sexy" pero el resultado es decididamente escuálido y triste. Detrás de ellas otra barra: allí los "barmen" (hay tres), preparan los cafés que ellas sirven a la clientela nacida en los años '40. Saco un cigarrillo y rápidamente una de las señoras me ofrece fuego. Enciendo, sonrío educadamente. Dejo 100 pesos de propina y me marcho: terminaré el cigarro fuera, gracias.
El centro de Santiago es muy bonito. Edificios "europeos", como el de la Bolsa de Comercio, por ejemplo.
Al día siguiente empiezo con las reuniones. Cojo un taxi y voy hacia el norte de la ciudad. Avenida Bosque Norte. Me voy acercando al barrio financiero y la cosa cambia (hasta paso al lado de un campo de golf en el medio de los edificios). Podría estar en cualquier ciudad de Norteamérica por la cantidad de rascacielos. ¡Qué esplendor! Se nota el dinero. Ahora veo al País que está creciendo a ritmos de un 7-8%/año. Calles limpias. Todo está muy cuidado. Paso al lado del Costanera Center, el edificio más alto de todo Latinoamérica, aun en construcción. Entre hoteles de 400 y 500 dólares por noche. Entre edificios donde sería muy bonito alquilar un apartamento con vista a la Cordillera, cargada de nieve en esta época.
Una vez más me encuentro con grandes contrastes (como en todos estos viajes a América del Sur). Paseo por uno de los barrios más bonitos que haya visto nunca...a unas pocas cuadras de los perros callejeros de la plaza de Armas. La frialdad de altísimos rascacielos de cristal, donde se refleja la cálida mirada de un perro sin nombre: esto es Santiago de Chile. Esto es Latinoamérica y su lucha. La lucha para borrar y olvidarse de esos perros, para "plantar" cada día edificios más altos. ¿Merecerá la pena?
domenica 10 luglio 2011
Atrapado en Buenos Aires
Jack (Daniel's) y una cerveza "India Pale Ale" del Buller acompañan la noche del olvido argentino. Las cenizas del volcán chileno Puyehue dejan los aviones de Buenos Aires en tierra. Tarde perdida en el aeropuerto Ezeiza (Pellegrini). Horas perdidas (otra vez)...pienso en Bogotá, hace poco. De la eterna espera antes de llegar a Miami. Esta vez es diferente: esto no es eterno, es definitivo. No se vuela. Se cancela el LAN 456 con destino a Santiago. Y, encima, la compañía aérea dice que nos busquemos la vida. Que ellos no nos van a poner en otro avión. Que no hay "otros aviones". Que reservemos para los próximos días y...a ver si despegamos. Cancelo las reuniones. Reservo otro hotel para esta noche argentina (cuando llego, por cierto, me dicen que no tienen sitio, que el sistema on line les está fallando y que no: no tienen una habitación...así que llevo mis maletas de paseo por Recoleta y encuentro otro sitio donde pasar la noche), y un autobús que me lleve a Chile mañana por la tarde. 18 horas de carretera: una broma. Pero es la única manera segura de poder llegar (siempre que no haya demasiada nieve en los Andes, claro...estamos en julio: ¡pleno invierno!). Digamos que no es la mejor noche de mi vida (EP...lo que te necesito ahora y encima...ya sabes): no tengo ganas de pensar. Voy al Clarks: en las paredes hay fotos de los Reyes de España, de Borges, comiendo chorizos, entrañas, chinchulines, mollejas y vacío recién sacados de la parrilla del Maestro.
Pienso en esta ciudad. Es lo que me apetece ahora (si pensara en otra cosa, probablemente, la depresión me cogería entre sus brazos...y no puedo permitirlo puesto que me encuentro a muchos miles de kilómetros de todo lo que verdaderamente me hace feliz). Han sido días de sol en Buenos Aires. El abrigo era -casi- inútil. Espléndidos bosques de Palermo (el "Central Park" de Baires), con sus estatuas y monumentos; el café Las Violetas (con JII, otro gran periodista), en Rivadavia esquina con Medrano, poco conocido por los turistas. La pizza de "El Fortín" con José. La Cabaña Las Lilas y su buen público y ambiente (los nuevos ricos de Puertomadero). Los cafés de Ciro, bar en la periferia (nos invita esta mañana a 3 ó 4: soy de Nápoles, "paisá"). Con Ciro hablamos de las canciones de Massimo Ranieri, de Mario Mérola, del bar Marino, del arte extremadamente complicado de hacer sencillamente un buen café. El señor, de unos 60 años, tiene una sonrisa maravillosa, de las que transmiten serenidad y alegría. Tiene ganas de hablar en italiano. Yo también. En Argentina un italiano se encuentra a gusto. Más si es del sur, como yo. José, taxista amigo, me presenta a todos y presume de mi...soy un italiano doc y amigo suyo. Soy italiano de verdad: esos son muchos puntos, ¡compañero!
Moraleja: Buenos Aires no puede no gustar. Sobretodo a los que venimos desde la bota del viejo mundo.
Vuelvo a mi habitación: mañana hay que cruzar la frontera como sea (o renunciar y comer otro asado).
(Dedicated to Ernesto, Marcelo y Carlos..."mis" argentinos).
Pienso en esta ciudad. Es lo que me apetece ahora (si pensara en otra cosa, probablemente, la depresión me cogería entre sus brazos...y no puedo permitirlo puesto que me encuentro a muchos miles de kilómetros de todo lo que verdaderamente me hace feliz). Han sido días de sol en Buenos Aires. El abrigo era -casi- inútil. Espléndidos bosques de Palermo (el "Central Park" de Baires), con sus estatuas y monumentos; el café Las Violetas (con JII, otro gran periodista), en Rivadavia esquina con Medrano, poco conocido por los turistas. La pizza de "El Fortín" con José. La Cabaña Las Lilas y su buen público y ambiente (los nuevos ricos de Puertomadero). Los cafés de Ciro, bar en la periferia (nos invita esta mañana a 3 ó 4: soy de Nápoles, "paisá"). Con Ciro hablamos de las canciones de Massimo Ranieri, de Mario Mérola, del bar Marino, del arte extremadamente complicado de hacer sencillamente un buen café. El señor, de unos 60 años, tiene una sonrisa maravillosa, de las que transmiten serenidad y alegría. Tiene ganas de hablar en italiano. Yo también. En Argentina un italiano se encuentra a gusto. Más si es del sur, como yo. José, taxista amigo, me presenta a todos y presume de mi...soy un italiano doc y amigo suyo. Soy italiano de verdad: esos son muchos puntos, ¡compañero!
Moraleja: Buenos Aires no puede no gustar. Sobretodo a los que venimos desde la bota del viejo mundo.
Vuelvo a mi habitación: mañana hay que cruzar la frontera como sea (o renunciar y comer otro asado).
(Dedicated to Ernesto, Marcelo y Carlos..."mis" argentinos).
venerdì 8 luglio 2011
Lágrimas a la parrilla
Ceno en El Mirasol. Sugerencia, acertada, de ES. Puede que sea el único cliente del restaurante que pide un Merlot y no un Malbec. Me encanta el Merlot: variedad prácticamente inexistente en España. Una botella de Rutini del 2006 acompaña la clásica empanada de carne y media entraña a la parrilla (por cierto, el chimichurri de aquí es otra cosa...y la parrilla también). Pienso en MF, el "parrillero sin fronteras" de Arganda...otro gran amigo. De postre pido una mousse casera de chocolate.
Empiezo a encontrar graciosa la mirada de la gente cuando entro en el local y pido una mesa para mi solo. No es nada divertido cenar o comer solo. Nada. Pero el secreto está en superar los primeros minutos y aguantar la mirada de la gente ya sentada en sus mesas.
Me ayuda mucho haber estudiado sociología. Más bien, me ayuda el interés por el comportamiento de las personas. Me fascina. Imagino historias. Mi fantasía se desata. La fantasía es el antídoto contra el aburrimiento y la soledad. Estudio cada mesa: están los americanos de al lado que ni se hablan. Cruzan palabras cada 5 minutos sin mirarse a los ojos. Él parece un jugador de fútbol americano. Una especie de armario con piernas y brazos y un cuello que es como una columna dórica: no me gustaría nada pelearme con este tipo. Me pregunto por qué sale a cenar con su esposa. Quizás porque el ruido de fondo de un restaurante llena los tremendos silencios que deshacen una pareja desde dentro, desde el alma. Más allá está una mesa con 11 amigos...¿Compañeros de billar, poker, caza...? Edad entre los 40 y 50: piden al camarero sacar una foto de recuerdo. Noche memorable. Noche de amigos, pienso. No parece que estén celebrando nada...o sí: simplemente celebran la amistad.
Una mesa con dos hombres de negocio franceses...snob. Antipáticos. No sé qué tienen los franceses, pero nunca me han caído muy bien. Muchas mesas con familias, parejas marido/mujer sobre los 40/50 años. Pocos jóvenes. Sigue entrando gente: cada vez que se libera una mesa, la llenan enseguida. Me fijo definitivamente en una mesa con padre, madre e hija de unos 16 años. A unos diez metros de mi Merlot. La señora rompe a llorar, pero de manera muy discreta. Cruzamos las miradas y se seca las lagrimas mientras dirige una sonrisa forzosa hacia mi. Probablemente mi mirada ha sido poco oportuna, pero recambio con una sonrisa de circunstancia. No me gusta ver la gente llorar. Ni la hija ni el marido han movido un músculo...qué extraño: ni un solo gesto. Cada lágrima debería provocar una reacción. Pero no fue así. No aquí, no esta noche en el restaurante El Mirasol. A los pocos minutos se levantan. Ella es la última. Antes de salir se da la vuelta y, otra vez, encuentra mi sonrisa. Lo siento, pienso.
Nadie debería llorar esta noche (mi amor...ya sabes).
Empiezo a encontrar graciosa la mirada de la gente cuando entro en el local y pido una mesa para mi solo. No es nada divertido cenar o comer solo. Nada. Pero el secreto está en superar los primeros minutos y aguantar la mirada de la gente ya sentada en sus mesas.
Me ayuda mucho haber estudiado sociología. Más bien, me ayuda el interés por el comportamiento de las personas. Me fascina. Imagino historias. Mi fantasía se desata. La fantasía es el antídoto contra el aburrimiento y la soledad. Estudio cada mesa: están los americanos de al lado que ni se hablan. Cruzan palabras cada 5 minutos sin mirarse a los ojos. Él parece un jugador de fútbol americano. Una especie de armario con piernas y brazos y un cuello que es como una columna dórica: no me gustaría nada pelearme con este tipo. Me pregunto por qué sale a cenar con su esposa. Quizás porque el ruido de fondo de un restaurante llena los tremendos silencios que deshacen una pareja desde dentro, desde el alma. Más allá está una mesa con 11 amigos...¿Compañeros de billar, poker, caza...? Edad entre los 40 y 50: piden al camarero sacar una foto de recuerdo. Noche memorable. Noche de amigos, pienso. No parece que estén celebrando nada...o sí: simplemente celebran la amistad.
Una mesa con dos hombres de negocio franceses...snob. Antipáticos. No sé qué tienen los franceses, pero nunca me han caído muy bien. Muchas mesas con familias, parejas marido/mujer sobre los 40/50 años. Pocos jóvenes. Sigue entrando gente: cada vez que se libera una mesa, la llenan enseguida. Me fijo definitivamente en una mesa con padre, madre e hija de unos 16 años. A unos diez metros de mi Merlot. La señora rompe a llorar, pero de manera muy discreta. Cruzamos las miradas y se seca las lagrimas mientras dirige una sonrisa forzosa hacia mi. Probablemente mi mirada ha sido poco oportuna, pero recambio con una sonrisa de circunstancia. No me gusta ver la gente llorar. Ni la hija ni el marido han movido un músculo...qué extraño: ni un solo gesto. Cada lágrima debería provocar una reacción. Pero no fue así. No aquí, no esta noche en el restaurante El Mirasol. A los pocos minutos se levantan. Ella es la última. Antes de salir se da la vuelta y, otra vez, encuentra mi sonrisa. Lo siento, pienso.
Nadie debería llorar esta noche (mi amor...ya sabes).
giovedì 7 luglio 2011
Conocí a Maradona.
Estoy en Buller: cervecería del barrio Recoleta, el barrio "bien" de Buenos Aires. Mis amigos argentinos me escriben desde Madrid y me aconsejan, me guían, me cuidan, me miman. Uso el plural, pero va por ti, ES, hermano "pelotudo". Amigo sincero. Lo siento, pero es invierno y he preferido una cerveza de la casa a un helado en "Freddo", otro sitio histórico de Baires. Antes de decidir que cerveza pedir, la chica de la barra me lleva una tira de seis vasitos de cerveza, en cada uno va un tipo diferente. Pruebo y elijo. Sistema ingenioso, inteligente y gracioso.
Cuando llegué a España, hace diez años, los argentinos que conocí fueron los primeros en abrirme la puerta de su casa. Fueron los primeros en tender esos puentes que unen a las personas sin un fin decidido con antelacion, sin cálculo. Hay un enlace entre italianos y argentinos. Algo mágico e innato, algo que tiene raíces históricas en la migración del siglo XX (el carácter del sur de Italia lo veo reflejado aquí). Lo ves por los apellidos. Lo ves por las calles y en los nombres de las tiendas. Señores, aquí el monumento al que descubrió Ámerica lleva la estatua de Cristoforo Colombo...nada de Cristobal Colón.
La ciudad huele a Europa. Es inmensa. Metida en un invierno que muy poco se parece a los nuestros. Es cálido. ¿Puede ser un invierno cálido? Aquí sí. Como las personas. Todas de una simpatía especial. Muchos tienen una chispa, un rasgo que me recuerda a mi Napoles natal. A empezar por la anciana sentada a mi lado durante el eterno viaje de 12 horas de avión. Mi abuela Nina, igual. (Por cierto, cansado de ver tanto desprecio, malaeducacion y falta de paciencia, tuve que pedir a la joven azafata de Iberia que reservara mejor trato a la anciana...¿Resultado? Nos trató fatal a los dos...gracias, señorita, usted lo ha querido...a pedir un vasito de agua cada 45 minutos...).
Nada más llegar, me veo con José, taxista de confianza de mi hermano que ya ha conocido a toda mi familia. Falto yo, señor. Pues, a enseñarme la capital (sólo un ratito hoy, que ya arranco con las reuniones). Me enseña Boca (por fin veo en persona la entrada del Caminito). Me presenta a su amigo, sosia de Diego Armando Maradona. Cuento mi historia, de cuando conocí al auténtico, en el Inter-Napoli del noviembre de 1985 (tenía 11 años, pero el recuerdo es indeleble): me gano su respeto. Maradona aquí es como un héroe. Diego es el dios del pueblo. De este pueblo. Es el ejemplo. Es la historia. Es el mito. Hablan de él en la radio, en la tele. Está pintado en las paredes de los edificios. Es un espíritu legendario. Aquí como en Nápoles, otra vez.
Comemos en el Restaurante La Brigada: carne de primera. El dueño es ex-jugador de fútbol. El taxista y yo nos contamos la vida, rodeados por camisetas de ilustres jugadores enmarcadas y colgadas a la pared y bufandas de equipos históricos. En la mesa de al lado está Jorge Valdano, ex director general del Madrid. José le vacila y le pregunta si ha venido aquí a buscar talentos o equipos para dirigir...él niega, sonríe y se deja vacilar: estamos lejos de España y de los cotilleos. El mundo del fútbol me rodea: soy como pez fuera del agua pero da igual, yo ya bien hablo de fútbol: todo vale aquí. Conocí a Maradona, chicos, ¡respeto!
Cuando llegué a España, hace diez años, los argentinos que conocí fueron los primeros en abrirme la puerta de su casa. Fueron los primeros en tender esos puentes que unen a las personas sin un fin decidido con antelacion, sin cálculo. Hay un enlace entre italianos y argentinos. Algo mágico e innato, algo que tiene raíces históricas en la migración del siglo XX (el carácter del sur de Italia lo veo reflejado aquí). Lo ves por los apellidos. Lo ves por las calles y en los nombres de las tiendas. Señores, aquí el monumento al que descubrió Ámerica lleva la estatua de Cristoforo Colombo...nada de Cristobal Colón.
La ciudad huele a Europa. Es inmensa. Metida en un invierno que muy poco se parece a los nuestros. Es cálido. ¿Puede ser un invierno cálido? Aquí sí. Como las personas. Todas de una simpatía especial. Muchos tienen una chispa, un rasgo que me recuerda a mi Napoles natal. A empezar por la anciana sentada a mi lado durante el eterno viaje de 12 horas de avión. Mi abuela Nina, igual. (Por cierto, cansado de ver tanto desprecio, malaeducacion y falta de paciencia, tuve que pedir a la joven azafata de Iberia que reservara mejor trato a la anciana...¿Resultado? Nos trató fatal a los dos...gracias, señorita, usted lo ha querido...a pedir un vasito de agua cada 45 minutos...).
Nada más llegar, me veo con José, taxista de confianza de mi hermano que ya ha conocido a toda mi familia. Falto yo, señor. Pues, a enseñarme la capital (sólo un ratito hoy, que ya arranco con las reuniones). Me enseña Boca (por fin veo en persona la entrada del Caminito). Me presenta a su amigo, sosia de Diego Armando Maradona. Cuento mi historia, de cuando conocí al auténtico, en el Inter-Napoli del noviembre de 1985 (tenía 11 años, pero el recuerdo es indeleble): me gano su respeto. Maradona aquí es como un héroe. Diego es el dios del pueblo. De este pueblo. Es el ejemplo. Es la historia. Es el mito. Hablan de él en la radio, en la tele. Está pintado en las paredes de los edificios. Es un espíritu legendario. Aquí como en Nápoles, otra vez.
Comemos en el Restaurante La Brigada: carne de primera. El dueño es ex-jugador de fútbol. El taxista y yo nos contamos la vida, rodeados por camisetas de ilustres jugadores enmarcadas y colgadas a la pared y bufandas de equipos históricos. En la mesa de al lado está Jorge Valdano, ex director general del Madrid. José le vacila y le pregunta si ha venido aquí a buscar talentos o equipos para dirigir...él niega, sonríe y se deja vacilar: estamos lejos de España y de los cotilleos. El mundo del fútbol me rodea: soy como pez fuera del agua pero da igual, yo ya bien hablo de fútbol: todo vale aquí. Conocí a Maradona, chicos, ¡respeto!
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